Cine de musicales, los restos de la inocencia

Artículo publicado el 5 de Septiembre de 2007
Artículo publicado el 5 de Septiembre de 2007
- ¿Qué ha sido de esa costumbre de lanzarse a cantar sin motivo alguno? - La gente dejó de hacerlo. Resultaba absurdo.

No recuerdo de qué película extraigo esta pincelada. Y es que el cine hace ya tiempo que encuentra ante sí un espectador maduro, desmemoriado; masa pasiva que entra en su tercera edad interpretativa. Es probable que la reciente tendencia europea a rescatar los grandes musicales responda a una alternativa clásica frente a la fórmula heterodoxa hollywoodiense.

Una generación de espectadores jubilada

Se suele decir que ya no hay historias, que hay una crisis de creatividad en cuanto a guiones originales. Lo que ocurre es que el público busca opciones distintas con las que olvidar la triste cotidianeidad de la mediocre oferta cinematográfica. El espectador de hoy, además, ya no recuerda sus primeros pasos, no se detiene a disfrutar siquiera de los referentes fílmicos de lo que hoy le distrae en el patio de butacas. Pocos son los que conocen la Historia del cine, el nacimiento de sus géneros, su evolución hasta hoy. Son pocos los que aprecian un buen guión o una técnica sencilla que se aplique en su justa medida a la historia proyectada. Y es que a este viejo mirón ya no le llama la atención una coreografía precisa o un eco melódico. Los colores y las canciones parecen hoy cosa de niños. La espectacularidad que ofrecían los grandes musicales, donde los artistas hablaban, cantaban y bailaban la ofrecen hoy los impresionantes efectos especiales. Éstos por supuesto impresionan, pero no emocionan como los esfuerzos interpretativos que antaño realizaban aquellos actores-orquesta cuando cantaban, bailaban e interpretaban un personaje que nada echaba en falta programas de simulación. El espectador del musical se jubila y con él se van la capacidad de sorpresa y la inocencia.

Una educación sentimental a base de musicales

El espectador de cine que nació a principios de siglo rompió a llorar junto al Cantor de Jazz en brazos de una industria que vio en su retoño la oportunidad de convertirse en una madre modelo. Así fue como el star-system mudo murió ante las primeras palabras de un pequeño monstruo que pronto rentabilizaría nuevas fórmulas. Al bautizarlo como Oscar bajo las primeras Melodías de Broadway, aceptaba la intrusión del dólar en el arte alimentando cualquier pista que ofreciese mayores beneficios. El infante deambuló por los años treinta como cualquier niño, distrayéndose con todo En alas de la danza y fijando en su memoria canciones universales. La tía Ginger y el tío Fred acompañaron para siempre al joven en su primera excursión Un día en Nueva York. De la mano de amigos de la alta sociedad el pupilo americano se fue a París, cantando bajo cualquier condición climática hasta que su infancia terminó en una pubertad donde el sexo y la violencia captaron poderosamente su atención. Romeo y Julieta fue su primer amor, a pesar de enterarse de un solo lado de la historia. Conoció la cárcel a ritmo de Rock y su primer Cabaret dejaba atrás a su niñera del paraguas, despedida que le acompañó en el camino de una madurez con más lágrimas que sonrisas. Los grandes estudios hermetizaron los géneros que maduraron a un público americano envuelto en un ciclón de avances técnicos. Mientras la voluntad de entretener se apoyaba cada vez más en los avances técnicos, retrocedía la prioridad de hacer reflexionar a los más jóvenes, que se engominaban el pelo confiados en su formación y ajenos a todo. La juventud bailaba en The Rocky Horror Picture Show cualquier sábado -fiebre tras fiebre- mientras el género se hundía ante un capitalismo que ganaba países y perdía arte gota a gota.

De espectáculo a simple pasatiempo

Hoy, es viejo aquel niño; ya no lloriquea con el cantor de jazz sinó que tararea un réquiem mientras baila en la oscuridad, con la esperanza de encontrar a tientas un sillón apolillado de Chicago o de Bollywood en el que dejar caer su cuerpo pesado y torpe; consciente de que la Fama sigue consistiendo en reflejar una realidad que entretenga, en la acepción más vacía de la palabra. Los films musicales se han resignado a ser cosa de niños, las canciones que antes eran himnos son ahora politonos caducos para el teléfono móvil.

Siempre consistió en disfrutar de otras realidades, en sonreír vidas ajenas. Nuestra educación audiovisual, ya madura y por tanto más próxima a la podredumbre, demanda un género más cercano a la vida real y no tan cándido. El teatro decrece ante la barata inmedi@tez y la música, como mucho, se pone de fondo. El concepto de espectacularidad ya no es el mismo. Cuando hablamos de sociedad del espectáculo en realidad queremos decir “del pasatiempo”, ya no hay tiempo para aplausos, basta con embobarse ante algo, sobran las efusiones posteriores. El pensador alemán Walter Benjamin dijo que “la sociedad se había convertido en un espectáculo de sí misma”. Nuestra sociedad ya no canta. Por no hacer, casi ni silba por las calles. El drama y la comedia mediocre es nuestro género.