BULGARIA: al horizonte de Europa, un cierto enfriamiento

Artículo publicado el 26 de Enero de 2003
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Artículo publicado el 26 de Enero de 2003

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Frente a una Europa obsesionada por su seguridad, Bulgaria debe cerrar reactores nucleares. A pesar de su propio interés y para una mejor negociación de su integración.

De manera un poco abstracta, una central nuclear es para nosotros una fuente de comodidad que, a precios moderados, inunda con calor a millones de casas. Pero también es símbolo de un problema en nuestra civilización: la piedra de toque de su vulnerabilidad. La central nuclear de Kozlodhui, a orillas del Danubio, tiene más de una opción en materia de seguridad. Primera central nuclear soviética construida fuera de las fronteras de la URSS, fue desde el principio particularmente cuidada. La construcción de los reactores se ha hecho por etapas entre 1974 y 1991; los dos últimos de concepción occidental y con capacidad de 1000 megawatios cada uno, están fuera de juego. Son los terceros y cuartos reactores, respectivamente, con una capacidad más limitada, que están amenazados en 2006, a pesar de su modernización reciente. Pero esto no parece ser un período razonable. En Kozlodhui, estamos bajo la vigilancia estrecha de Viena y trabajamos con los mejores especialistas en energía nuclear. Pocos tienen dudas sobre la calidad de nuestras instalaciones y las modernizaciones clarifica M. Hristov, antiguo alto funcionario de seguridad nuclear en Bulgaria. Además de nuestro dispositivo antiterrorista, las organizaciones recientes excluyen cualquier tipo de escape, aún en caso de problema muy grave. Naturalmente, no existe el riesgo cero, pero el grado de seguridad es comparable al de una central eléctrica estadounidense o francesa. Inglaterra -prosigue- usa en algunas de sus centrales nucleares reactores de tipo mucho más antiguo que los nuestros y algunos fueron utilizados durante más de treinta años. ¿A ella la retan? Porque para Bulgaria, y el pasado de negociaciones lo ilustra perfectamente, el cierre la central nuclear rápidamente se transformó en una de las condiciones para entrar en la Unión Europea, obsesionada por la seguridad. Muchos ven en la inspección europea de la central nuclear prevista en 2003, una visita descortés con el objetivo de acelerar el proceso de cierre. La credibilidad de la preocupación y las presiones europeas pierde sin embargo su peso legítimo si uno considera que Eslovaquia y Lituania pudieron negociar por un período la extensión para el cierre de sus centrales nucleares. Pero estos dos países están tocando a la puerta de Europa y las fechas de entrada podrían ser retrasadas en caso de necesidad. La cuestión de Kozlodhui aparece entonces para Bulgaria como una moneda de cambio, un poco fuerte, en contra de algo muy impreciso. Las reacciones en cadena no faltaron dentro de la sociedad Búlgara, asustada por este anuncio de frío programado. O más bien por la perspectiva de un deshielo notable de los precios de consumo, que en 2007, transformarían a Bulgaria en importador masivo de energía. A fecha de hoy, sus recursos, gracias a Kozlodhui, le permiten exportar a Turquía, Grecia y Albania. Mientras tanto, la carencia será paliada por la energía de la central nuclear de Béléné (operativa como muy pronto en 2008), el proyecto de Arda (donde nada sin embargo es posible sin Turquía) y el desarrollo (muy hipotético) de energías nuevas. Estas declaraciones apenas enmascaran el nivel elevado de carencia de preparación y las anteojeras de una política de integración a todos costes.

Desde que el primer ministro pronunció la fecha de 2006 para el cierre, contra el acuerdo de los expertos y sin la consulta parlamentaria, golpe que en sí mismo hubiera podido salir ganador, la política del gobierno no fue capaz de disipar una cierta frustración. Es cierto que Europa es un poder soberano compartido, pero la desaparición de un emblema tan distintivo del poder soberano de una Nación -él del dominio de su energía- toma un giro un poco humillante. Más todavía, porque detrás del coro unido de la preocupación de seguridad europea, alimentada por el miedo de los años de Tchernobyl, se perfilan intereses complejos.

Aunque es difícil tener una visión clara de la situación, es evidente que la supresión de los reactores tres y cuatro, dejaría la puerta más abierta a las multinacionales de la energía que ya han echado más que una mirada sobre el mercado balcánico en fuerte crecimiento y sobre Turquía y su inmenso potencial de consumo.

Hasta ahora Bulgaria no recibió su fecha de entrada a la CEE. Su política da la impresión de ser una copia demasiado conforme del dictado de Europa, y ello, sin contrapartida clara. Espejo (del Danubio) de los falsos pasos del baile diplomático, Kozlodhui, excepto sorpresa esperada, se cerrará en 2006. La idea de cierre por integración, pero una vez éste se haya consumado, habría podido ser una liberación conveniente... o todo el arte fracasado de buscar la fusión fría, entre el miedo y los intereses de Europa, y convertir su ventaja en una jugada desfavorable.