Charlottengrad: El frío corazón del Berlín ruso

Artículo publicado el 30 de Julio de 2014
Artículo publicado el 30 de Julio de 2014

A prin­ci­pios de los años vein­te el ba­rrio ber­linés de Char­lot­ten­burg em­pe­zó a co­no­cer­se como "Charlot­ten­grad", tras ser inun­da­do por rusos que emi­gra­ron a causa de la re­vo­lu­ción. Hoy la ca­pi­tal ale­ma­na al­ber­ga entre 200.000 y 300.000 ru­sófonos. Pero, ¿se con­si­de­ran estos ciu­da­da­nos parte de la UE?

En el su­per­mer­ca­do Ros­si­ya, justo al lado de la es­ta­ción de Char­lot­ten­burg, no hay es­ca­pa­to­ria fren­te a pro­duc­tos rusos, como los dum­pling (bolas re­lle­nas), el vino, el vodka y el clá­si­co cho­co­la­te Al­yon­ka. Pa­re­ce un sitio idó­neo para em­pe­zar nues­tro tour por el Ber­lín ruso. La tien­da tam­bién ofre­ce una pe­que­ña sec­ción de cos­mé­ti­cos, ya que "las chi­cas rusas sólo con­fían en pro­duc­tos de ma­qui­lla­je pro­ve­nien­tes de Rusia", o al menos eso dicen. Los de­pen­dien­tes vis­ten la misma ca­mi­se­ta roja, que or­gu­llo­sa­men­te reza Rus­sia en azul y blan­co con le­tras ci­rí­li­cas.

De­jan­do la moda de Ros­si­ya a un lado, y si­guien­do con nue­tro tour, es más con­ve­nien­te ha­blar de la co­mu­ni­dad rosófona en Ber­lín, ya que sus miem­bros pro­ce­den de di­fe­ren­tes áreas y per­te­ne­cen a di­fe­ren­tes gru­pos ét­ni­cos. "De hecho, hay tres gru­pos", nos cuen­ta Ste­fan Melle cuan­do nos reuni­mos con él en su ofi­ci­na de la or­ga­ni­za­ción de in­ter­cam­bio ger­mano-ru­so, Deutsch-Russischer Austausch. "Por una parte, están los lla­ma­dos re­fu­gia­dos con­tin­gen­tes, ju­díos que lle­ga­ron de la Unión So­vié­ti­ca a tra­vés de un acuer­do ad­mi­nis­tra­ti­vo con Ale­ma­nia. Pero la ma­yo­ría de la co­mu­ni­dad es en reali­dad de as­cen­den­cia ale­ma­na. El ter­cer grupo está más di­ver­si­fi­ca­do, con di­fe­ren­tes pro­ce­den­cias de las an­ti­guas re­pú­bli­cas so­vié­ti­cas".

EL BER­LÍN RUSO

La or­ga­ni­za­ción de Ste­fan ayu­da­ba, es­pe­cial­men­te du­ran­te los años no­ven­ta, a los in­mi­gran­tes que lle­ga­ban a Ale­ma­nia. Ac­tual­men­te ya no lle­gan tan­tos. "Mu­chos son in­mi­gran­tes de se­gun­da y ter­ce­ra ge­ne­ra­ción. Tie­nen su pro­pio ne­go­cio, lle­van a sus hijos a es­cue­las bi­lingües, están muy in­te­gra­dos en la so­cie­dad".

Sin em­bar­go, el con­cep­to del Ber­lín ruso de los años vein­te to­da­vía se man­tie­ne vivo para las ge­ne­ra­cio­nes de más edad, que viven una au­tén­ti­ca vida rusa en el suelo de la ca­pi­tal ale­ma­na. "Hay per­so­nas que nunca apren­die­ron ale­mán", dice David, un joven ale­mán de as­cen­den­cia rusa que vive en Ber­lín con su mujer rusa. "Su­pon­go que su vi­sión del mundo se co­rres­pon­de con la pers­pec­ti­va ge­ne­ral de Rusia. Al fin y al cabo, si­guen prin­ci­pal­men­te las no­ti­cias a tra­vés de los me­dios rusos".

