Call center, otra forma de decir Europa

Artículo publicado el 30 de Abril de 2008
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Artículo publicado el 30 de Abril de 2008
Trabajo precario y mal pagado. En la era Erasmus y de los vuelos de bajo coste, la movilidad europea también puede tener este significado. Sobre todo si no se habla la lengua del lugar: Un testimonio desde París.

Finales de septiembre, París. Estoy buscando un trabajo y unos amigos me hablan de un call-center donde trabajan. ¿Entrevistas a personas que han comprado un vehículo para comprobar la calidad? ¿Por qué no? Hay que hablar italiano, fácil, ya que es mi lengua materna. Llamo, me pasan con una chica que habla italiano con un ligero acento francés. Toma nota de mi nombre y me pide que le envíe mi currículum y una carta de motivación. Al día siguiente me presento en las afueras de París: entre chalés privados y callejuelas llego a una nave prefabricada que, por comodidad, llamaremos Venus. Jóvenes y no tan jóvenes de todas las nacionalidades pasan delante de mí. Colores y timbres de voz distintos que me hacen esbozar una sonrisa.

Anatomía del empleado del call center (tira cómica)(nina_theevilone/flickr)

Eurogeneración: ¿sinónimo de precariedad ?

Cuando entro, encuentro gente esperando. Me paro a hablar con ellos y comprendo que, por desgracia, la Europa unida pasa también por aquí. Son muchos: estudiantes Erasmus, simples emigrantes en busca de un trabajo y una vida mejores, estudiantes de la Sorbona... En esta fábrica, ellos son la otra cara de la eurogeneración. Tienen que hacer malabares con los números para pagar el alquiler, Internet lo usan solo en los cibercafés, el sábado es solo otro día para trabajar y el domingo, también, si se da el caso de que la factura de la luz haya sido más alta de lo esperado. Son la generación cuya foto no saldrá nunca en los periódicos, porque no existe.

Ciro tiene 25 años. Trabaja para Venus desde hace unos meses. Es erasmus y quiere quedarse en Francia para hacer un máster. Es ingeniero de administración y querría emplearse en logística y almacenamiento. Le pregunto qué piensa del trabajo: "Es perfecto para un estudiante porque la flexibilidad de horarios te permite organizarte durante la semana. Pero no aporta nada en términos de formación. Y está mal pagado". Ciro trabaja entre 20 y 25 horas a la semana, según lo que la empresa necesite. Se queja de la relación con los jefes: "No hay diálogo. Si te equivocas te regañan, pero no te explican nada. Solo tienes que hacer el mayor número de entrevistas posible".

Anne es alemana y tiene un máster en idiomas. Le pregunto cuánto tiempo piensa quedarse en Venus. "Lo menos posible. Necesito más seguridad". Se explica: “estoy cansada de tener que preocuparme cada semana. A veces se equivocan con tu planificación o no hay trabajo. Y entonces, con suerte, te dan dos días de seis. ¿Y el alquiler quién lo paga?". Anne trabaja una media de treinta a cuarenta horas, y su sueño es entrar en el sector de la cultura: "Cuando lo haces a tiempo completo, este trabajo es alucinante".

Menos de 8 euros la hora

Dejamos atrás el techo de plástico y entramos en una sala con ordenadores. Revisan a los presentes y mi nuevo jefe empieza a hablarnos del trabajo: disponibilidad, seriedad y cuarenta horas de prueba, durante las cuales tenemos que demostrar que somos capaces. Nos habla del contrato. Aprendo una nueva palabra: vacataire (categoría de los que tienen un trabajo precario en Francia, ndr). Traducción: nada de vacaciones, nada de enfermedad, nada de bonos para comida, y planificación semanal. No importa si no entendemos nada de coches -que es de lo que tratan las entrevistas-, solo tenemos que transcribir lo que el oyente nos dice desde el otro lado del teléfono.

Firmamos un contrato en el que nos comprometemos a no divulgar los datos que recogemos y a aceptar que la empresa nos mande de vuelta a casa sin avisar y sin pagarnos, en caso de que no haya trabajo ese día. El total sale a 7 euros y 66 céntimos netos la hora.

Este trabajo cuesta un tendón

Entro en la sala donde está el equipo italiano. En las demás, españoles, alemanes e ingleses. También turcos y rusos. Todos pegados al teléfono. Me acomodo al lado de un chico que lleva allí unos meses, escucho las preguntas y leo las transcripciones. Finalmente la pausa: diez minutos.

Junto al jefe francés hay una joven italiana. 22 años y los tendones del brazo izquierdo recosidos. Demasiadas horas al teléfono. La empresa ha resuelto el pleito por responsabilidad objetiva ofreciéndole a cambio una promoción. Solo en ese momento me doy cuenta de que no se usan auriculares.

Al acabar la tarde habré hecho 8 horas y 15 minutos de llamadas, alternadas con pausas de 10 minutos cada dos horas y una pausa para comer de 45 minutos, no pagada.

Al día siguiente, a las 8, estoy en el trabajo. Al menos veinte nacionalidades y diez idiomas me tapan la voz. Entre mis compañeros y yo hay menos de 50 centímetros: concentrarse en la llamada y transcribir se vuelve complicado. Miro sus ojos apagados. Estamos en una cadena de montaje, sin derechos ni tutelas, parece Liverpool al principio de la revolución industrial. Luego reflexiono: es París, estamos en 2008, hay sindicatos. Pero no para nosotros. Le paso a mi jefe sudamericano algunas quejas por las condiciones de trabajo, pero Diego lleva aquí demasiado tiempo y se ha vendido por 10 euros y 20 céntimos la hora. Me responde: "Si no te cuadra, cuelga el teléfono y vete". Tiene razón. Cuelgo el teléfono y lo dejo; llama tú a la gente a las 8 de la mañana para oírles decir "mi marido no puede ponerse, está en el hospital" y, de igual manera, tener que insistir para ponerle una cita al cabo de dos semanas, esperando que el marido se haya recuperado.

Estamos en 2008, en París, y los jóvenes de media Europa se encuentran en esta nave industrial, tutelados únicamente por un techo de plástico.

Por motivos de discreción los nombres de las personas entrevistadas son ficticios.

Foto en portada: divine_harvesterTM