Campamento de refugiados III: El idioma es tan valioso como el permiso de residencia

Artículo publicado el 6 de Octubre de 2015
Artículo publicado el 6 de Octubre de 2015

Además de toda la pesada burocracia del procedimiento de asilo, los refugiados que llegan a un país tienen que enfrentarse también a la barrera del idioma. Esto se convierte en un doble reto en Bélgica: tienen que vérselas a la vez con el francés y con el neerlandés. 

En el campamento del parque Maximilien, los voluntarios han tomado la decisión de permitir a los migrantes aprender los dos idiomas que se hablan en Bélgica: francés y neerlandés. Al fin y al cabo, nadie puede saber con antelación a qué región del país serán enviados tras la presentación de su petición de asilo. La elección de hacer los cursos es libre.

Dos bancos y una pizarra improvisada

Las clases se imparten en tiendas de campaña instaladas específicamente para este fin, con los medios que los voluntarios tienen a mano: dos bancos, una pizarra improvisada y algunos rotuladores constituyen todo el material del que disponen. El resto es producto del ingenio y de la imaginación. No existe un programa preestablecido; de lo que se trata es de que adquieran unos conocimientos básicos: El alfabeto y los números, las horas, cómo presentarse… En función de las necesidades y del ánimo. Esto permite que las clases sean distendidas, aunque falte quizá un poco de organización. La verdad es que es imposible hacer las cosas de otra manera. Por más que los voluntarios intentan fijar una hora concreta para las clases, los refugiados van y vienen durante todo el día. La demanda es constante y muy importante. Saben que necesitan aprender el idioma para poderse desenvolver en su país de acogida. Teniendo esto en cuenta, ¿cómo negar el acceso a las clases a aquellos que se presentan de improviso? Las clases se imparten de manera continua, lo que supone tener que repetir muchas veces la misma cosa.

Los voluntarios que se dedican a esta tarea se relevan unos a otros. Nabil forma parte del grupo. Profesor de francés como lengua extranjera, está acostumbrado a enseñar a personas que no hablan esta lengua. "La mayoría de mis alumnos son niños. Aquí es diferente. Son adultos y muchos tienen títulos universitarios. Ya hay, por tanto, una base para el aprendizaje. Generalmente, en mi trabajo, los niños nunca han sido escolarizados y eso hace más complicado enseñarles cualquier cosa. Para las presentaciones, por ejemplo, suelo dedicar dos semanas. Aquí en una hora liquidamos el tema… Dicho esto, eso puede suponer un problema a la hora de memorizar: la gente aprende un montón de información diferente, pero muy importante, en un período de tiempo muy corto. A veces, eso confunde. De hecho, es incluso conveniente que se repitan a menudo las mismas cosas, en diferentes momentos, con diferentes profesores… Aunque una persona ya haya visto la materia, eso permite que lo aprenda y lo fije 'de oído'. Muchas de las dificultades se repiten. La mayoría de los alumnos (sólo hombres, con una excepción) habla árabe. Algunas letras de nuestro alfabeto no existen en su lengua, lo mismo que algunos sonidos. Les cuesta mucho, por ejemplo, hacer la diferencia entre "Je" y "Jus" ["yo" y "zumo", respectivamente, en francés]. Con paciencia, los profesores se lo repiten una y otra vez. 

Más que clases

La dedicación de los voluntarios puede ir más allá. Philippe se encarga de los cursos de neerlandés. Hablando con otro voluntario, se les ocurrió una idea: "Nos dimos cuenta de que no tenía mucho sentido contentarse con dar clases aquí. Los que aprenden francés quizá sean enviados a Flandes, y viceversa. ¿Qué harán entonces? Por esa razón pensamos en poner en marcha una plataforma de crowdfunding paracomprar unos libritos con los que los refugiados puedan hacerse entender en todos los idiomas sin saber hablarlos. Cuestan solo cinco euros, lo que no es caro a cambio de ayudar a alguien a integrarse en la sociedad. Se los daremos a los refugiados para facilitarles la transición".

Este pequeño tesoro se lo debemos a la Editorial Trotamundos. El diccionario visual G'Palemo permite hacerse entender en cualquier parte, incluso sin hablar la lengua local. Por tanto, el neerlandés o el francés serán un problema menos para los demandantes de asilo cuando lleguen al centro de acogida que les sea asignado. Una ayuda temporal hasta que se familiaricen con el idioma.

Se trata de una bonita iniciativa que ilustra muy bien el ambiente del campamento. Ayuda mutua y solidaridad no son aquí meras palabras, poco importa el idioma en que se pronuncien… Y contrariamente a lo que se podría pensar, el aprendizaje es mutuo. "Yo repaso mi árabe con ellos -dice Nabil riéndose-. Es el árabe clásico, es diferente y, a veces, lo paso mal para entenderles". Un intercambio que favorece el enriquecimiento mutuo y que se produce a veces de una forma bastante inesperada: por ejemplo, ese señor de una cierta edad que le preguntaba a una voluntaria cómo se dice "I love you" en francés.

El equipo local de Cafébabel en Bruselas está elaborando un informe sobre los campos de refugiados en Bélgica. Solidaridad, improvisación y una buena dosis de humanidad es lo que encontraréis en el conjunto de artículos que irán apareciendo publicados en la portada de la revista.