Claudia Cardinale: "Siempre he querido demostrar que la mujer es más fuerte"

Artículo publicado el 27 de Julio de 2015
Artículo publicado el 27 de Julio de 2015

Siempre ha tenido, cowboys incluidos, a los hombres a sus pies. Ha besado caimanes, leones, guepardos y ha derretido las más grandes cámaras. Probablemente, Claudia Cardinale ha sido la única actriz en representar el ideal de la mujer fuerte de los años 60. A sus 78 años, "La Cardinale" nos recibe en su casa para hacer un repaso a su extensa vida. Et nous faire plier au bras de fer.

David Niven, un seductor de Hollywood, la definió así: "Junto con los espaguetis, la mejor invención de los italianos". Adora el chocolate. Su modelo es Brigitte Bardot, con la que desfila por los Campos Elíseos embutida en un vestido hipersexy. A pesar de su belleza, siempre ha dicho "no" a pasar por el altar. Sonrisa mediterránea, familia siciliana, antepasados de Isla Mujeres (como dice la locución latina nomen omen, "el nombre es un presagio"), pero no habla ni una palabra de italiano cuando la llaman para rodar películas como La chica de la maleta (Valerio Zurlini, 1961) y, sin embargo, es aclamada como "la novia de los italianos". Pasolini y Moravia rinden homenaje a su mirada y a su cuerpo. Junto con Sofía Loren, es la actriz que ha representado por excelencia, a nivel mundial, el ideal de la belleza y del cine italianos. Rebelde, reconoce haber aprendido todo sobre su arte sin haber estado nunca en una escuela.

Cafébabel: 144 películas a lo largo de su carrera, diva internacional e icono italino, continúa rodando en francés, italiano e inglés: ¿con qué lengua se siente más cómoda?

Claudia Cardinale: [Rompe a reír] La verdad es que no paro de hacer películas. Y sepa que, a mi edad, ni una pizca de estiramiento facial, todo es natural. ¿Para qué les sirve a esas viejas brujas tener mejillas y labios de Barbie? Mi madre me decía: "¡Claudia, no vemos tus arrugas: sonríes todo el tiempo!".

Mi lengua materna es el francés porque mi familia emigró de Sicilia a La Goulette, un barrio periférico de Túnez: la actual República Tunecina era, en aquella época, un protectorado francés. Mis padres solo hablaban el dialecto siciliano en casa: al final, he estudiado en francés. Cuando empecé a rodar en Italia me doblaban porque mi voz es muy grave y, sobre todo, porque no hablaba ni una palabra de italiano. Luchino Visconti era el único director con el que podía discutir: él había vivido en París cuando fue ayudante de Jean Renoir y hablaba francés correctamente.

Hoy en día, amo tanto el francés como el italiano, especialmente porque, como mi padre, no he renunciado nunca a mi nacionalidad italiana. Nunca podré olvidar mi primera impresión de los italianos. Me aterrorizaban cuando hablaban: gritaban y gesticulaban, parecía que iban a molerse a palos.

Cafébabel: ¿Qué artistas y qué rodajes le han marcado más?

Claudia Cardinale: La grandísima Rita Hayworth. Durante el rodaje de El fabuloso mundo del circo (Henry Hathaway, 1964), estaba en la caravana que utilizaba para descansar y Rita se echa a llorar. Me mira a los ojos y me dice sollozando: "Un día yo también fui hermosa". Me emocioné hasta tal punto que yo misma empecé a llorar. Rita era una mujer magnífica: tenía ese lado nostálgico que la hacía incluso más encantadora. La película de Hathaway me permitió también coincidir con el mítico John Wayne.

Cafébabel: ¿Le gustan los cowboys?

Claudia Cardinale: Guardo un lugar especial en mi corazón para Burt Lancaster y Henry Fonda. El primero llegó a ser un increíble príncipe siciliano del siglo XIX, un guepardo fabuloso. Con el segundo, ¡me desnudé en todos los sentidos! En Hasta que llegó su hora (Sergio Leone, 1968) rodé una de las escenas más calientes de toda ml vida. Henry estaba incómodo por la secuencia de nuestros retozos amorosos. De repente, se me confió la dura tarea de "calentarlo". Yo lo habría hecho con mucho gusto si su mujer, plantada como un buitre junto a la cámara, no nos lanzara miradas asesinas.

Cafébabel: ¿Con qué personajes del cine francés ha estado usted más unida?

