Campo de refugiados: Desmitificando ideas preconcebidas 

Artículo publicado el 24 de Septiembre de 2015
Artículo publicado el 24 de Septiembre de 2015

En Bruselas, la vida en el campamento de refugiados del parque Maximilien continúa organizándose. Situado justo enfrente de la Oficina de Relaciones Exteriores, el campamento acoge un flujo masivo de migrantes, pero también de donaciones y de voluntarios. Cafébabel se adentra en él.

Es muy simple: Da la sensación de que este campamento funciona exclusivamente gracias a los ciudadanos. Más o menos. Las redes sociales y el boca a boca han creado un espíritu de solidaridad y de generosidad que permite a los voluntarios ofrecer a los refugiados un confort que es relativo pero igualmente bienvenido tras su largo y penoso viaje. Tiendas de campaña, reparto de ropa y alimentos, ayuda médica, colegio infantil y clases para adultos... Se hace todo lo posible para que la acogida se lleve a cabo en las condiciones más adecuadas posibles.

Al llegar aquí, estoy un poco desorientada. Yo, bruselense, me siento perdida en mi propia ciudad. No hace falta preguntar lo que esto mismo tiene que ser para los migrantes… ¡El campamento es impresionante! En él reina una actividad intensa y permanente: Cocina, clasificación de ropa, construcción de muebles improvisados, limpieza del campamento… Siempre hay algo que hacer. Sin saber muy bien por dónde empezar, sigo discretamente a una pareja de jubilados que se dirigen a la zona de la escuela. Y menos mal, pues creo que de lo contrario no habría encontrado el camino. ¡El campamento es mucho más grande de lo que pensaba!

La zona de la escuela rezuma vida. Niños y voluntarios se mantienen ocupados en torno a diferentes tiendas de campaña. Una niña pinta un dibujo bajo la atenta mirada de un voluntario. Otros ordenan los juguetes y peluches y recogen las nuevas donaciones. Un grupo de chicas acaba de depositar varias bolsas. "Nosotras también somos mamás, por lo que nos ponemos en el lugar de las mujeres que llegan aquí con sus hijos", me explican. "La sensación es diferente. No podemos hacer nada para ayudarles allí, por lo que intentamos hacer lo máximo posible aquí con los medios que tenemos". Y sacan unas bolsitas de caramelos, sobre las que se abalanzan felices varios niños allí presentes.

Iniciativa espontánea

Me fijo en un grupo de chicas que están atareadas con una curiosa actividad. Están tensando cuerdas entre varios árboles y colgando de ellas sábanas y manteles. "Estamos acondicionando un espacio para las mujeres", me explica una de ellas. "Vamos a proponerles que vengan a disfrutar de un rato de descanso y de conversación". La idea es original. Las sábanas permiten crear una pequeña zona íntima para que las mujeres puedan "respirar" un poco. Pregunto si las chicas forman parte de alguna asociación. "No, en absoluto", me responde Noémie, mi primera interlocutora. "Nos conocimos ayer aquí mismo. Tenía la idea en la cabeza, las demás estuvieron de acuerdo y decidimos ponerla en marcha así, para ver si gusta".  

Ese parece ser el modo de funcionamiento aquí: "Venimos a traer provisiones y nos quedamos para echar una mano. O llegamos para ayudar en una tarea concreta y terminamos trabajando en diferentes puestos". Varios voluntarios dicen que ya se han embarcado en una aventura como esta. Dicen que van allí donde se les necesita.

La iniciativa de Noémie me atrae, pero tengo dudas. Una hora antes hablé con Isabelle, una voluntaria que se ocupa, entre otras cosas, de la tienda de campaña "de mujeres": Un sitio para ellas, en el que pueden rezar, dormir la siesta con su bebé o cambiarle. Los voluntarios les proporcionan todo lo que necesitan. Pero todavía no han empezado a venir. "Todo comienza poco a poco -precisa Isabelle-, las mujeres están empezando a confiar en nosotras, por fin. Creo que al principio ese era el problema, que se quedaban encerradas en su tienda. Lo que para nosotras es algo normal, ellas lo sienten un poco como hostil aquí. Menos hostil que su país pero, bueno, esto es un poco la jungla para ellas. Pero poco a poco comienzan a venir, a darse a conocer, a conocernos. Esto va mejorando".

El espacio creado para las mujeres por Noémie y sus nuevas compañeras tiene futuro, siempre que dejen tiempo para ganarse la confianza de las migrantes. Pero el testimonio deIsabelle me hace reflexionar, pues rompe con con la imagen de los refugiados que vienen para "beneficiarse" del sistema. Charlo con Amina, otra voluntaria. Muy en desacuerdo con algunos comentarios leídos en la red, quiere dejar las cosas claras: "Hay que decir a la gente que las personas que están aquí no son pobres. Al llegar sí lo son, pero la mayoría tiene un título universitario. En su país tenían un trabajo, una casa. Pero no han tenido opción, se han visto obligados a marcharse. ¡Así que basta ya de decir que vienen a beneficiarse!".

El sonido de la campana lo he oído también en la zona de Nabil, que ha venido a echar una mano en el curso de francés para adultos. Me señala a dos "alumnos", recalcándome que uno es abogado y el otro es arquitecto. Lo único que les falta, aparte del permiso de residencia, es aprender el idioma para poder trabajar.

¡Anímense a venir y a conocer el campamento!