Por tanto, pa­re­ce im­pro­ba­ble que estos ber­li­ne­ses sien­tan que per­te­ne­cen de algún modo a la Unión Eu­ro­pea, de la que en reali­dad for­man parte. Efec­ti­va­men­te, "per­te­ne­cen mucho más a los es­ta­dos na­ción, no tanto a las or­ga­ni­za­cio­nes trans­na­cio­na­les", ex­pli­ca Ste­fan. "Ale­ma­nia suele aso­ciar­se po­si­ti­va­men­te con bie­nes­tar y es­ta­bi­li­dad, más que la UE". David pa­re­ce estar de acuer­do: "Pero las re­la­cio­nes entre la UE y Rusia se de­ba­ten una y otra vez, par­ti­cu­lar­men­te con los su­ce­sos en Ucra­nia".

UNA EU­RO­PA EN PRO­BLE­MAS

Inevi­ta­ble­men­te, la cri­sis de Ucra­nia pro­yec­ta una larga som­bra du­ran­te nues­tra vi­si­ta al Ber­lín ru­so­par­lan­te. No obs­tan­te, según Ste­fan, el ver­da­de­ro punto de in­fle­xión en la per­cep­ción de la UE fue el año 2008. "Para mu­chos, la cri­sis sig­ni­fi­có el final de la UE como ga­ran­te de bie­nes­tar. Ésta se de­bi­li­tó y era in­ca­paz de re­cu­pe­rar su eco­no­mía. 2008 fue tam­bién el año del con­flic­to en Geor­gia, con­tex­to en el que se culpó a la UE de haber hecho una lec­tu­ra erró­nea y pre­ci­pi­ta­da de la si­tua­ción", indica. 

Esta per­cep­ción ne­ga­ti­va reinan­te de la UE no ha cam­bia­do mucho desde en­ton­ces, más bien al con­tra­rio. Nues­tra im­pre­sión se con­fir­ma cuan­do David nos pre­sen­ta al padre An­drej, un sa­cer­do­te de una de las igle­sias or­to­do­xas en Char­lot­ten­burg. Es cor­pu­len­to, bar­bu­do e in­ti­mi­da un poco. El padre An­drej pa­re­ce que goza de mucho res­pe­to en la co­mu­ni­dad. Mien­tras vamos a su des­pa­cho, los vi­si­tan­tes de la pa­rro­quia lo sa­lu­dan a modo de re­ve­ren­cia. Mu­chos de ellos lle­van allí a sus hijos los sá­ba­dos al ofi­cio re­li­gio­so y a cla­ses de len­gua.

Cuan­do le pre­gun­to su opi­nión sobre la in­te­gra­ción eu­ro­pea, el pá­rro­co res­pon­de de forma ca­te­gó­ri­ca: "La UE es un error. Aquí, en la pa­rro­quia, de­ba­ti­mos sobre po­lí­ti­ca eu­ro­pea. Nos pre­gun­ta­mos cuán­do se des­mo­ro­na­rá la UE. ¿Quién cree en este pro­yec­to eu­ro­peo? ¿Un pro­yec­to de paz?  ¿Qué ocu­rre con la pro­ble­má­ti­ca de Ir­lan­da del Norte? ¿O las ten­sio­nes entre los ale­ma­nes y los grie­gos?".

GUE­RRA DE PRO­PA­GAN­DA

Mien­tras culpa a la UE por su ca­rác­ter dócil y co­bar­de y por so­me­ter­se de forma poco crí­ti­ca a Es­ta­dos Uni­dos en el tema de Ucra­nia, el padre An­drej es más bien blan­do con res­pec­to a su país de pro­ce­den­cia. "Sen­ti­mos una res­pon­sa­bi­li­dad hacia el es­ta­do ale­mán, al que mu­chos de no­so­tros per­te­ne­ce­mos. Pero de­fi­ni­ti­va­men­te no per­te­ne­ce­mos a la UE", zanja. 

