Cine, desierto y refugiados: Fisahara, un festival con fecha de caducidad

Artículo publicado el 11 de Mayo de 2011
Artículo publicado el 11 de Mayo de 2011
Cada año, del 2 al 8 de mayo, un grupo de españoles entusiastas organiza un festival fuera de lo común. Son dos los factores que lo hacen especial: se trata del único festival de cine que se organiza en un campamento de refugiados y se creó con el objetivo de desaparecer el día en que el Sáhara Occidental obtenga su independencia.
Visita al campamento de Dajla (Algeria) el primer día del festival Fisahara.

Hacen falta tres horas para recorrer el desierto que separa el aeropuerto de Tinduf del campamento de Dajla, el más aislado de Algeria. En él conviven unos dos cientos mil saharauis, exiliados desde hace ya 35 años. Llegar no es fácil: para acceder, hay que recorrer una carretera rodeada de arena por todas partes. Arena y más arena. "Hace poco, la gente aún moría aquí", dice Nacho, un periodista español que conoce bien la zona. Las cosas avanzan en el desierto de Hamada. Pero lo hacen con la misma lentitud que la ONU, que hace veinte años se comprometió a organizar un referéndum de autodeterminación que permitiese a los saharauis decidir su futuro: prolongar su anexión a Marruecos o convertirse en un país independiente. Todavía están esperando…

Hace ocho años, un grupo de españoles cargado de bobinas, retroproyectores, cámaras de fotos y un gran amor por el pueblo saharaui desembarcó en esta zona. ¿Su objetivo? Que sus habitantes se divirtiesen y rompiesen con la rutina del desierto, el té, el tabaco y las horas muertas con una buena dosis de cine, buen humor e intercambios culturales. David, Laura, Carlos, Gerardo, Paz y  muchos otros llegaron para llenar de ocio un mundo de privaciones.

Un rite de partage du temps qui passe Sidi; à peine revenu de Libye, il a passé 15 années à Cuba

"Es una mala señal". Al responsable de prensa del festival no le convence del todo la idea de asfaltar la carretera, aunque agradecería no tener que pasar tres horas en las dunas. Carlos Bardem, uno de los invitados asiduos del festival, está preocupado: "Cuanto más se construya aquí, más razones tendrá Marruecos para negarse a que los saharauis voten, alegando que están bien aquí". El debate no se termina, pero marca la paradoja de la situación actual del pueblo saharaui: entre el deseo de levar anclas lo antes posible y el de vivir de forma digna, con el miedo de que todavía falte demasiado.

¡Joder, no hay nada!

"¿Sabes lo que significa Hamada?" Sidi acaba de llegar de Libia. Este saharaui se fue a estudiar a Cuba en 1988 (ese año se fueron unos 450 saharahuis) y ha recorrido el mundo entero antes de trabajar como ingeniero civil para una empresa española. Ahora lo han destinado a Trípoli, pero el conflicto actual entre partidarios y detractores de Gadafi y los bombardeos de la OTAN le han obligado a volver. Son muchos los “cubarahuis” que siguen los mismos pasos: se van a estudiar al extranjero, descubren un mundo totalmente desconocido, consiguen un título académico y vuelven a un lugar en el que no tienen ninguna expectativa de futuro. ¿Para qué preocuparse? "Joder, no hay nada" ( Hamada, en árabe), eso es lo que dirían los primeros nómadas que se pasearon por aquí.

El festival de Fisahara es un intercambio recíproco, un contrato tácito en el que los saharauis cuentan sus vidas a jóvenes de todo el mundo mientras estos ponen a su disposición los medios necesarios para que se expresen. Durante la semana de festival, los voluntarios organizan distintos cursos para lograr este objetivo: se imparten lecciones de sonido, cine, edición y producción. Pero Fisahara no tiene intención de perdurar: pretende desaparecer al mismo tiempo que los campamentos de refugiados. Si lo consigue, dejará tras de sí una gran huella, como la escuela de cine que se creó el año pasado para que los saharauis realizaran sus primeros cortometrajes. Con calma. Aquí las cosas llegan para quien sabe esperar.

Photos: ©EH