Canción triste de Young Street

Artículo publicado el 5 de Septiembre de 2005
Artículo publicado el 5 de Septiembre de 2005

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Mientras que la juventud en El Continente -así llaman los británicos al resto de Europa- vive de las prácticas en empresas y del apoyo paternal, sus compañeros de generación en Londres ocupan puestos de trabajo seguros y disfrutan de buenos sueldos.

David Mueller está deprimido. A sus veinti-muchos, y habiendo terminado sus estudios en Estados Unidos, ha regresado a Berlín para instalarse. Pero no tiene mucha suerte encontrando trabajo. "Al principio pensé en buscar un puesto en la Administración, pero había cientos de solicitudes para cada puesto y yo no había pasado tanto tiempo como los demás haciendo prácticas. Así que pensé en buscar trabajo como consultor, pero al final nunca me concedieron una entrevista". Ahora David ha dejado de barajar posibilidades. Ha aceptado un trabajo en el mundo de la publicidad, a pesar de que siente que sus cualidades merecen más. ¿Debería renunciar a sus aspiraciones y sentar la cabeza, o pasar los próximos años haciendo prácticas para engrosar su currículo y así poder volver a solicitar un trabajo de más prestigio?

No es el único caso

El de David es un caso típico de la "generación perdida": la de los cientos de "jóvenes aunque sobradamente preparados" cuyo potencial se desperdicia mientras cruzan el eterno desierto de los trabajos temporales, prácticas y cursos, incapaces de encontrar un puesto que satisfaga dignamente sus necesidades y les permita independizarse económicamente. Atónita quedaría -y quizá algo consolada por el mal de muchos– la multitud de jóvenes profesionales que se reúnen cada viernes en los bares de Londres para tomar unas cervezas después del trabajo.

Jean Barret, un franco-británico de 22 años licenciado en Cambridge, celebra su ceremonia de graduación... y su segunda nómina. Pero ni siquiera ha tenido que buscar trabajo. El trabajo le buscó a él. "No estaba seguro de qué hacer después de la Universidad, así que pensé en volver a casa y quizá viajar. Pero entonces recibí un e-mail de un amigo que me decía que iba a rechazar un trabajo de 34.500€ (24.000 libras) al año y que iba a recomendarme para el puesto. Una semana después me concedieron una entrevista y ya está. En unos días estaba ganando dinero".

La gallina de los huevos de oro

En Londres, la economía es como un imán: ya puedes intentar escapar de ella, que tarde o temprano te atrapará. Si no es el número de ceros de tu factura de alquiler, será el número de ceros del salario de tus amigos el que al final te convencerá para ir a la caza de trabajo: este año, la media del salario base para los recién licenciados en Londres alcanzó la cifra de 38.000€ (26.500 libras). Hay baja demanda de prácticas y muchos empiezan a trabajar justo después de terminar la carrera, a los 21 años.

La situación no puede ser más diferente al otro lado del canal de La Mancha: en Francia y España la tasa de desempleo juvenil es del 22%; en Italia, del 24%; en Grecia, del 27%. En Alemania, gracias al sistema de aprendizaje, la cifra oficial es notablemente inferior, aunque bajo ésta se esconde tanto el gran número de jóvenes alemanes que estudian hasta casi los treinta años, como la congelación salarial que sufren y las barreras a las que se enfrentan los alemanes que vuelven de sus estudios en el extranjero y buscan empleo en su país natal.

Que haya pocas protestas contra un sistema que está engañando a la juventud europea sobre su futuro es sorprendente, pero quizá no si consideramos que los más ambiciosos renuncian a ser profetas en su tierra, se desentienden del problema y emprenden la marcha a otras ciudades donde su talento sea remunerado. Se calcula que la población francesa en Londres es de entre 40.000 y 200.000 personas, haciéndola la cuarta ciudad más importante de Francia. Mientras tanto, la emigración clandestina italiana hacia Nueva York –algo que suena a lejanos episodios de principios del siglo XX– se vuelve a dar hoy, con 36.000 residentes irregulares llegados en la última década, según la oficina metropolitana de inmigración de Nueva York.

Doble mercado de trabajo

La razón de este éxodo de la juventud europea desde países como Francia e Italia hay que buscarla en la generación baby-boom, que se negó a sacrificar la seguridad de sus trabajos o sus pensiones aun cuando eso impide hoy a sus hijos buscar un trabajo estable o llevar a casa suficientes ingresos netos para pagar una hipoteca y emanciparse. Consecuentemente, hay un doble mercado de trabajo: por un lado el de los privilegiados, de entre 30 y 55 años y con un empleo estable, y por otro el de los precarios, formado por jóvenes y personas que se acercan a los 60, condenados a la espiral de los trabajos temporales y los cursos, los primeros, o a la jubilación anticipada, los segundos. En el Reino Unido e Irlanda, la reforma laboral de los años ochenta rompió este sistema. Las consecuencias no fueron cómodas: miles de profesionales de mediana edad perdieron su trabajo a principios de los noventa tras la reestructuración y reducción empresarial. Sin embargo, y con el crecimiento de la productividad recuperado, la mayoría de ellos han sido capaces de encontrar un nuevo empleo y –no menos importante– poder criar a sus hijos.

¿Puede el sistema ser reformado sin sufrir esas incómodas consecuencias? Probablemente no. Pero aún así, las economías de El Continente podrían beneficiarse mucho de lo que les llega de su población en el exilio y deben acometer una reforma ahora, antes de perderla para siempre. Muchos volverían donde existieran oportunidades, trayendo consigo su conocimiento, su capital y su iniciativa. La extensa población irlandesa de Gran Bretaña o Boston volvió en tropel a casa en los noventa, una vez que la reforma garantizó un ambiente de negocios seguro. Y todavía más, muchos de los escandinavos que trabajaban en Londres, Chicago o Minneapolis volvieron pasados tan sólo unos cuantos años, llamados por lo próspero del clima de negocios de Malmö, Copenhague, Estocolmo y Helsinki.

Países como Francia, Italia y Alemania no carecen ni de talento, ni de empuje empresarial ni de juventud que trabaje duro. Pero a menos que inicien una reforma, perderán la capacidad de retener todo ese potencial.