Cenar como el príncipe Carlos

Artículo publicado el 30 de Mayo de 2008
Artículo publicado el 30 de Mayo de 2008

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Medicina alternativa, comida orgánica y consumo responsable: pocos relacionarían estos conceptos con la familia real británica. Pero los intereses del futuro rey británico son más 'progres' de lo que muchos pueden pensar…

En una entrevista con la BBC en 2005, el príncipe Carlos de Inglaterra se refirió al calentamiento como el “mayor reto de la humanidad”. En febrero de 2007, en un viaje a los Emiratos Árabes Unidos, comentó –supuestamente- que los restaurantes McDonalds deberían estar prohibidos. El hijo mayor de la reina está a cargo de numerosos proyecto de caridad para apoyar al medioambiente. El coautor del libro The Elements of Organic Gardening (Los elementos de la jardinería orgánica, 2007) –sí, estamos hablando de un libro escrito por el mismísimo príncipe de Gales- ha lanzado incluso su propia marca de productos orgánicos, Dutchy Originals, que incluye tés, galletas, jamón y una marca de herramientas de jardinería.

El rey de la galleta

¿Es ‘marca’ la palabra correcta en este contexto? Desde que se mudó a la mansión Highgrove, en Gloucestershire, poco después de su boda en 1981, el príncipe no solo ha cultivado sus jardines. En sus frecuentes apariciones públicas, cuidadosamente planeadas, se presenta a sí mismo como una mezcla de conservador de la cultura y un amante radical de la naturaleza: el personaje real que odia la arquitectura moderna y que habla a sus plantas. 

El compromiso del príncipe Carlos con el asunto más de moda del momento es una causa loable en la que aprovechar su tirón mediático adquirido por el mero hecho de nacer. Cuando se trata de la aplicación práctica de los propios consejos del ‘príncipe verde’, la actitud del heredero del trono británico es discutible.

La huella de CO2 del príncipe

El montaje publicitario del carácter medioambiental del príncipe flaquea por culpa de salidas privadas en avión, vacaciones alrededor del mundo, un séquito bastante numeroso, y tres enormes casas en el campo: todas estas actividades dejan una huella de 3.425 toneladas de CO2 arrojadas a la atmósfera entre 2006 y 2007, mientras que la media nacional está en 11,8 toneladas por persona. Cuando recogió en persona su premio al Ciudadano Medioambiental del Mundo en 2007, reservó un 62 asientos de avión para sus 20 empleados, que hicieron junto a él el viaje hasta Nueva York. La casa real mantiene que el príncipe compensa su producción de CO2. Pero esto le costaría unos 70.000 euros al año al contribuyente británico.

Desde una perspectiva culinaria, el príncipe apoya la comida orgánica local, lo que no está mal se mire por donde se mire; un caso excepcional en el Reino Unido donde el mercado de lo orgánico solo supone un 1,6% del total (comparado con el 6% de Austria, el 4,5% de Dinamarca y el 3% de Alemania). Algunos podría argumentar que los compromisos del príncipe Carlos le obligan a contaminar nuestra atmósfera, inevitablemente, con CO2. Sea como sea, si de verdad intenta convertirse en un ejemplo de cómo conseguir un desarrollo sostenible, este tiene que ser especialmente inspirador, drástico e impresionante. Afrontémoslo, si 3.425 toneladas de emisiones representar lo mejor que un modelo para el medioambiente puede conseguir, ¿qué podemos esperar de los demás?