Campamento de refugiados II: Solidaridad ciudadana en acción

Artículo publicado el 27 de Septiembre de 2015
Artículo publicado el 27 de Septiembre de 2015

Cafébabel vuelve al campamento de refugiados del parque Maximilien, en Bruselas, un lugar donde la solidaridad y la ayuda a los demás permiten a los migrantes vivir en unas condiciones más o menos aceptables. 

Sobre la una de la tarde, un apetitoso olor empieza a salir de la zona de la cocina. Arroz, pollo, cuscús, curri, azafrán… Sabores orientales embriagadores se esparcen por el parque. Decido ir a ver cómo se distribuye la comida y me quedo asombrada al llegar allí: hay una gran cantidad de gente, una fila interminable se dibuja a la entrada del campamento. Dar de comer a cerca de 900 personas requiere un poco de organización. Me pregunto cómo los voluntarios consiguen gestionarlo sin que allí se instale el caos.

Pues simplemente haciéndolo. Veinte de ellos se cogen de la mano para delimitar una especie de pasillo frente a las mesas de distribución. Así se evitan las aglomeraciones o que todos acudan en masa: cada uno coge su plato en fila india y la circulación es fluída. Es una tontería, pero hay que pensar en ello.

Después de la comida, el campamento empieza a animarse. Hacia las tres de la tarde se empieza a ver cada vez más gente caminar por el parque. En algunas zonas se organizan partidos de fútbol, muchos niños se reúnen en las tiendas dedicadas a juegos y escuela, llegan más voluntarios...

Y de repente, un momento de gracia: suena música y salta la chispa. Sublime, inesperada. Un joven refugiado consigue un djembe y se arranca de forma improvisada. Sus amigos le rodean y en el aire se alzan cantos y gritos de alegría, unas ganas de vivir que desafían a todos los horrores que han padecido durante estos últimos meses. En ese momento se reencuentran con sus raíces, están en su casa. Movimientos ligeros de caderas, manos en alto, sonrisas que expresan felicidad y chispas en los ojos… Están vivos. Aquí y ahora. Poco importa el antes, poco importa el después… Aquí, en este momento, celebran la vida.

Voy a conocer qué novedades hay sobre la zona dedicada a las mujeres, creada a última hora de la mañana. Cuando llego me encuentro con Julie, una de las cuatro chicas que han puesto en marcha la iniciativa. Punto de migrantes in situ. "Han venido varias personas, ha sido genial", me explica. "Hay una en particular que estuvo a punto de marcharse, pero tuvimos la suerte de que había una traductora; si no, no se habría 'soltado' nunca así. En este espacio ha podido contar su historia, incluso se ha puesto a llorar. Creo que tenía verdadera necesidad de 'vaciar su mochila'. Y, de hecho, creo que estas mujeres no tienen ningún problema en contar su historia, sino que es la barrera del idioma lo que les frena". Satisfecha con esta primera toma de contacto, las chicas piensan volver de nuevo y proponer quizá otras actividades.

Al abandonar el rinconcito (de las mujeres) por la parte de atrás, me encuentro en un punto ligeramente alto y desde el que tomo conciencia del panorama que se extiende a mis pies. Frente a mí, cientos de tiendas de refugiados repartidas un poco por todas partes. Y al fondo, edificios de cristal y acero repletos de oficinas. El contraste es sobrecogedor. Y me hace sonreir. De amargura.

Generosidad y realidad

Después de haber compartido un rato con jóvenes iraquíes, me dirijo poco a poco hacia la salida. Me paro cerca de un grupo de voluntarios que está en pleno trabajo. "Estamos montando una cocina", me explica Daniel. "La idea ha surgido del grupo Collectactif, que vino a echar una mano desde el principio. Mañana esto será un comedor. Con las donaciones de madera, utensilios y mano de obra tratamos de construir poco a poco cosas útiles".

La imaginación y el ingenio de los voluntarios no dejan, desde luego, de sorprenderme. Antes de regresar a casa, me tomo un último momento para impregnarme del ambiente. Y es entonces cuando me doy cuenta: No tengo ganas de irme. Lo que  pasa en este campamento es tan extraordinario que uno se queda atrapado e, inmediatamente, tiene ganas de involucrarse también. No hay una estructura formal ni una jerarquía real (excepto un pequeño grupo de coordinadores y responsables); y, sin embargo, esto no es la anarquía, pues la gente tiene un estado de ánimo benevolente, solidario y generoso. El ambiente es relajado, muchos dicen que casi parece un festival o un camping de vacaciones. Es verdad y, aunque eso es lo que hace la belleza de este impulso ciudadano, también es un arma de doble filo. Eso puede ocultar rápidamente la razón principal por la que se ha levantado este campamento. Yo misma lo olvidé durante la tarde, cuando fui seducida por esa atmósfera.

Hay que recordar las veces que haga falta por qué estamos aquí: entre el movimiento de generosidad, la dedicación de los voluntarios y el espíritu de los refugiados, el panorama puede parecer casi idílico. Pero no hay que olvidar por qué están hoy aquí, por qué han huído, lo que han dejado tras ellos: una vida, una familia. Porque nacieron en una sociedad menos favorable que la nuestra y porque no tuvieron otra elección. Por no hablar de lo que han tenido que pasar ni de que han arriesgado su vida para llegar hasta aquí.

No permitamos que la belleza de la solidaridad solape el horror de la realidad.