'Carlos, el Chacal': sexista, capitalista, marxista

Artículo publicado el 24 de Mayo de 2010
Artículo publicado el 24 de Mayo de 2010
Ha sido una de las principales atracciones del Festival de Cannes de este año: el retrato de cinco horas y media (tendrá una versión más corta para su estreno comercial en cines) dividido en tres partes que Olivier Assayas ha hecho del que antaño fuera el terrorista más buscado del mundo

Las cifras impresionan: un guión de 300 páginas, 90 días de rodaje en no menos de diez países, cientos de actores que hablaban decenas de lenguas diferentes. Súmense a ello las situaciones de crisis política que impidieron a última hora que se iniciara el rodaje previsto en el Yemen y Sudán. Desde la perspectiva puramente logística, la cinta francoalemana Carlos es, probablemente, una de las más fenomenales hazañas de la historia de la televisión europea. Acaso, fundamentalmente, porque es muy infrecuente que la televisión se adentre en el reino del cine tanto como lo hace en esta producción: el término tan en boga de televisión cinematográfica halla en la cinta un ejemplo paradigmático.

El director francés Olivier Assayas y su colaborador Dan Franck centran su relato en el punto álgido de la actividad terrorista del Chacal (el verdadero Carlos se llama Ilich Ramírez Sánchez y cumple condena en una cárcel francesa) y narran, en estricto orden cronológico, los atentados perpetrados por el venezolano que más resonancia pública obtuvieron en su momento. Se omiten los años de la infancia y los de cautiverio. Inmersos en el ambiente de pánico que suscita hoy el terrorismo islamista, resulta casi inconcebible que un solo hombre fuera capaz de organizar semejante cantidad de actividades o de participar en las mismas: múltiples asesinatos de agentes de policía, media docena de atentados con bomba, la cooperación en la toma de rehenes y en la organización del famoso secuestro de la delegación de la OPEP en 1975, sin olvidar su actividad conexa de contrabando internacional de armas durante todos esos años.

Assayas acomete tan ingente tarea con valentía y, casi podría decirse, con un exceso de perfección. La clave es la autenticidad: indumentaria, decorados, personajes y situaciones recreados con exactitud. Rara vez se ha logrado dar al mundo de los decenios de 1970 y 1980 una apariencia tan tangible como aquí. No obstante, el director parece haberse percatado de los posibles conflictos, pues da a Carlos, el Chacal la forma escénica de una narración fundamentada en el paradigma cinematográfico clásico. Por diferentes que puedan llegar a ser las tradiciones nacionales, existe una idea aglutinante del cine, un denominador común. Y se llama Hollywood: Carlos es cine internacional en el sentido literal del término. Por desgracia, el efecto resulta un tanto plano.

Así, Assayas se adentra en un complejo y multifacético discurso político cuyos conceptos principales son el capitalismo y el sexismo. Su predominio es tan absoluto en la representación del realizador francés que, a su sombra, el resto de movimientos queda reducido a un juego de planos. El director halla la personificación concreta de ambos conceptos en la figura ambigua, ávida de atención y mujeriega de Carlos.

Assayas se muestra menos interesado en la ideología que en la economía: ¿cómo se organiza el terrorismo? Sobre todo en la segunda parte de la cinta, se acaba sucumbiendo a la creencia de que la revolución internacional no fue más que una suerte de prolongada reunión de negocios celebrada en diversos puntos del planeta. Ataviados con trajes, maletín en mano, Carlos y sus hombres se desplazan por el mundo y hablan de "socios", "contratos", "encargos" y "plazos". Entretanto, él sigue siendo infiel a la novia de turno y es capaz de reducir a la feminista más convencida a un estado de obediencia absoluta. Su "revolución" se organiza de manera autocrática: él es el único que manda, los demás obedecen.

Carlos, el Chacal es, gracias, entre otros méritos, a la magnífica labor de varios jóvenes actores alemanes (Nora von Waldstätten, Christoph Bach, Julia Hummer, Alexander Scheer, Aljoscha Stadelmann), una obra cuya visualización resulta absolutamente recomendable, aunque peque de un exceso de longitud. Es, en el mejor sentido del término, un biopic clásico que condensa en una figura los discursos contradictorios de una época, en la que cada escena, cada instante están cargados de sentido y significado. Sin embargo, Assayas jamás llega a acercarse verdaderamente a su protagonista. De este modo, el camarada Carlos sigue siendo, hasta el final, un misterio.

Texto de Nino Kling

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