Cadáver Exquisito en el País de los Mirlos Negros: capítulo seis

Artículo publicado el 15 de Septiembre de 2014
Artículo publicado el 15 de Septiembre de 2014

¿Fue Kosovo, a comienzos del 2000, escenario de tráfico de órganos de prisioneros serbios perpetrado por guerrilleros kosovares? Silvana conoce bien los términos de esta ecuación insoluble. Ella, que vio a su marido irse para nunca regresar, lo sabe mejor que todos los demás. Retrato.

VI - Silvana

Junio de 1999, la guerra de Kosovo entre una Serbia acusada de limpieza étnica y el Ejército de Liberación Kosovar (UÇK) que luchaba por la independencia de la provincia, causa estragos. Tras el bombardeo de Serbia por la OTAN, las fuerzas internacionales y la KFOR desembarcaron en el país: las masacres, los robos y las violaciones empezaron a aumentar. Muchos de los que pertenecían a la minoría serbia decidieron huir. Esposa joven, madre de dos niños, uno de 3 años y otra con varios meses, Silvana no tiene otra opción, debe quedarse. El 15 de junio, Bojan le dice que va a "faire un tour" (darse una vuelta) y coger la ruta con dirección hacia Serbia con dos primos y una furgoneta.

Nunca regresará. Silvana deja pasar tres días de verano entre los gritos y los crímenes. Trata de mantener la cabeza fría. Y alta. Una noche, uno de sus vecinos fue a visitarla. Un albanés y viejo amigo de la familia que a menudo trabajaba con su marido en la policía de Gračanica. "Una persona de confianza", dice ella. Durante la guerra, su vecino fue reclutado por la fuerza en el seno del Ejército de Liberación Kosovar, el UÇK. Se vio obligado a colaborar bajo pena de sanciones. Le cuenta a Silvana la escena que presenció el día de la desaparición de Bojan. En la carretera nacional, a la altura del pueblo de Guiraje, la furgoneta de su marido fue detenida en un puesto de control del UÇK. Se reconocieron, se saludaron y el vecino habló con los guerrilleros para tratar de liberarle. Los otros rechazaron la idea: "lo necesitamos como moneda de cambio". Uno de los tres hombres es disparado a quemarropa. Los otros son capturados.

Su vecino le da a Silvana la lista de nombres de los soldados del UÇK que estaban presentes aquel día. Habitantes de Gračanica, casi todos conocidos de Silvana. "Y luego rompe a llorar, excusándose de no haber podido hacer nada". Silvana, no vierte ni una sola lágrima. Ella se dirige hacia las fuerzas internacionales que administran el país esperando que hagan justicia.  "Cuando llegué a la oficina de la KFOR, bajo mandato británico, me dijeron que el área del secuestro estaba bajo el control de los americanos. Fui a verles y me mandaron a los ingleses". Los conflictos y el caos obligaron que la zonas entre la frontera no estuvieran claramente delimitadas. La misión reconoce su impotencia. Silvana está furiosa. "Yo conocía a los que decidieron la suerte de mi marido, ¡a veces incluso los veo por la calle!".

Su vecino vuelve y evoca la existencia de un campo ilegal de prisioneros serbios situado en un antiguo colegio de los alrededores. Sugiere que su marido quizá podría estar retenido allí. Vivo y a pocos kilómetros de distancia. Silvana se presenta de nuevo en la KFOR. Cuenta su historia a los soldados, a los policías, a los funcionarios. Da los lugares, los nombres, los datos. Incluso su vecino accedió a testificar. Unas semanas más tardes, una patrulla es enviada a la escena del secuestro. Encontraron algunas pistas pero ningún cadáver. La investigación es abandonada.

El hermano de su vecino, de 18 años, es ejecutado debido a "represalias". Serbios o albaneses, cobardes o débiles, hombres o niños, los que denuncian o los que traicionan, no tendrán sitio en el nuevo Kosovo, independiente y libre, que el UÇK promete construir.

En agosto de 1999, la MINUK, a su vuelta, desembarca en Gračanica. Silvana reinicia su cruzada. "Golpeé a todas las puertas posibles. Mi marido era policía: yo conocía a los que trabajaban para la policía de Kosovo y para la MINUK. Tenía testigos, información". Ella repite su historia, identifica a los verdugos. Le explican que su archivo se ha "perdido", que ha "desaparecido". El personal extranjero en los puestos va cambiando. Los soldados extranjeros enviados a Kosovo eran "críos, jóvenes, sin experiencia", lamenta hoy Silvana, sin rabia. Otras ONG internacionales, como la Cruz Roja, toman el relevo sobre el terreno, organizan permanencias y distribuyen hoy día paquetes humanitarios a los habitantes. Desde que ella escuchó rumores sobre los tráficos de órganos, un tema muy censurado por los medios de comunicación serbios, Silvana no oculta su desesperación. "No hemos encontrado nunca su cuerpo, por lo que cualquier cosa es posible".

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