Cine para mutar la masculinidad: “Oh Boy” acaba con James Bond

Artículo publicado el 22 de Noviembre de 2012
Artículo publicado el 22 de Noviembre de 2012
Comportarse como un macho ya no se lleva, pero ¿qué otras opciones hay? Oh Boy (2012), la primera película del alemán Jan Ole Gerster —quien fue asistente de dirección en Good Bye, Lenin! (Wolfgang Becker, 2003)—, dibuja los modelos de masculinidad actuales.
Tras su presentación por varios festivales durante el pasado verano, entre ellos el Zurich Film Festival, noviembre ha sido el mes elegido para su estreno.

Oh Boy es un día en la vida de Niko Fischer (Tom Schilling): un joven de unos 20 años que no va a ningún sitio. La película, que ya ha ganado varios premios, describe la masculinidad desde una perspectiva negativa. Tradicionalmente, aquella se ha entendido como una dicotomía en la cual lo masculino es fuerte, activo y racional en oposición a lo femenino —débil, pasivo y emocional—. Sin embargo, los recientes héroes de la gran pantalla no se han definido en contraposición a sus novias y hermanas, sino contrapuestos a sus padres: el clásico británico Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000) da cuenta de ello.

En la tragicomedia de Jan Ole Gerster, Niko se ve compitiendo con la masculinidad de los hombres que le rodean: su padre, un ambicioso empresario jugador de golf; su vecino, un analfabeto emocional que pasa el tiempo jugando al futbolín; y los gamberros de la calle, que intentan ligar con su amor platónico. De alguna manera, el protagonista no puede —o no quiere— encajar en ninguna de esas categorías. Además, después de haber dejado la universidad un par de años atrás, no tiene el dinamismo de su padre y tampoco le atrae demasiado la amistad llena de alcohol y fútbol que le ofrece su vecino.

Ambos juegan al golf.

El resultado, en definitiva, es una sensación de aislamiento: “A veces, ¿no te sientes como si todos los que están a tu alrededor fuesen raros?”, pregunta Niko. “Y ¿no te ocurre que, cuanto más lo piensas, más cuenta te das de que el problema no son los demás, sino tú?”. Ese aislamiento acaba convirtiéndose en algo que se impone a sí mismo, en una actitud irónica e incomunicativa hacia los demás que en su caso se convierte en el final de la relación con su pareja. Esa especie de reclusión es un reminiscente del de Tommaso (Riccardo Scamarcio), el protagonista de la película italiana Tengo algo que deciros —cuyo título original es Mine vaganti (Ferzan Özpetek, 2010)—, quien, incapaz de expresar sus deseos e intereses a su familia, acaba viviendo una mentira.

En el largometraje de Gerster, el problema que tiene el padre con su hijo es su pasividad: se supone que los hombres de verdad hacen cosas, ¿no? El príncipe rescata a la princesa de su torre o de la bruja o de su malvada madrastra, mientras que el cazador de la edad de piedra recoge comida para su familia y James Bond, incluso en su 50º aniversario cinematográfico, logra de nuevo salvar el mundo. Aun así, Niko no consigue hacer nada. El estilo impresionista de Oh Boy refleja el estilo de vida de un joven que va pasando de situación en situación, sin tomar ninguna decisión y sin tener ningún objetivo en la vida. Es más, como el actor Tom Schilling hace notar: “Nuestro mundo siempre trata de conseguir que la gente haga algo importante o sea alguien”. De hecho, vagar pasivamente ya es de por sí valiente en cierto modo. En lugar de hacer, Niko pasa el rato —tal como le comenta a su padre— contemplando. No es de extrañar, por tanto, que el público prefiera discutir acerca de si Niko es un idiota, un vago o simplemente un soñador.

No se trata de un personaje destinado a salvar el mundo.

Aun así, el retrato masculino de Oh Boy resulta esperanzador. El protagonista es infinitamente más sensible —y más capaz emocionalmente— que los otros personajes masculinos de la película. La redención llega en forma de dos encuentros con figuras igual de aisladas que demuestran que el caparazón de desapego irónico se puede romper y así entender que no pasa nada si no se sabe a dónde uno se dirige. De este modo, se le da significado a esas pequeñas cosas de la vida: sofás cómodos, bicicletas usadas o esa taza de café tan deseada.

Todo apunta a que al protagonista de este largometraje no le preocupa su masculinidad. O, por lo menos, la manera en la que era concebida anteriormente. Cometerá errores en el camino, pero serán sus equivocaciones. Esto contrasta con la ola de películas británicas del cambio de milenio como The Full Monty (Peter Cattaneo, 1997), que se centraba en un significado de masculinidad sin derecho a voto y cuyos protagonistas se esforzaban por controlas las emociones, atribuidas normalmente al género femenino. Mientras esas batallas los superaban, su existencia destacaba una crisis fundamental en la masculinidad. El hombre actual tiene otros problemas: ya ha llegado a una conclusión, más o menos, sobre quién es. Ahora solo tiene que averiguar hacia dónde se dirige.

Parece ser que Bond también se cansa del mismo papel de siempre.

No todas las películas muestran una nueva forma de masculinidad. El lanzamiento de la última de Bond, James Bond —Skyfall (Sam Mendes, 2012)— muestra al héroe inglés siendo tan macho como puede ser. No obstante, hasta Bond parece estar cansado de la vieja rutina: cosa inimaginable para un héroe de acción, descubrimos que a Bond le falla la puntería e incluso hay un guiño hacia los gais a través del personaje que le roba el protagonismo, interpretado por Javier Bardem. En resumidas cuentas, la actitud del hombre hacia la mujer puede haber cambiado, pero la sociedad no. Algunos seguidores se han quejado de que Bond pasa demasiado tiempo preocupándose en su nueva secuela. Quizá debería tomar ejemplo de Niko.

Imágenes: portada, © X-Verleih; texto, © Sony Pictures. Vídeo: (cc) xverleih/YouTube.