Busco casa en París: ¡qué odisea!

Artículo publicado el 1 de Octubre de 2014
Artículo publicado el 1 de Octubre de 2014

París, ya se sabe, es la ciudad de los sueños, pero buscar casa en la Ville Lumière puede revelarse una auténtica pesadilla. Para los estudiantes extranjeros, además, la búsqueda es aún más agotadora. Las desventuras de una estudiante Erasmus demuestran, sin embargo, que quien la sigue la consigue.

Las expectativas

Cuando llegué a París era una estudiante Erasmus de 21 años que canturreaba Edith Piaf, llevaba vestiditos de lunares y recitaba poesías de Verlaine; en resumen, una Jenny Mellor soñadora que cumple el sueño de su vida: irse a vivir una temporada a la capital francesa y acudir a la universidad. Entre las fantasías que precedieron a la partida, además de vino francés a mares y paseos a lo largo del Canal Saint-Martin, destacaba un estudio en un edificio haussmanniano, cuyas ventanas dieran a tejados y buhardillas y desde el que quizá se divisara la Torre Eiffel. No podía aún saber cómo de lejos de la realidad quedaban mis fantasías románticas y cómo de infernal es la mecánica de los alquileres en París.

Comienza la búsqueda: en los límites de la realidad

Después de pasar algunos días en un albergue junto a mi compañera de desventuras, empezó oficialmente nuestra búsqueda, que inmediatamente se presentó más difícil de lo previsto. Con nuestra revista inmobiliaria PAP bajo el brazo y constantemente conectadas a seloger.comappartager.com (algunas de las páginas web más útiles para la búsqueda de apartamentos), nos disponíamos a dar con nuestro estudio ideal. Acostumbradas a la dinámica extremadamente sencilla y rápida del mercado inmobiliario estudiantil a la italiana, la parisina enseguida nos pareció que estaba en los límites de la realidad. Sí, porque para tener alguna posibilidad de alquilar una casa en París hay que estar dotado de un rico dossier repleto de documentos de identidad con sus respectivas fotocopias, carte de séjour (permiso de residencia), cuenta bancaria y nómina. En el caso de que vuestro salario sea poco convincente, o seáis estudiantes, vuestra única posibilidad es la de tener un avalador de nacionalidad francesa que certifique negro sobre blanco el pago de vuestro alquiler en el caso de que vosotros no podáis hacerlo. Teniendo en cuenta que el avalador debe ganar tres veces el coste del alquiler y que un estudio de 30 metros cuadrados puede costar más de mil euros, vuestras probabilidades de encontrar uno se acercan preocupantemente a cero.

La audición

Desanimadas por la cantidad de documentos que nos pedían, pero no por ello rendidas, logramos concertar cita para visitar algunas casas. Descubrimos así que, más que visitas, en París son auténticas "audiciones": no sois vosotros quienes escogéis la casa, es el propietario el que os escoge a vosotros. En realidad, en la selección participan muchas otras personas, seguramente todas el mismo día y a la misma hora. Al final, quien tiene el mejor dossier (léase cartera) se adjudica el apartamento. Y la competencia siempre es durísima, hasta el punto que mi futura compañera de piso y yo decidimos apelar a la compasión y rogarle a una señora mayor, propietaria de una veintena de apartamentos en la capital, que nos alquilara uno en la pintoresca rue de L'Arbalète. Desgraciadamente nuestros rivales eran demasiado fuertes y, en efecto, la señora nos comunicó que no podía alquilárnoslo a nosotras porque tenía al menos diez estudiantes, entre chinos y estadounidenses, dispuestos a pagarle doce meses de alquiler por anticipado y en efectivo. Nos despidió silabeando un lacónico "Je-peux-pas!". Estábamos fuera de la competición.

Las casas de los horrores 

Las absurdas (y a menudo ilegales) peticiones de los propietarios parisinos, como fianzas desproporcionadas, pagos anticipados o ausencia de contrato, son prácticas muy difusas a las que muchas veces uno se resigna para conseguir el anhelado logement. Sin embargo, las pretensiones de los arrendadores pasan a segundo plano cuando se examinan las "viviendas" que tienen la osadía de alquilar. Recientemente ha impactado la noticia de un anciano pintor que durante quince años ha pagado 330 euros al mes por un apartamento de 1,5 metros cuadrados, cuando en Francia la ley establece que un inmueble, para poder ser alquilado, debe medir al menos nueve. Se trata de situaciones al límite de la legalidad (el propietario ha sido condenado a pagar una indemnización de diez mil euros) que, por desgracia, en el caso de París, hace ya tiempo que han dejado de sorprender. Nadie se extraña de casas desprovistas de aseo, por ejemplo, dotadas solo de una pequeña salle de bain en el rellano, que hay que compartir con los vecinos de enfrente. Sobra decir que, después de haber visto docenas de apartamentos en dudosas condiciones, incluso nosotras dejamos de asombrarnos. Ni siquiera nos sorprendimos cuando en un apartamento ubicado en la avenue Parmentier la propietaria nos mostró cándidamente dos hornillos de camping (sustitutivos de la cocina) colocados con desenvoltura al lado del váter y del lavabo.

El feliz desenlace

Tras un mes y medio de búsqueda agotadora, casas vacías, casas en el séptimo piso sin ascensor y noches pasadas en casas de amigos o en albergues, la caza tuvo un merecido feliz desenlace. El tan deseado apartamento nos acogió a mi amiga y a mí durante seis inolvidables meses entre fiestas, borracheras, amigos y alegría. Pero, hay que decirlo, no éramos las únicas inquilinas de aquella casa. Sí, porque en un agujero escondido detrás de la mesa de la cocina vivían no menos de tres ratoncitos que aparecían a la hora de la cena y saqueaban la poubelle (basura). Y si al inicio nos atrincherábamos en el dormitorio, con el paso del tiempo nos adaptamos al espíritu tolerante de nuestros vecinos: «Souris? Bah oui, c'est normal!» (¿Ratones? Bueno, ¡es normal!).

Moraleja

Buscar casa en París, por más que ponga a prueba y resulte extenuante, termina casi siempre en un éxito que recompensa el esfuerzo, la desmoralización y el desaliento experimentados a lo largo del camino. Perseverar parece realmente el único modo de conseguir un rinconcito propio en la fascinante ciudad de las luces y, por otra parte, como alguien dijo, «à vaincre sans péril, on triomphe sans gloire» (vencer sin riesgo es triunfar sin gloria).