Casablanca: La Gran Ilusión

Artículo publicado el 2 de Junio de 2014
Artículo publicado el 2 de Junio de 2014

Sidi Moumen es una de las 500 barriadas de chabolas de Casablanca, de donde salieron los cinco terroristas suicidas responsables del ataque más mortífero de la historia de Marruecos. La mayoría de los habitantes de Casablanca nunca pondrán un pie allí. Cafébabel ha visitado Sidi Moumen para hablar con su gente, descubrir qué les depara el futuro y ver cómo encajan en el contexto de Casablanca.

"Sidi Mou­men...c'est grave, Mon­sieur", re­ci­ta tris­te­men­te el ta­xis­ta que hace un mo­men­to pa­re­cía tan ani­ma­do, so­nan­do su voz por en­ci­ma del chi­rri­do de los neu­má­ti­cos, como si la sola men­ción del in­fa­me dis­tri­to fuera su­fi­cien­te para hacer es­ta­llar nues­tra bur­bu­ja de fe­li­ci­dad mien­tras via­ja­mos em­bu­ti­dos en un Fiat Uno. 

El lugar al que la ma­yo­ría nunca va

A pesar de los mo­der­nos y res­plan­de­cien­tes tran­vías que en­tran y salen del cen­tro de la ciu­dad, la ma­yo­ría de los ha­bi­tan­tes de Ca­sa­blan­ca (los be­da­wa) nunca se aven­tu­ran a ir a los dis­tri­tos ex­te­rio­res, y los con­si­de­ran poco menos que co­lo­nias de le­pro­sos. Pero las cosas están cam­bian­do: uno de los pla­nes más am­bi­cio­sos del mundo árabe para re­du­cir la po­bre­za y eli­mi­na­r los subur­bios está te­nien­do lugar en Sidi Mou­men. Y ¿por qué? Como sue­len decir en la zona, a causa de "lo que pasó".

16 de mayo de 2003. Los co­men­sa­les dis­fru­tan de una pae­lla en el po­pu­lar y cén­tri­co "Café de Es­pa­ña", cuan­do un hom­bre apa­re­ce co­rrien­do y de­to­na una bomba que lleva su­je­ta al pecho. Otras cua­tro per­so­nas se en­con­tra­ban en ese mo­men­to ocu­pa­das ata­can­do otras ubi­ca­cio­nes a lo largo de la ciu­dad, en lo que se con­vir­tiría en el ata­que te­rro­ris­ta más mor­tí­fe­ro de la his­to­ria de Ma­rrue­cos, en el que mu­rie­ron 45 per­so­nas y al­re­de­dor de un cen­te­nar resultaron he­ri­das. Esa misma ma­ña­na los jó­ve­nes ase­si­nos ha­bían sa­li­do de sus ho­ga­res en la ba­rria­da de Sidi Mou­men.

Cam­bian­do las cosas

El em­po­bre­ci­do ve­cin­da­rio se con­vir­tió en si­nó­ni­mo de ex­tre­mis­mo, pero tam­bién atra­jo un nú­me­ro de pro­yec­tos so­cia­les a la zona, sien­do el Cen­tro Cul­tu­ral de Sidi Mou­men un ejem­plo em­ble­má­ti­co. El enor­me e in­con­gruen­te au­to­bús es­co­lar ama­ri­llo ve­ni­do de Ha­rris­burg (Pennsyl­va­nia) es el pri­mer in­di­cio que apun­ta a la im­por­tan­cia de la fi­nan­cia­ción ex­ter­na para el pri­mer cen­tro so­cial de su clase en todo Ma­rrue­cos. 

Ade­más de pro­veer co­mi­da para 300 jó­ve­nes lo­ca­les pro­ve­nien­tes de las ba­rria­das, las ins­ta­la­cio­nes ofre­cen cla­ses de idio­mas, una bi­blio­te­ca con 5.000 li­bros, ins­tru­men­tos mu­si­ca­les, or­de­na­do­res, ac­ti­vi­da­des de­por­ti­vas y de otros tipos.  Al lle­gar, un con­cur­so de ta­len­to está te­nien­do lugar, con niños Djing bai­lan­do y par­ti­ci­pan­do en re­ci­ta­les de poe­sía. En la pri­me­ra fila se sien­ta el fun­da­dor Boub­ker Mazoz, or­ga­ni­za­dor co­mu­ni­ta­rio de toda la vida y ré­pli­ca de Omar Sha­rif en Dr. Zhi­va­go, gra­cias a su pelo pla­tea­do y fino bi­go­te.