Claudia Cardinale: Mi actriz preferida era Brigitte Bardot, ya que bailaba y cantaba. Sabía hacer de todo. Y ni le cuento cuando tuve el honor de trabajar a su lado en Las Petroleras (Christian-Jaque, 1971). Los paparazis no abandonaban nunca el plató, ya que contaban con que la rubia francesa BB y la morena italiana CC se pelearan. Por el contrario, Brigitte y yo nos convertimos en grandes amigas: el rodaje fue de auténtica locura.

El preestreno en los Campos Elíseos fue la verdadera guinda del pastel: nos pusimos de acuerdo sobre nuestro modelito para la alfombra roja. Brigitte me dijo "¡Métete en un vestido sexy, yo lo haré en un esmoquin!". Cuando llegamos, hicimos alucinar a los periodistas.

En 2008, se me concedió la Legión de Honor: la carta que Brigitte me envió fue muy divertida. La dedicatoria: "¡A mi petrolera preferida!". 

Cafébabel: ¿Y los hombres?

Claudia Cardinale: Siento un inmenso cariño por tres grandes "machos" del cine francés con los que habría podido tener una historia de amor de novela pero, al final, me contenté con su espléndida amistad. Sepa que jamás me aferré a un anillo de compromiso que me llevara al altar. ¡Soy una mujer libre!

Alain Delon y yo somos, para todo el mundo, una pareja de ensueño: ¡Angélica y Tancredi! En la presentación de la versión adaptada de la novela homónima El Gatopardo (Luchino Visconti, 1963), estábamos sentados juntos y cuchicheábamos "¡Has visto, nos morreábamos sin parar!".

Con Jean Sorel, coprotagonista de la relación incestuosa en Sandra (Luchino Visconti, 1965), lo mismo. Siempre nos hicimos la pregunta "¿por qué no tuvimos una historia de amor como en la película?".

Y para acabar, con mi querido Jean-Paul Belmondo: ¡qué fijación! Cuando lo abrazaba en Cartouche (Philippe de Broca, 1962), le pellizcaba por todas partes. Y cuanto más apretaba, me besaba más fuerte. En un momento dado, Philippe perdió los estribos y gritó "¡Parad, niños!".

Cafébabel: ¿Y los directores italianos? Si tuviera que salvar del olvido a tres de ellos, ¿a quién pondría en lo más alto del podio?

Claudia Cardinale: Con Pasquale Squitieri rodé toda una serie de películas sobre la mafia; sin embargo, mis grandes maestros son Luchino Visconti, Federico Fellini y Mauro Bolognini.

Después de El Bello Antonio (1960) –en cuyo rodaje Marcello Mastroianni fue despreciado por los hombres del pueblo siciliano donde rodábamos, porque su personaje de macho impotente era una vergüenza para la virilidad meridional– Bolognini me llamó para uno de los papeles más bonitos de mi carrera. En La viaccia (1961), yo soy Bianca, une puta: interpretar ese personaje me dio un placer liberador porque pude experimentar, como actriz, toda una nueva gama de matices que desconocía absolutamente.

Federico y Luchino eran rivales desde un punto de vista artístico. Rodar al mismo tiempo  El Gatopardo y Ocho y medio (1963) no fue fácil. Mantenían una guerra recíproca: Luchino exigía, con su realismo teatral, maníaco, que Angélica fuera morena, de pelo largo y rigurosamente lavado, como era costumbre en 1860. Federico, por su parte, quería que Claudia, alias "la musa angelical", fuera rubia y con el pelo corto. No sé cómo lo hice, pero ¡logré estar a la altura de ambos! Tenían también dos métodos de trabajar completamente opuestos: en la película de Fellini, ¡el rodaje era un caos! Había un jaleo infernal, los actores contaban "un, dos, tres" en lugar de decir sus frases. ¡Un verdadero circo!

En los platós donde se rodaban las películas de Visconti, por el contrario, no se oía volar ni una mosca. Luchino exigía respeto hacia su arte, incluso una precisión dramática, estética.

Con Luchino me unía una profunda amistad: conversábamos en francés, me malacostumbró con regalos de lujo –un carné de baile original del siglo XIX, por ejemplo–, fue él quien dio forma a mi estilo.

Mire mi maquillaje, el contorno de mis ojos remarcados con un lápiz negro. Luchino me decía: "Todo lo que no dice tu boca tienen que transmitirlo tus ojos". Le gustaba porque soy un marimacho. Tenía la costumbre de invitarme a su casa solariega en la vía Salaria para ver el Festival de San Remo. Nos chinchábamos sin parar.

