Carta a Helene Fischer

Artículo publicado el 25 de Febrero de 2016
Artículo publicado el 25 de Febrero de 2016

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Es inútil, nadie puede escapar en Alemania a la magia del "fenómeno" Helene Fischer. La cantante rubia, de ascendencia rusa y alemana ha sabido ganarse a los alemanes en cuerpo y alma con su arma secreta: el  Schlager, un cóctel a base de folclore nacional, melodías facilonas y buenos sentimientos.

Además de éxitos musicales como "Atemlos durch die Nacht", a Helene Fischer no se le pone nada por delante: lo mismo baila, que presenta actos y ceremonias, o se mete en el papel de rusa (y en este caso, morena) en la famosa serie policíaca de televisión "Tatort".  Según un reciente sondeo en Alemania, Helene sería la novia perfecta e ideal. Nuestro periodista Sébastien Vannier ha ido (y ha llegado ...casi) a su encuentro y nos lo cuenta todo.

Helene Fischer y yo mantenemos una relación muy especial, lo que pasa es que ella todavía no lo sabe.

Primer Acto: Nuestro primer encuentro

Lo recuerdo como si fuese ayer. ¿Y tú, mi bella Helene, te acuerdas de cómo surgió todo? ¿Quieres contarlo tú? O no, espera, ...deja que sea yo quien lo haga. Estábamos en Munich y por increíble que pudiera parecer, yo todavía no te conocía. Ahora, desde ya te digo, que igual de increíble es que tú tampoco me conocieras a mí, ¿eh? El caso es por allí andaba yo, vagando tranquilamente, por las calles de Baviera, tomando algo sin alcohol con un grupo de estudiantes, de esos que quieren cambiar el mundo, De pronto, y como en la canción de Mistral Gagnant, sentado en un banco, cinco minutos con ellos, mirando el mundo pasar, vimos que había más gente de lo normal teniendo en cuenta la hora que era. Y eran las, ....ufff, ¿ya? las diez y media de la noche. Toda la gente, de todo tipo, condición y edad, iba en la misma dirección. ¿La salida del cine? No, demasiado público para una peli. ¿Una obra de teatro? Tampoco, demasiada gente. Siguiendo mi olfato de periodista y mi atrevido e impulsivo carácter, me acerqué a preguntar: «Grüss Gott, Señor Bávaro, ¿sería usted tan amable de indicarme cuál es el motivo de semejante concentración y apelotonamiento ciudadano?» - «Helene Fischer», me respondió. De repente y en ese momento, en ese preciso y precioso instante, nuestras almas se encontraron a través de tu nombre salido directamente de la boca de aquel bávaro bigotudo.

2º Acto: La aventura estival

A partir de ahí, todo empezó a ir muy deprisa, ...bueno, sobre todo para ti. En la radio no hacía más que sonar tu música, pero curiosamente, en las emsoras que no suelo escuchar. Tus conciertos se llenaban, pero justo en aquellos lugares a los que yo no acostumbraba a ir. Si hasta tu nombre salía en todas las conversaciones, y ahí sí, también en aquellas en las que yo intervenía. Según datos estadísticos fiables, en un grupo de cuatro personas, siempre había al menos uno que decía: "¿sabéis?, tengo el CD de Helene Fischer. Bueno, en realidad no me lo he comprado yo, ¿eh? no os vayáis a creer ...Me lo ha regalado mi suegra, sí, sí, mi suegra, ...que sí, que os lo juro, y la verdad es que suena bien. ...Ya os digo, todas las mañanas, en bucle, 20 veces». Mira Helene, mi adorada Helene, no sé lo que les haces a las suegras, pero en el fondo, parece que son ellas las encargadas de manejar el mercado alemán en materia de música y CDs. Mi única intervención en conversaciones como esas se reducía a un discreto: «¿Puedes creer que ambos tenemos los mismos años?». Claro, que Helene y yo tengamos la misma edad es algo que une mucho. De hecho, me pasa lo mismo con Scarlett Johansson. Si es que en el fondo, somos una generación dorada, ¡que os lo tengo dicho!

Bueno, a lo que íbamos. Pues resulta que durante el verano de 2014, nos volvimos a ver, tú y yo. Aquella era una mañana como cualquier otra, y yo andaba vagabundeando tranquilamente con otras 500.000 personas por los alrededores de la Puerta de Brandeburgo. En el cielo, un avión, y a bordo, 22 jóvenes que venían de jugar al fútbol en alguna liga, en Brasil. Yo creo que los veintidós estarían bien cansados, porque se chuparon todo el trayecto que va desde el aeropuerto de Tegel a la Puerta de Brandeburgo, cuando lo más fácil es pillar el bus 128 hasta Kurt-Schumacher-Platz y de ahí, el U6 en dirección a Alt-Mariendorf. Pero bueno, no se lo vamos a tener en cuenta, que no eran de aquí. El caso es que servidor, y sus 499.999 amigos, allí se quedaron plantados esperándoles. Y ahí, justo en ese momento, volviste a aparecer, con una camiseta de la selección que dejaba tu tripita al aire, como Jennifer Aniston en Friends. Tu ombligo, tu camisetuca de la Mannschaft y tu canción. Solo con eso, fuiste capaz de llevar a toda una nación al éxtasis colectivo.

3er Acto: La pregunta

Y así, de repente, te convertiste, como quien no quiere la cosa, en un fenómeno. ¿qué digo fenómeno? ...te convertiste en el Fenómeno, en la novia de Alemania. Te hiciste imagen de los DJs berlineses, esos que cantan a los cuatro vientos su amor por tu música y por tu obra y gracia: «quien me pida pinchar otra cosa que no sea Helene Fischer, morirá entre terribles sufrimientos» se podía leer en algunos de los más selectos clubs de la capital. Desde luego, ¡vaya gente!. Si es que, si no llego a intervenir rápidamente, te preparan una buena, que pasar de ser la novia de Alemania a Mutti (mami, ndt) no hay más que un paso, mi adorada Helene. Bueno, he de confesarlo, y lo hago precisamente aquí y ahora: te lo pregunté, y dejo constancia de ello, y de alguna que otra información íntima y exclusiva, en esta carta. En realidad, la pregunta se parecía un poco al típico: "Querida Sra. Fischer, soy corresponsal etc etc etc, ...un artículo en un diario importante etc etc etc, ...me encantaría que me indicase si podemos reunirnos para hacerle una entrevista etc etc etc ...un cordial saludo". Y ya. Lo he dado todo, y lo he hecho, y te doy hasta mi número de teléfono, si quieres, y mi email, y hasta el nombre de mi jefe. ¿Y tú?

«Lo siento, no tengo tiempo».

De repente, un frío polar, un hachazo en medio del pecho...

Y ahí me quedé, sin aliento y sin respiración en medio de la noche, hasta el día siguiente.

Helene, oh mi amantísima Helene. El tiempo sigue su curso y no se detiene, lo mismo que el agua bajo los puentes del Spree. Pese a ello, pese al tiempo, mi cicatriz sigue ahí, donde siempre, y cada vez que leo una entrevista tuya en un periódico, no puedo evitar ponerme a soñar y pensar: "ese podría haber sido yo".

Helene, si me estás leyendo, si algún día escuchas mi lamento, si te cruzas conmigo, has de saber que no es demasiado tarde. Si deseas concederme una segunda oportunidad para entrevistarte, estoy dispuesto a perdonar y a creerte cuando afirmes que nuestro primer intento fallido obedeció a un lamentable accidente, y que a partir de ahora podremos continuar a seguir escribiendo juntos nuestra historia, esa tan especial.