Cédric Klapisch, la Nouvelle Vague europea

Artículo publicado el 17 de Septiembre de 2005
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Artículo publicado el 17 de Septiembre de 2005

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Como sensible observador de la generación Erasmus, representada en la película Una casa de locos, al cineasta francés Cédric Kaplisch le gusta demostrar que “existe una Europa fuera de Bruselas”.

No es en “una casa de locos”, sino en un bistrot parisino donde me encuentro con Cédric Klapish, el ahora rentable director de la película mencionada: un éxito en España y en toda Europa y una verdadera promoción en la gran pantalla del programa Erasmus. La cita es en el barrio de moda de Oberkampf. Mientras espero pacientemente en la barra, me fijo en el lugar: alegremente pintado de rojo y amarillo, el café, muy iluminado, está casi vacío. El reloj de acero cromado marca las 11.30h. A mi espalda resuenan unos pasos sobre el suelo de baldosas: sonriente, con un casco de moto en la mano, Cédric Klapisch, 44 años, me concede un enérgico apretón de manos. Bronceado y visiblemente relajado, este auténtico parisino tiene buenas razones para ver la vida de color de rosa: su última obra, Las muñecas rusas, después de Una casa de locos, está arrasando. En 2002, las peripecias de Xavier en el celuloide, en Barcelona, atrajeron a cerca de 3,3 millones de espectadores europeos. Un bonito record para una película que surgió a raíz de una experiencia personal. “En los años noventa, me fui una semana a visitar a mi hermana que estaba estudiando en la capital catalana y que convivía con unos compañeros de piso de diferentes nacionalidades. Me dije que era alucinante aquella mezcla extraña y llena de vida que te llenaba de esperanza”, recuerda el director. Muchos estudiantes se vieron, entonces, reflejados en aquel cuadro de esa balbuceante y entusiasta eurogeneración. ¡Bingo! Como subraya Kaplisch, "la película es la prueba evidente de que “existe una Europa fuera de Bruselas.”

Del estudiante americano

Nos sentamos en torno a un pequeño velador; él detrás de un café expreso y yo de un té verde a la menta. A pesar de su sensibilidad hacia los jóvenes europeos, Klapisch no se ha beneficiado nunca del programa europeo de intercambio universitario Erasmus. A sus 23 años, después de suspender por segunda vez el examen de acceso al prestigioso instituto de cine IDHEC, se embarcó hacia el otro lado del Atlántico. “Me inscribí en la universidad cinematográfica de Nueva York. En Francia, durante los años ochenta, el mundo del cine estaba prisionero de la Nouvelle Vague” de los años sesenta, que empezaba a envejecer seriamente. El periodo me parecía esclerótico, nos suelta. Descubrí que no sólo existe Godard. Viajar y vivir en el extranjero es por fuerza enriquecedor, por lo que se vive fuera de los estudios”. ¿Qué hay entonces del legendario antagonismo entre Europa y los Estados Unidos? "La oposición entre lo nuevo y lo viejo", responde con mirada de pillo. "Los americanos tienen la obsesión de lo antiguo, fabrican 'anti-envejecimiento' para todo, mientras que en Europa tendemos mucho más a la rehabilitación de lo antiguo, sacralizándolo. La diferencia es particularmente visible en Francia, donde en política no conseguimos deshacernos de los prejuicios ancestrales.”

Al cineasta de nuestro tiempo

Cerrado su paréntesis americano, Kaplisch regresa a Francia. Después de unos años de penalidades acaba por imponer una imagen de cineasta acorde con su tiempo destilando a través de sus largometrajes un universo ligero, mordaz y sutil. Él, al que le encanta Almodóvar, Rusia y la palabra "truc" (rollo, en el sentido de nuestro argot) multiplica sus éxitos de crítica y público. Hoy, después de sus vacaciones, Kaplisch inicia la promoción en el extranjero de sus Muñecas Rusas. “El cine europeo no está en un buen momento. Francia es el único país europeo que ayuda a su producción", comenta de pasada. “Algunas industrias como la italiana o la inglesa han desaparecido prácticamente. Imperialismo americano, competencia de la televisión o subvenciones comunitarias demasiado burocráticas dificultan la situación” de las salas europeas.

Eurofilia comprometida

¿Cuáles son entonces los destinos predilectos de este europeista? España e Italia vistas a través de los ojos de sus dos directores fetiche, Almodóvar y Fellini. “Es genial ver hasta qué punto estamos geográficamente cercanos y somos a la vez tan radicalmente diferentes. El lado latino me gusta; festivo con la vida que se muestra…”. Pero Kaplisch, de ascendencia polaca, también aprecia Rusia, a donde vuelve de tanto en tanto, tras haber vivido allá algunos meses de adolescente. “Tienen ese rollo eslavo que tanto me gusta y que existe también en Hungría y Checoslovaquia: esa tristeza graciosa, un humor ligado a la tragedia”, subraya cerrando los ojos.

Desde mayo de 2005, este europeísta convencido prevé muchas incertidumbres como consecuencia del No francés a la Constitución. “Fue una situación extraña. La historia ultraracista del 'fontanero polaco' se sobrepuso al pensamiento social", subraya. "No consigo saber si es sólo una ralentización de la construcción comunitaria o la primera etapa de algo que no va a funcionar.” Frente a esta constatación descafeinada, el cineasta admite algunos puntos positivos. “Se ha debatido sobradamente sobre Europa, y por primera vez, fuera del ámbito político. Me gustaría que los franceses hiciesen algún sacrificio nacional por algo que está por encima de ellos.” La vena política acaba por atrapar al artista. “Hay de todas formas una cosa increíble de la cual no nos damos nunca cuenta,” suelta levantándose, “poner a un francés delante de un alemán antes de la construcción Europea habría sido igual que poner, hoy, a un palestino delante de un israelí. Mis abuelos murieron en Auschwitz. Si 60 años después no hay nada que alimente mi odio, es por lo menos gracias a Europa. Han sido los esfuerzos políticos los que han traído un cambio psicológico.” Claqueta final: Kaplisch se esfuma. "Ni a favor, ni en contra de Europa, sino todo lo contrario".