Con lo que pa­re­ce ser una in­ter­mi­na­ble red de con­tac­tos por todo el mundo, Boub­ker se en­cuen­tra per­pe­tua­men­te re­co­lec­tan­do fon­dos, a falta de apoyo es­ta­tal.  "Bá­si­ca­men­te, me con­ver­tí en un pedigüeño pro­fe­sio­nal", cuen­ta Boub­ker, son­rien­do. De­trás de él, una es­tan­te­ría cruje bajo el peso de pre­mios y ho­no­res con su nom­bre. "Las ONG vie­nen, donan di­ne­ro, se van, y nada cam­bia. In­clu­so yo mismo solía venir aquí para re­par­tir mo­chi­las es­co­la­res, pero las aca­ba­ban ven­dien­do todas. Así que de­ci­dí quea­dar­me".

Mu­chos de los miem­bros del per­so­nal cre­cie­ron en esta con­flic­ti­va zona y com­pren­den per­fec­ta­men­te el valor que su­po­ne que­dar­se den­tro de la co­mu­ni­dad y dar ejem­plo. El tra­ba­jo del cen­tro ha ins­pi­ra­do pro­yec­tos si­mi­la­res en  Chica­go, ciu­dad her­ma­na.

A pesar de que el go­bierno afir­ma que se ha pro­du­ci­do un "pro­gre­so sig­ni­fi­ca­ti­vo" en la reha­bi­li­ta­ción de ba­rria­das, se es­ti­ma que exis­ten aún 111.500 fa­mi­lias ha­ci­na­das en unas 500 ba­rria­das so­la­men­te en Ca­sa­blan­ca,  hecho que ator­men­ta al país par­ti­cu­lar­men­te tras la Pri­ma­ve­ra Árabe, la cual falló en su in­ten­to de echar raíces en el reino. Si tal re­vo­lu­ción ha de ocu­rrir, un lugar como Sidi Mou­men sería el cri­sol, aun­que mucho ha cam­bia­do desde el ata­que te­rro­ris­ta. 

"Un cú­mu­lo de frus­tra­ción"

"Aquí no hay is­la­mis­mo ra­di­cal, sino in­jus­ti­cia, po­bre­za y mar­gi­na­ción. Un cri­mi­nal es un ra­di­cal, ¿ver­dad?", dice Boub­ker. "Cuan­do tie­nes a al­guien que no se iden­ti­fi­ca como un ciu­da­dano, como si nada en su ciu­dad fuera para ellos o para su fa­mi­lia, tie­nes un cú­mu­lo de frus­tra­ción. No rom­pes las cosas que son tuyas." 

Acom­pa­ña­do por Moham­med Aai­tou­na, ve­ni­do desde el cen­tro, y de Mokh­tar y Ab­de­rah­ma­ne (dos guar­dias de se­gu­ri­dad lo­ca­les) damos un paseo antes de en­fren­tar­nos a la ba­rria­da de Al Man­zah. Ro­dea­dos de edi­fi­cios de apar­ta­men­tos de cinco pisos, las fa­mi­lias se apre­tu­jan en ma­dri­gue­ras de ma­de­ra y metal en las que ape­nas se puede estar de pie. El ca­mino es a veces tan es­tre­cho que nos vemos for­za­dos a andar en fila india, apar­tan­do con la mano las ramas que nos dan en la cara. Nos ade­lan­ta un viejo ven­dien­do pan en un carro ti­ra­do por un burro; aquí do­mi­na la pe­que­ña eco­no­mía, y al­gu­nos tie­nen tra­ba­jos de poca monta fuera. Mu­chos están des­em­plea­dos y son anal­fa­be­tos. En Al Man­zah la fra­gi­li­dad de la gente se en­cuen­tra al des­cu­bier­to, y evi­ta­mos de­ter­nos para no al­te­rar el equi­li­brio de la zona. Al otro lado del cam­pa­men­to, a campo abier­to, pa­sa­da una mon­ta­ña de ba­su­ra que pa­re­ce vi­brar de olor, los niños posan para las fotos como si fue­ran ra­pe­ros, y cuan­do nos vamos nos gri­tan: "bonne chan­ce, mes amis!".

