Buscar trabajo en Bruselas: La "filosofía del desesperado"

Artículo publicado el 7 de Enero de 2011
Artículo publicado el 7 de Enero de 2011
Anna es alemana, licenciada, ronda los veintipocos años y busca trabajo en la capital europea. De mail en mail, de varapalo en varapalo y de fiesta en fiesta, ejemplifica toda una generación de jóvenes europeos con más ganas que oportunidades.

Acabados los estudios, Anna se une a otros miles de jóvenes licenciados en busca de trabajo. Una buena formación y un aire simpático ya no parecen suficientes. Lo único que realmente ayuda es ser obstinado, además de una soberana porción de suerte o enchufismo. Anna ha estudiado ciencias políticas, y, además de alemán, habla con fluidez francés, inglés y español, y ha realizado siete prácticas en total. También sabe escribir. Debería bastar, piensa. Así que se pone en marcha…

¿Por qué Bruselas? Anna conoció la capital comunitaria por primera vez con unas prácticas que realizó en el Parlamento Europeo cuando aún era estudiante. La gente que trabaja aquí es joven e independiente. Lo que significa que hay las mejores afterwork parties (Erasmus para los más creciditos). Y trabajan duro por una idea europea: Work hard, party hard. Eso es exactamente lo que Anna desea.

Involucrarse

Y ella no es la única. Para establecer sus primeros contactos, Anna asiste a la tertulia de “Becarios y Opositores Alemanes”, una especie de hormiguero lleno de gente extremadamente cualificada que está ya desesperada. Entonces escucha que the place to be para graduados en busca de trabajo son las afterwork parties en la plaza Luxemburgo, justo enfrente del Parlamento Europeo, especialmente los jueves.

Pronto Anna comprende que éste es también the place to be para los excesos del alcohol y el sexo casual. Pero ella lo que quiere es un trabajo. El desempleo es como una muerte lenta. Ya mira fijamente al pequeño agujero negro de su currículo. ¿Cómo conseguir un trabajo aquí? Y se acuerda de lo que aprendió cuando estaba realizando las prácticas después del primer ciclo universitario: "Los becarios deben tener un sobresaliente de media para trabajar con nosotros. El único requisito para las chicas es tener buen aspecto físico. Pero a ti te hemos escogido porque tienes mucha experiencia en redacción.”

Anna no está segura de si eso fue un cumplido. Pero al menos ahora sabe que tener buen aspecto ayuda a conseguir buenas oportunidades de trabajo. Suena mezquino. Pero del idealismo no se come. Entonces, marcha al fotógrafo más cercano para hacerse unas fotos de currículo. Entra en un pequeño estudio que le recomendaron en el centro de la ciudad; no había que pedir cita y era bastante barato. Sin embargo, el fotógrafo es un caradura. ¿280 euros? Anna alucina. Para la próxima vez, tendrá que investigar un poco más. El plan de ganar dinero parece estar costándole bastante caro...

Consejos para llegar: un sobresaliente de media en caso de los chicos; buen aspecto en el de las chicas.

Con sus fotos nuevas, Anna escribe cuatro solicitudes de trabajo y espera. Lentamente se empieza a sentir un poco desesperada. ¿Quién la contratará? Envía el currículo a una empresa de recursos humanos especializada en la multiculturalidad y multilingüismo. Eso lo puedo hacer, piensa Anna. Después de dos entrevistas por teléfono la invitan a una reunión en persona. En ella, le preguntan cuáles son sus motivaciones. “Quiero trabajar con hombres.” Respuesta falsa. La rechazan. Se busca a gente que sea capaz de sacar beneficios para la empresa; la respuesta correcta habría sido otra: la codicia.

"Aquí no necesitamos politólogos"

La representación federal Hessen organiza un encuentro de graduados en Bruselas. Hay cerveza y Brezel. Anna va directa al secretario de Estado y le pregunta: “¿Qué oportunidades hay para gente como yo en esta ciudad?”. “Aquí no necesitamos politólogos”, es respuesta. “La licenciatura en ciencias políticas ya no está considerada una buena carrera.” El politólogo que encuentra aquí trabajo es porque o su querido padre o algún diputado le ha echado una mano”. Luego Ana habla con un hombre bajito y regordete. Se llama Robert y trabaja para el Parlamento Europeo. “Ellos siempre están en busca de becarios”, dice. Le da a Anna su tarjeta de visita y le dice que debería mandarle su currículo. Le huele un poco la boca, y mientras se come su pedazo de tarta, se le quedan capas de azúcar en la barba. Anna supone que no tiene muchos amigos allí. Pero quien puede dar trabajo, tiene poder en esta ciudad. Por no saber cómo seguir adelante, Anna intenta bajar sus pretensiones: su madre conoce a alguien, que conoce a alguien, que conoce a un cabildero para una asociación de construcción naval. Tiene dificultades para identificarse con el tema, pero puede conseguir una entrevista de trabajo. Le dicen que el haber hecho muchas prácticas podría dar la impresión de inestabilidad. Por ello debería realizar otra. De seis meses y sin remuneración. “Después ya veremos.”

Más tarde descubre una pequeña oposición bien escondida en una página web de trabajo: se busca asistente para el Parlamento, oficio: escribir artículos. Anna envía el currículo, sin esperanzas. En la entrevista le dicen que es una de los 35 candidatos para el puesto. Anna encaja la filosofía del desesperado. Y entonces: la confirmación. Ahora trabaja 60 horas a la semana, los jueves tiene fiesta después del trabajo. Si está contenta allí o no, aún no lo puede decir. Al menos ya está involucrada.

Después de dos meses, a Ana le llega un mensaje de Robert: “Creemos que usted debe obtener un empleo acorde a sus calificaciones. Por este motivo, pensamos que no es ético ofrecerle un puesto de becaria”. Accidentalmente, Anna se lo encuentra una vez más de camino al Parlamento. Pero Robert ya no se acuerda de ella…

Fotos: Portada (cc)Lady/Bird; Comisión Europea (cc) AMIAFAD/Ambas cortesía de Flickr