Cincuenta sombras... del hombre contemporáneo

Artículo publicado el 18 de Diciembre de 2012
Artículo publicado el 18 de Diciembre de 2012
Al inicio fue David Beckham. Era 1994. Sí, ya han pasado diecisiete años desde que el periodista inglés Mark Simpson utilizó por primera vez el término metrosexual, con el que hacía referencia al futbolista británico. A partir de ese momento, el calificativo se volvió común. ¿El objetivo?
Tratar de desesperadamente etiquetar la masculinidad contemporánea para no confundirla con la homosexualidad o cualquier forma de feminización. Un ejercicio estilístico y sociológico, sabiamente conducido por el mercado, que parece infravalorar la inevitable escalada del ex sexo débil hacia la victoria sobre el macho.

Se terminó. Los hombres ya no existen. ¿No me creen? Bien, entonces pregúntenselo a Hanna Rosin, autora de The end of men (and the rise of women), cuya idea de fondo, como escribe Stephanie Coontz en The New York Times, es que "vivimos en un nuevo mundo en el que las mujeres son las que llevan el pan a la casa y en el cual las mujeres de clase media someten a sus propios maridos mientras que los hombres solteros y desmoralizados se refugian en una eterna adolescencia". Pero, ¿cuándo comenzó la lenta agonía del macho contemporáneo? Hace ya casi veinte años que se siguen las evoluciones; sin embargo, no hay nadie que la haya relacionado con la creciente pérdida frente al género femenino que, por el contrario, continúa avanzando sin mostrar la menor piedad por un adversario poco acostumbrado a la lucha y destinado al nocaut.

El calendario ¿homoerótico? de los deportistas franceses.La primera reflexión revolucionaria sobre los cambios del hombre contemporáneo se encuentra en un artículo de Mark Simpson publicado en el periódico The Independent en el ya lejano 1994. El concepto es simple: los hombres —no necesariamente gais o bisexuales— también “desean ser desados”. Fue el entonces jugador del Manchester United, David Beckham, quien encarnó el perfecto metrosexual: el primero en poner en los campos de juego de todo el mundo un cuerpo tan cuidado que es capaz de dejar en un segundo plano sus méritos deportivos. Desde ese momento, el mundo del deporte se convirtió en el hábitat ideal para el recién nacido hombre-espejo. ¿Quién no recuerda las publicidades de Dolce & Gabbana con algunos jugadores de la selección italiana que posaban en ropa íntima y con sus músculos aceitados? ¿O el calendario Dieux du Stade? Estos son dos ejemplos clásicos de spornography: “una estética posmetrosexual —escribe Simpson— en donde deporte y publicidad se encuentran para convencernos de cuán irrestible es el cuerpo del hombre”. Pero, ¿cuál es el límite entre exhibicionismo y feminización? Si para el metrosexual, como escribe Simpson, “no es importante parecer girlie, sino hot”, ¿qué piensa quien, en cambio, no soporta que su heterosexualidad sea puesta en duda?

El hecho de que Arnold Schwarzenegger durante la convención republicana de 2004 tachase a sus opositores de “girlie” muestra que la definición se vincula como anillo al dedo a una cierta ambigüedad sexual. Si por un lado, los hombres homosexuales no quieren ser confundidos con los metrosexuales, los heterosexuales más tradicionalistas tampoco están contentos con esta confusión. Así pues, era cuestión de tiempo que se produjese la llegada del retrosexual: una nueva fórmula idiomática diseñada para agrupar a los hombres normales. La exitosa serie de televisión Mad Men es uno de los primeros productos culturales en subirse a la ola de la menaissance. El protagonista de la serie, Don Draper, es en realidad un retrosexual: un publicista de éxito en los años cincuenta, casado y con tres hijos, que actúa como un inveterado casanova con un cigarrillo en la boca y un vaso de güisqui en la mano.

El modelo funciona y de ahí que surjan los neologismos. Algunos —casi inútilmente— se usan para darle un toque más masculino al concepto de metrosexual: übersexual, heteropolitano, machosexual... Otros —variaciones de temas algo perversos— parecen ser capaces de transmitir el comportamiento social al límite del ridículo: es el caso de hammersexual, o del hombre que “solo come comida de hombres, conduce antiguos vehículos militares por la ciudad y lee libros de hombres acerca de cómo hacer para ser hombres”, o del hombre que padece speedofobia —aquellos que no usan bañadores ajustados—.

Si el hombre, en fin, se pierde y se encuentra en miles de definiciones, las mujeres —las jueces sádicas y despiadadas de este circo de los horrores— parecen tener una idea clara del hombre ideal: aquel que sea capaz de satisfacer sus deseos. Esto es lo que se conoce como megasexual: lo que la escritora feminista peruana Gabriela Wiener define como “una mezcla de lobo feroz y un oso de peluche”.

El mercado produce nuevas tendencias y el éxito de la femenina saga de vampiros Twilight o la reciente trilogía de Cincuenta sombras... son el caballo de Troya. Así, el tierno vampiroEdward Cullen y el joven, guapo y rico —y con delirios sadomasoquistas—, Christian Grey se han convertido en objetos de deseo de una mujer normal: representan al hombre dulce, amable, cariñoso y educado por un lado; monstruoso, malvado, peligroso y algo echado a perder por el otro. Pero, ¿este modelo de hombre existe realmente, capaz de ofrecer ramos de rosas durante el día y quedar esposado por la noche? Es probable que la respuesta sea negativa. En este caso, las supermujeres modernas solo podrán consolarse con la masturbación literaria y cinematográfica. Y yo me pregunto: ¿no sería mejor conformarse con lo que hay en el mercado? Es por una buena causa: ¡salvar a este pobre muchacho antes de que sea demasiado tarde!

Imágenes: portada, (cc) hyperxp/Flickr; texto, © página oficial en Facebook de Calendrier Dieux du Stade. Vídeo: dolcegabbanachannel/YouTube.