Christiania y el rechazo de la sociedad danesa: ¡hippies y punto!

Artículo publicado el 23 de Marzo de 2012
Artículo publicado el 23 de Marzo de 2012
En el barrio libre de Christiania, en el corazón de Copenhague, unos cientos de irreducibles viven en el seno de una comunidad autogestionada única en Europa. Pero, desde los años 70, el espíritu liberador y de obertura que les dio reputación está para el arrastre. ¿Quienes son estos herederos que viven, trabajan o salen hoy en día de Christiania?
Nos vamos de paseo con Rasmus, Nynne y los otros resistentes.

Un viento frío y punzante me lleva al este de Copenhague, no muy lejos del Øresund, el estrecho que une dos mares (el mar Báltico con el mar del Norte) y de Kattegat, el estrecho que separa dos pueblos (el danés y el sueco). A unos cuantos metros se encuentra el barrio de Christiania, leyenda de la ocupación más grande de Europa y, al mismo tiempo, pilar del espíritu contestatario de principio de los 70. En esa época, unas cuantas centenas de anarquistas del lugar habían sabido dar el paso que separa el sueño hippie de la realidad política y se autoproclamaron ciudad “libre”. Pero, hoy en día, ¿libre de qué?

“Bambi en medio de latas de plástico”

Me acerco al Green Light District y a la “arteria comercial” principal de Christiania, más conocida por el nombre Pusher Street, donde la venta y consumición de drogas blandas está autorizada. Empujo la puerta de la Galería de Arte. Rasmus nos recibe al lado de la pintura Bambi en medio de latas de plástico. Para él, “el multiculturalismo aquí no está necesariamente relacionado con la mezcla étnica o religiosa”. Se trata más de una comunidad de personajes con un trasfondo diferente: “ricos y pobres, más o menos educados, aquí todos se mezclan en una sociedad sin jerarquía.” ¿El punto en común de todas estas personas? El rechazo de la sociedad danesa. Además, a las autoridades del país cada vez les cuesta más aceptar a estos ciudadanos con ansias de libertad. Ahora les toca comprometerse a los christiantianeses, obligados a comprar los terrenos que se apropiaron y en los cuales viven desde hace cuarenta años.

"¡Apagad vuestras cámaras"!

Mientras el país bate los récords europeos en materia de endurecimiento de las normas de naturalización y reagrupamiento, en Christiania, las preguntas sobre inmigración e integración parecen menos vivaces que en el seno del resto de la sociedad danesa. Según Rasmus, un tercio de los habitantes de aquí son extranjeros; la mayoría son alemanes. Como en el resto del país, la presencia de esta minoría no data de ayer: la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, las fronteras móviles entre las dos naciones al principio del siglo XX han favorecido los vínculos duraderos. Si hoy en día la minoría está perfectamente integrada y protegida (al contrario de lo que pasa con otras como la feroesa, la groenlandesa o la zíngara), Dinamarca ha tenido tendencia a desconfiar de su imponente vecino. En 1973, por ejemplo, cuando el país se adhiere a la CEE, se prevén clausulas especiales en los tratados para evitar que los alemanes puedan adquirir segundas residencias en la tan codiciada costa danesa.

Aquí, como en todas partes, ¡méritos!

Esto pinta bien. Déborah, que trabaja en la oficina de correos de Christiania, es alemana. Vino  a Copenhague cuando tenía 20 años por curiosidad, se casó con un periodista danés y no ha vuelto a su país. La joven mujer piensa lo mismo que Rasmus: “me gusta Christiania porque es un sitio donde puedes ser tú mismo, donde todo el mundo es bienvenido” Y esta frase cobra sentido en un país que tropieza regularmente con su política de libre-circulación de personas. Y entonces, ¿por qué Déborah no se instala en Christiania? “Presenté mi candidatura una vez, para una plaza, pero había demasiadas peticiones, no fui aceptada.”

Porque no se da al primero que llega para convertirse en residente de la comunidad autogestionada: “¡hay que tener méritos!” afirma Jørn. Músico, programador y realizador, hace tiempo que pone su granito de arena en esta comunidad. Ha grabado varios documentales, sobre todo sobre la violencia policial de la cual fueron víctimas los habituales de Pusher Street en 2007: “era un período sucio, se hacía desnudar a la gente para ver si se escondían la droga en la ropa interior”. Jørn no esconde que, por otro lado, son su notoriedad en el seno de la comunidad y sus servicios, lo que le ha permitido que su candidatura fuese aceptada; los vecinos le eligieron entre 70 otros candidatos para vivir en una casita de tres habitaciones en el centro del lugar. Nada de política de acogida a favor de la equivalencia de géneros, ni cupos ligados a las minorías, ni discriminación positiva, parece que en Christiania se funciona a través del amiguismo y del mérito.

Christiania camina sobre arenas movedizas

Es una de las razones por la cual Nynne, de 21 años, no tiene ningunas ganas de venir a vivir a Christiania. Ella viene para salir, pero no va más allá. “Me encanta y, al mismo tiempo, odio este sitio. Antes, la gente podía ir desnuda por la calle; hoy en día, algunos valores se pierden”. No muy lejos de donde nos encontramos, sentados en las mesas del restaurante de comida rápida Nemoland, jóvenes daneses palidos y colgados ilustran su idea. Estos chicos con ojeras fuman sus (primeros) porros mientras beben Cocacola o cerveza ecológica de producción local.

Culturalmente, Christiania sigue siendo una referencia para los artistas de todas partes pero, por otro lado, con su millón de turistas al año, el lugar vanguardista y underground se está transformando en museo viviente de una utopía anticuada. Los curiosos y los nostálgicos se apresuran para admirar los veteranos defensores de los movimientos alternativos de las décadas pasadas. La legislación y la normalización forzada desde el punto de vista político y judicial, el elitismo o aun la absorción dentro de la cultura de masa danesa son los males que acechan Christiania desde hace muchos años; y con los que se conforma con más o menos fatalismo. Pues, hay que admitirlo, el disidente christianés del siglo XXI, una criatura a veces más paradoxal, ahora tiene algunas dificultades para mantener el mito de la independencia pura y la marginalidad total.

Jørn lo sabe y no dejara ganar el pulso al gobierno: “necesitamos una organización fuerte: portavoces para dirigirse a la prensa, abogados para defendernos en la Justicia”. Para sobrevivir, el espíritu de protesta no puede dejarse llevar hacia el anarquismo.

Muchas gracias a Ulrik Trolle y al equipo de cafebabel Copenhague

Este artículo forma parte de Multikulti on the Ground 2011-2012, una serie de reportajes sobre el multiculturalismo realizados por cafebabel.com en toda Europa

Fotos: © Nicola Zolin en ‘Multikulti on the ground‘ Copenhague para cafebabel.com