Budapest: la supervivencia nómada

Artículo publicado el 27 de Noviembre de 2007
Artículo publicado el 27 de Noviembre de 2007
Manifestantes pasaron la noche en un paso subterráneo de la estación de Budapest como muestra de solidaridad para protestar por los 30.000 sin techo de la capital húngara.

Pancartas entre luces de neón en la estación del este de Budapest. Los Sin Techo se apilan en sus colchones. Varios rastafaris tocan tambores, mientras un grupo vestido con andrajos baila alrededor. Exigen "una vida digna para todos". La boca del metro no cesa de escupir gente. Por el rabillo del ojo pueden intuir el barullo entre las mantas de lana. Por el aire asoman manos vacías. Ojos caninos que mendigan. La gente prosigue su camino, intenta alejarse en seguida de allí.

La enérgica manifestación de los casi cien Sin Techo, activistas y trabajadores sociales logra, en cambio, perturbar el tráfico. Las pancartas atrae las miradas de los conductores. Son carteles para los Sin Techo dibujados por niños de la calle para la cuarta “Noche de la solidaridad”. De repente, es posible un encuentro entre tierra de alguien y tierra de nadie.

La Ministra de Asuntos sociales se las da de solidaria

Los jóvenes activistas de la red húngara “El ser humano en la calle”, Bálint y Katalin, dan un discurso. Exigen al Estado y a la Administración de la ciudad de Budapest que retiren los recortes en materia social. Exigen más vivienda social en la capital y más medios para medidas educativas y ocupacionales. Protestan contra la decisión tomada hace una semana por una administración de un distrito de Budapest, a través de la cual, a partir de 2008, la policía podrá espantar de las calles por la fuerza a las personas sin hogar. Estos jóvenes exigen que se respete el derecho fundamental a una vivienda, recogido en la Constitución. El Pastor Gábor Iványi, del asilo para personas sin hogar “Refugio”, señala: "No tener un lugar donde vivir no se deriva de la falta de recursos, sino de la falta de respeto". Se reparte gulasch y se entregan zapatos y ropa usada. Toda una fiesta para los vagabundos, que en otoño han pasado de la isla y los parques al submundo de la ciudad.

No sólo los vagabundos se reunieron en la estación del este. La Ministra de Asuntos Sociales, Mónika Lamperth (socialista), se unió a la multitud. "Me quitaron la vesícula, porque bebo. No encuentro trabajo. Por favor, ayúdeme", le suplica un hombre desdentado de unos treinta años. "¿Por qué bebe?", le pregunta Lamperth. "No es posible aguantar el frío sin alcohol". La Ministra explica lo siguiente: “Los trabajadores sociales le pueden ayudar siempre y cuando se pueda librar de esa manera de mantener el calor. Escríbame su numero de teléfono y le ayudaremos." El problema es que el hombre no tiene teléfono.

Ahorrar a costa de las personas

Desde 2006, el Gobierno ha reducido el gasto presupuestario al 5% para superar el endeudamiento del Estado, pues la economía húngara está en crisis y la inflación es alta. Las personas cualificadas apenas pueden encontrar un trabajo. El parlamento de la ciudad de Budapest contribuye a la política de ahorro, pues los gastos en materia social se recortaron de 1,8 millones de euros en 2006 y 5,2 millones en 2007.

Los afectados por esta política son los más necesitados. En primer lugar, el Estado concede durante seis meses un subsidio por desempleo. Pasado este período, no queda más que una pequeña ayuda social. Entre 80 a 120 euros de ayuda por persona insuficientes para pagar el alquiler de una habitación. Muchos sin-papeles no reciben esta ayuda por haber comprado su documentación en el mercado negro por unos cuantos euros, explica Róbert Képe, trabajador social en una casa de acogida del “Movimiento humanitario”. Después de dos años en la calle, en seguida disminuyen las oportunidades de recuperar una vida sedentaria.

Con el fin del régimen comunista, se cerraron las residencias de trabajadores. Desde entonces, miles de húngaros viven ya desde hace 17 años en la calle con trabajos ocasionales. En la actualidad, se calcula que en Budapest hay 30.000 personas sin hogar. La mayoría de ellos no encuentra sitio para dormir en una casa de acogida. Según Képe, para alojar a toda esta gente, el Estado tendría que gastar mucho más dinero. En lugar de esto, los vagabundos se juntan entre cartones y bajo mantas de lana en frente de centros comerciales y en las galerías del metro. Anochece en la estación del este. La manifestación enmudece bajo el zumbido de los tubos de neón. Con el silencio, el frío se adueña de la calle.