Chica au pair: Alicia en el país de las vajillas

Artículo publicado el 6 de Marzo de 2008
Artículo publicado el 6 de Marzo de 2008
Au Pair: una experiencia que lleva a muchos jóvenes de entre 18 y 28 años al extranjero en el seno de una familia. La fórmula parece alentadora, pero el timo aguarda detrás de la puerta… de casa.

9 de septiembre de 2007. El gran día ha llegado. Es hora de partir. Destino: Lille, norte de 9 de septiembre de 2007. Ha llegado el gran día. Es hora de partir. Destino: Lille, en el norte de Francia. Alice, de 25 años, italiana, licenciada en Humanidades y con un sueño que nunca había hecho realidad: vivir un año en el extranjero. Así pues, tomó la decisión: “Me marcho a hacer de chica au pair”. ¿Qué significa au pair? Comida, alojamiento y una pequeña compensación económica que ronda los 280 euros mensuales, a cambio de 30 horas semanales como canguro y algunas tareas domésticas. Un buen modo, al menos sobre el papel, de poder mantenerse en el extranjero y aprender un lengua extranjera no sólo a través de un curso, sino también sumergiéndose en la cultura de la familia anfitriona. Una decisión que lleva cada año tan sólo al Reino Unido a 30.000 extranjeros, seguido de Francia con 20.000, Alemania con 5.000 e Italia con 3.000. Ahora bien, el entusiasmo inicial no siempre queda recompensado, y muchas veces, ya en las primeras semanas, se tiene la sensación de que algo no cuadra.

como de la familia, pero ya si eso

Y así es como Lille pasa a ser Lomme, un pueblecito de un puñado de almas a unos 10 kilómetros del centro de la ciudad de Lille, con un servicio de autobús que une la zona residencial con la ciudad cada treinta minutos. “Eso sin considerar que las treinta horas semanales no incluyen el servicio de canguro nocturno, con lo que se llega a las treinta y cinco o las cuarenta”, lamenta Alice.

¿Qué prometen las agencias que reclutan a las chicas au pair? Primero de todo, les ponen en contacto con la familia, lo que les reporta entre 200 y 300 euros por hacer de mediadores. En la página web de una de estas agencias, por ejemplo, puede leerse que la chica debe ser considerada “como un miembro más de la familia, una especie de hermana mayor, y no como una criada”, y que no deberá, en ningún caso, “llevar a cabo tareas pesadas como limpiar los cristales, el frigorífico o el horno”. Todo queda sobre el papel.

Bailes espaciales

Agnieszka, de 26 años, polaca, nos cuenta como le fue. “He trabajado ocho meses para una familia francesa y hacía de todo. Cada mañana ponía la lavadora, planchaba, cocinaba, llevaba a los niños al colegio, iba a buscarlos y, sobretodo, tenía que estar disponible las 24 horas del día. Cuando alguno de los pequeños estaba enfermo, no podía ni tan siquiera asistir a mi curso de lengua porque debía permanecer a su lado. A todo esto, la madre estaba en casa con la baja por maternidad, pero se pasaba las horas delante de la televisión. Cuando me veía pasar me decía: “Agnieskza, haz como si fuera transparente”. Lo peor vino en el mes de junio, cuando la familia se mudó de casa: “Me he pasado días enteros haciendo cajas, embalando, cargando y descargando del coche y haciendo constantes viajes entre la casa vieja y la nueva. Resistí hasta el final, pero si volviera atrás, jamás volvería a permitir que me trataran así”.

Las cosas tampoco le fueron a Justina, originaria de la República Checa, como ella esperaba. Su agencia le había encontrado una familia en el centro de París, un auténtico sueño. “Cuando llegué no conocía a nadie, y mi francés era de principiante. La agencia me había tranquilizado diciéndome que la familia me ayudaría a conocer gente, pero no fue así. Una vez terminaban mis horas de trabajo, querían que me retirara a mi cuarto en la buhardilla, de seis metros cuadrados porque necesitaban tener su intimidad. Logré acostumbrarme tras unos días, pero fue duro.”

Lo mismo le sucedió a Veronika, una joven alemana de apenas 18 años. “Quería tomarme el conocido año sabático antes de empezar la universidad y me fui a Londres. Me quedé sólo tres meses. Me trataban como si fuera de su propiedad. Los horarios cambiaban cada semana en base a sus exigencias, durante las vacaciones de invierno me tenía que ocupar también de los amigos de los niños y las horas extras no me las pagaron jamás. Por no hablar de las tareas domésticas. Comprendían desde limpiar los orines del perro a lavar, una por una, las ventosas antideslizantes de la ducha”.

Sin embargo, esto de las chicas au pair parece ser un auténtico negocio, sobretodo para las agencias. Existe una selección: para presentarse a la futura familia es necesario compilar al detalle una serie de documentos. Ha de declararse el peso, la altura, la fe religiosa, el certificado de estudios. Se piden referencias escritas con números de teléfono, algunas fotos con los niños, una fotocopia del carné de identidad y del certificado penal y, para acabar, una declaración que demuestre el trabajo que desempeñan tus padres y una revisión médica completa para evitar sorpresas. Lástima que la sorpresa se la acaben llevando ellas, las cenicientas del nuevo milenio.

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