Mu­chos en la co­mu­ni­dad se­ña­lan los efec­tos per­ni­cio­sos de los me­dios de co­mu­ni­ca­ción, y los hacen res­pon­sa­bles de una gran la­gu­na que se va fra­guan­do entre Rusia y la UE. El padre An­drej de­nun­cia de forma vehe­men­te la "gue­rra de pro­pa­gan­da" con ejem­plos vagos sobre la co­ber­tu­ra me­diá­ti­ca de la gue­rra de Geor­gia de 2008, pa­ga­da por Es­ta­dos Uni­dos, a su modo de ver. Por su parte, David es más pru­den­te. "Pero es cier­to que si pres­tas aten­ción a la co­ber­tu­ra de no­ti­cias sobre la cri­sis ucra­nia­na, se pue­den ob­ser­var cier­tos es­te­reo­ti­pos re­ci­mi­nis­cen­tes de la Gue­rra Fría", opina.

"Pien­sa en la fo­to­gra­fía de Vol­ker Beck (po­lí­ti­co ale­mán), ata­ca­do por rusos vio­len­tos, ho­mófobos y hos­ti­les. So­bran las pa­la­bras. Mien­tras Rusia se sien­te or­gu­llo­sa de ser una na­ción eu­ro­pea, aquí se la tien­de a con­si­de­rar un país del le­jano este, in­clu­so asiá­ti­co. Creo que ne­ce­si­ta­mos es­tre­char lazos", agrega. 

A LA ES­PE­RA DE MER­KEL

¿Y es el deber de Ale­ma­nia desem­pe­ñar ese papel? Al fin y al cabo, el país tiene un le­ga­do his­tó­ri­co uni­fi­ca­dor entre Orien­te y Oc­ci­den­te, y ac­tual­men­te está go­ber­na­do por una can­ci­ller que habla ruso con flui­dez, mien­tras su ho­mó­lo­go ruso man­tie­ne lazos es­tre­chos con el país ger­mano en el que re­si­dió du­ran­te cinco años. "Ale­ma­nia tiene un papel clave, pero está co­me­tien­do gra­ves erro­res a la hora de ges­tio­nar el con­flic­to ucra­niano. A Mer­kel se la res­pe­ta, tanto en Rusia como entre la co­mu­ni­dad ru­so­par­lan­te aquí en Ber­lín. Está ha­cién­do­lo lo mejor que puede, pero no se está enfrentando a los es­ta­dou­ni­den­ses", se queja el padre An­drej.

David es menos crí­ti­co con su país de ori­gen. Sin em­bar­go, está con­ven­ci­do de que Ale­ma­nia de­be­ría hacer mucho más para me­jo­rar la frá­gil re­la­ción entre Rusia y la UE. "Me en­fa­da ver todo el po­ten­cial que tiene Ale­ma­nia y cuán­to in­fra­ex­plo­ta las opor­tu­ni­da­des que se le pres­tan. Ale­ma­nia ne­ce­si­ta con­ver­tir­se en me­dia­dor e in­vo­lu­crar a Rusia. Si no, mo­vi­mien­tos como los del Front Na­tio­nal Job­bik lo harán, pero no de un modo que sea bueno para Eu­ro­pa", concluye. 

Para ob­te­ner más in­for­ma­ción sobre la or­ga­ni­za­ción de in­ter­cam­bio ger­mano-ru­so o Deutsch-Rus­sis­cher Aus­tausch, vi­si­ta la web.

ESTE AR­TÍCU­LO ES PARTE DE UNA SERIE ES­PE­CIAL DE­DI­CA­DA A BER­LÍN. FORMA PARTE DE EU-TO­PIA: time to vote, UN PRO­YEC­TO DI­RI­GI­DO POR CA­FÉ­BA­BEL EN COOPE­RA­CIÓN CON hip­pocrène foun­da­tion, LA CO­MI­SIÓN EU­RO­PEA Y EL MI­NIS­TRO DE ASUN­TOS EX­TE­RIO­RES Y evens foun­da­tion.