En el dis­tri­to de Ainfa, el lla­ma­do "Be­ver­ley Hills" de Ca­sa­blan­ca, las lim­pias ca­lles, bor­dea­das de pal­me­ras, son es­ca­pa­ra­te para chalés blan­cos como el lino que con­du­cen a Cor­ni­che. Aquí, junto a las olas, se alza la mez­qui­ta de Has­san II, la se­gun­da más gran­de del mundo des­pués de La Meca. Todo ciu­da­dano ma­rro­quí fue for­za­do a con­tri­buir eco­nó­mi­ca­men­te en su cons­truc­ción, in­clu­yen­do a los ha­bi­tan­tes de los ba­rrios mar­gi­na­les que fue­ron des­pla­za­dos en el pro­ce­so de su cons­truc­ción. A unos cien­tos de me­tros a lo largo de la costa, la fa­mi­liar mez­co­lan­za de te­chos de chapa asoma por en­ci­ma del muro en­ca­la­do de dos me­tros que rodea las bi­don­vi­lle (un tér­mino co­lo­nial fran­cés para el ba­rrio de cha­bo­las que su­pues­ta­men­te se ori­gi­nó en Ca­sa­blan­ca). Tales vis­tas son co­mu­nes en la ciu­dad, a me­nu­do co­no­ci­dos como "muros de la vergüenza", y pue­den ser­vir como me­tá­fo­ra de la ac­ti­tud de la so­cie­dad hacia la masa cre­cien­te de in­di­gen­tes en las ciu­da­des. Ojos que no ven, co­ra­zón que no sien­te.

Pero, ¿y qué pasa con los hips­ters?

Al­gu­nas de las cri­ta­tu­ras noc­tur­nas más ricas de Ma­rrue­cos, quie­nes se agi­tan al ritmo de mú­si­ca house en los lo­ca­les fren­te al mar más a la moda, donde las bo­te­llas de cham­pán cues­tan cerca de 1.000 euros (en un país donde el PIB per ca­pi­ta es 2.100 euros, según el Banco Mun­dial) adop­tan un en­fo­que dar­wi­niano. 

"La gente pobre es tan ne­ce­sa­ria como la gente rica. Esa es la con­di­ción que per­mi­te la es­ta­bi­li­dad del país. Mien­tras la gente no se muera de ham­bre, Ma­rrue­cos lo es­ta­rá ha­cien­do bien", ex­pli­ca un joven em­pren­de­dor.

Ade­más de la mayor mez­qui­ta y las ma­yo­res ba­rria­das de Áfri­ca, Ca­sa­blan­ca tam­bién acoge al mayor cen­tro co­mer­cial del con­ti­nen­te, cuyo ex­ci­tan­te nom­bre es Mo­roc­co Mall ("Cen­tro co­mer­cial de Ma­rrue­cos"). Las eti­que­tas de pre­cio de los ves­ti­dos dicen 900 eurosy los vi­si­tan­tes pue­den bu­cear con los peces tro­pi­ca­les en el acua­rio. Desde el bal­cón de uno de los exor­bi­tan­te­men­te caros res­tau­ran­tes di­vi­sa­mos una pe­que­ña isla en la cosa y nos dis­po­ne­mos a abor­dar­la.

Vie­jas se­ño­ras des­den­ta­das se sien­tan en el puen­te que lleva a la isla, to­can­do tam­bo­res al son de mú­si­ca Chaa­bi, y nos lla­man "vo­yeurs!" cuan­do pa­sa­mos. Des­pués de un pe­que­ño la­be­rin­to de ca­lle­jue­las y cho­zas som­brías pa­re­ci­das a cajas, lle­ga­mos a un en­cla­ve ro­co­so y a la ex­ten­sión de agua que es el Atlán­ti­co. Fa­mi­lias y pa­re­jas posan para las fotos mien­tras que ca­bras y po­llos dan vuel­tas por un ga­lli­ne­ro di­mi­nu­to. Pien­so, inocen­te, que los ani­ma­les están aquí para que los niños jue­guen con ellos. Más tarde me en­te­ro de que cor­tar­les el cue­llo y ver­ter su san­gre es una parte ne­ce­sa­ria para rea­li­zar un sa­cri­fi­cio a Abdel Rah­man, un santo ve­ne­ra­do y cuyo lugar final de des­can­so su­pues­ta­men­te se en­cuen­tra aquí.

"So­lían bur­lar­se de los en­fer­mos que ve­nían aquí para in­ten­tar cu­rar­se", cuen­ta nues­tro co­le­ga y pe­rio­dis­ta ma­rro­quí antes de hacer un ade­mán hacia el cen­tro co­mer­cial, que se cier­ne como un ar­ma­di­llo en la dis­tan­cia. "Ahora ellos son los en­fer­mos".

Este ar­tícu­lo es parte del pro­yec­to eu­ro­med re­por­ter, lle­va­do a cabo por Café Babel en co­la­bo­ra­ción con I WATCH y SEARCH FOR COM­MONG GROUND, y res­pal­da­do por la Fun­da­ción ANNA LINDH.