Extremadamente elegante, una bufanda o un pañuelo siempre alrededor del cuello: el hombre más culto que jamás haya conocido. Él me protegía: en el plató de Rocco y sus hermanos (1960), había que hacer una escena de boxeo. Comenzó a gritar: "¡No matéis a la Cardinale!". Sentía un gran afecto por mí.

Vea la escena del baile de El Gatopardo cuando Angélica entra en la sala de fiestas. Mi personaje se muerde los labios al entrar en escena. Pues bien, esa microacción de Angélica la improvisé. Temí que Luchino me reprochase aquella iniciativa, él que era tan preciso, pero finalmente me susurró: "¡Bravo Claudia! ¡Está perfecto!". Fue un momento de triunfo inigualable para mí: ¡la felicitación del señor Visconti por mi improvisación!

Cafébabel: Usted es una estrella de cine, única en su género: una verdadera fuerza de la naturaleza, comprometida socialmente. Usted dice que una "estrella" la guiaba…

Claudia Cardinale: Desde muy pequeña, mi madre estaba convencida de que una estrella velaba por mí. Y de que me acompaña. Yo creo en lo que en árabe se llama mektoub, el destino. Todo está escrito de antemano.

Yo no quería hacer cine, ¿sabe?: es el cine el que me hizo la corte a mí. Y, al principio, yo lo rechazé. Con el cine ocurrió como con los hombres. Si les dices que sí a la primera, el hombre te tendrá y, algún tiempo después, se cansará de tí y buscará en otra parte. Por el contrario, si le evitas, continuará haciéndote la corte de manera cada vez más intensa.

Hubo un concurso de belleza: se elegía a la chica italiana más bella de Túnez. El primer premio era un viaje a Venecia durante la celebración de la Mostra. Yo ayudaba a mi madre en el guardarropa del teatro donde tenía lugar la ceremonia. El organizador me agarró el brazo de improviso y me arrastró hasta el escenario, antes del veredicto del jurado. Algo muy al estilo estadounidense, pero bueno: ¡gané incluso sin haber elegido participar! A partir de ese momento, varios productores y directores acosaron a mi padre y a mi madre para que empezara a rodar.

Yo no quería. ¡Imagínate, es que yo me veía fea! Me llamaban "la chica que se niega a hacer cine". Cuando fui a la Mostra de Venecia, en 1955, todo el mundo me suplicaba que rodase una película. Después de mucho resistirme, acabé por aceptar. Y así es cómo el cine, igual que un hombre fiel, ya no me dejó escapar.

Cafébabel: ¿Cómo lo hace?

Claudia Cardinale: Tengo un consagrado temperamento de salvaje. Mi padre me compró una cartera de madera cuando iba al colegio en Cartago para evitar que me hiciera daño, pues era un lugar resbaladizo. Me encantaba subir al tren cuando la máquina estaba en marcha. Me peleaba con los chicos, siempre quise demostrar que la mujer es más fuerte. Soy temeraria, He abrazado caimanes, leones, guepardos.

Trato de ser lo más sencilla posible y mi remedio a las preocupaciones de la vida es una gran sonrisa. No me considero una estrella del cine: si soy Claudia, se lo debo a mi público.

No he hecho nada especial para tener todo lo que tengo. Por eso trato de ser socialmente útil. Aprovechando mi fama como actriz, me he comprometido a lo largo de toda mi carrera, identificándome con todas las mujeres anónimas que no han tenido la misma suerte que yo y que son víctimas de la violencia.

Soy una luchadora. Liberal. No paro de luchar por los derechos de las mujeres y de los homosexuales. Cuando se celebra el Día del Orgullo Gay, el desfile se para debajo de mi casa y escucho a coro "Claudia, estamos contigo y ¿tú con nosotros?".

Cafébabel: ¿Qué piensa de la situación del cine actual?

Claudia Cardinale: También he aceptado rodar gratis para jóvenes directores, sobre todo italianos, después de recibir numerosas cartas en las que la gente se lamenta del desastre del cine italiano. Alucino: quiero decir que Scorsese, Coppola Woody Allen reconocen el papel de faro que ejerce Italia y su cultura. Roma la magnífica: es un museo al aire libre. Italia es arte. El cine italiano ha sido grandioso.

¿Hoy en día? ¡Una desolación! No estoy contenta de ver cómo se destruye aquello que nuestros maestros nos han confiado: ¡soy una mujer que vive con esperanza! ¡Vamos, arrimemos el hombro! ¿Qué dirían ellos, Luchino y Federico, si nos vieran así?