Claroscuros en Ravalistán

Artículo publicado el 9 de Marzo de 2007
Artículo publicado el 9 de Marzo de 2007
Tres años después de los atentados de Madrid, el 11 de marzo de 2004, la comunidad musulmana de Barcelona vive en un clima contradictorio de reconocimiento oficial y cierto miedo a hablar en la calle.

En las laberínticas y sucias callejuelas del Raval, el barrio con el porcentaje más alto de vecinos extranjeros de Barcelona (un 45%), coexisten de forma anárquica los bares de diseño, los restaurantes tagalos y los llamativos rótulos en árabe. No obstante, a medida que nos adentramos en los lugares más profundos de la zona, los locutorios, las carnicerías halal, las tiendas de ultramarinos pakistaníes, las fruterías bengalíes y los puestos de kebabs se multiplican.

En un bar, una decena de jubilados de origen humilde apuran al máximo un cargado “carajillo” mientras leen de arriba abajo las últimas novedades del Barça en la prensa deportiva. Lo que podría parecer un reducto catalán, lo gestiona un paquistaní que lleva más de 25 años viviendo en España. Al mostrar la intención de hablar con él, se excusa de inmediato argumentando que prefiere no hablar con la prensa.

¿El 11-M cómo causa de islamofobia?

“Los musulmanes tienden cada vez más a no presentarse como tal por miedo a la discriminación, a sentirse rechazados por el resto de los ciudadanos”, nos explica uno de los mayores expertos en inmigración de España, el catedrático de la Universidad Pompeu Fabra, Ricard Zapata. Al citar el 11-M como causa, Zapata destaca que más que los atentados de Madrid, lo que “sí tuvo incidencia en el aumento de la islamofobia fue la construcción de la asociación simbólica entre el islam y la violencia” tras los atentados de 2001 en Nueva York “por parte de ciertos medios de comunicación”.

Las tesis de Zapata coinciden, en cierta forma, con las conclusiones del último informe publicado por el Observatorio Europeo contra el Racismo y la Xenofobia sobre los musulmanes de la Unión Europea. Con la prueba de una demoledora lista de actos documentados de islamofobia, el organismo advierte que hay un fenómeno evidente de marginación en el trabajo o en el acceso a la vivienda y de creación de estereotipos negativos hacía los musulmanes en toda Europa. Sin embargo, en numerosos países como España se documentan asaltos numerosos a mezquitas por parte de grupos neonazis, según el Observatorio Europeo contra el Racismo y la Xenofobia.

Un musulmán en el Parlamento de Cataluña

Lejos del populoso Raval, el primer diputado musulmán catalán, el socialista Mohamed Chaib, nos recibe en el majestuoso edificio del Parlamento de Cataluña. Originario de Tánger, tiene a sus espaldas una gran experiencia de trabajo comunitario en el Raval, como demuestra su iniciativa en la creación en 1994 de la asociación de atención a los inmigrantes y mediación cultural Ibn Batuta, cuyos programas de acción se intentan reproducir en centros similares en otras ciudades españolas.

Sentado cómodamente en una butaca de una sala anexa al pleno, Chaib aclara que Cataluña tiene “una larga experiencia en cuestiones de acogida”. Aún así, admite la existencia de ciertos problemas como el rechazo a la construcción de oratorios como ha sucedido hace poco en Badalona, acusando al Partido Popular de haber “utilizado de forma partidista” la polémica.

Ante estas actitudes, pide “establecer mayores puentes de contacto entre ambas comunidades” con el objetivo final de lograr la construcción de una sociedad “con valores compartidos”. Recalca, asimismo, la urgencia de que España “otorgue un claro reconocimiento a la comunidad musulmana” para que esta tenga la fortaleza necesaria para poder reaccionar ante la aparición reciente de “ciertos movimientos” que “azotan el odio contra la población local” entre los miembros de una comunidad musulmana cifrada entre 250.000 y 300.000 personas sólo en Cataluña.

La comunidad creyente pide respeto

En contraste con el lujo ostentoso del Parlamento catalán, la céntrica sede en la calle Talleres del Centro Cultural Islámico de Cataluña desprende una sobria sencillez con la excepción de unas bellas caligrafías árabes que adornan las paredes y las mesas de su sala de reuniones. Su portavoz, Mohamed Halhoul, nos explica en pocas palabras los detalles de una organización que, en representación de 65 de los 170 oratorios islámicos catalanes, se ha convertido en el principal interlocutor religioso musulmán del gobierno catalán desde la firma de un convenio de colaboración en 2005.

“Cataluña ha superado 'numerosos exámenes' después de los atentados de Madrid y existe un grado muy atenuado de islamofobia”, en comparación con otras partes del país o Europa, explica Halhoul. Agradece en especial “el apoyo ofrecido por parte del Arzobispado de Barcelona” cuando estalló la crisis de las caricaturas danesas, destacando que las religiones “deben unirse ante los intentos de laicización agresiva”. Al final, “lo único que les musulmanes pedimos es un trato respetuoso, de igualdad de trato, como prescribe la propia Constitución Española”, concluye el portavoz.

En la Plaza dels Àngels, varias docenas de jóvenes en monopatín realizan piruetas acrobáticas mientras el cielo azul va tomando poco a poco tonos avioletados. Surgido de la nada, aparece un pakistaní con una bolsa de plástico dentro de la cual se percibe la forma de un pack de latas de cerveza. En seguida, se aproxima a un par de chicos que charlan de forma ensimismada. “Una cerveza, un euro" son las fugaces palabras que les lanza antes de cambiar de rumbo. Y es que si el reconocimiento público de la comunidad musulmana es una realidad, todavía se deben realizar esfuerzos para alcanzar una convivencia basada en la construcción de valores comunes y no en la simple coexistencia.