Claudio Magris, si Europa fuera un Estado

Artículo publicado el 5 de Enero de 2007
Artículo publicado el 5 de Enero de 2007
Danubio lo ha escrito en un café, y en un café nos hemos encontrado con este escritor triestino, traducido y traductor. Intelectual europeo todoterreno, e intérprete de la Mittel Europa (Europa central) moderna.

Son las nueve y media. París se despierta con pereza. Los coches comienzan a enhebrarse velozmente en el Boulevard Beaumarchais. En los alrededores de la Bastilla nos sentamos a tomar un café con Claudio Magris. Sesenta y siete años y un impermeable gris impecable, ojos azules como el mar de Triestre, su ciudad. Las elegantes arrugas de su cara, un tanto beckettianas, memoran las miles de calles que ha recorrido en su vida, durante los largos viajes que hizo por nuestro continente. Este célebre columnista del Corriere della Sera inició su carrera con la publicación de una tesis sobre El mito de los Habsburgo (Einaudi, 1963) que contribuye a describir el auge de la cultura y la literatura de la “mitteleuropee”.

“Me siento europeo pero...”

“Me siento europeo, pero con Europa sucede lo que San Agustín afirmaba sobre el tiempo: ‘Cuando no me pregunto qué es, sé lo que es. Cuando me lo pregunto, no tengo ni idea”. Hoy en día, los países europeos comparten los mismos problemas y tendencias: la moneda, el paro, la moda y la cultura. En este sentido, Magris no ve el momento de que “Europa sea un Estado, tal vez un Estado federal, pero con un parlamento de verdad”. Es necesario que esto se haga realidad lo antes posible porque Europa, al contrario de las grandes civilizaciones como la oriental o la norteamericana, mantiene “una relación peculiar entre el individuo y el todo: una sociedad donde el peso ha recaído siempre sobre el individuo, pero no de manera salvajemente anárquica”. Europa vive de una herencia cultural, histórica, social y literaria que conduce a las personas a “un egoísmo progresivo, en el que el yo implica también a la comunidad”.

El síndrome de la Dieta polaca

Este escritor triestino habla rápido, sin interrupciones. Como el saltar de un regato.

Un poco como en su Danubio, libro del año 1986, en el cual habla de la Europa “de en medio”. Un diario sentimental escrito entre Viena, Bratislava, Budapest y Belgrado, llegando hasta Dacia, para darnos a conocer la Europa oriental, con sus protagonistas y su Historia.

Es así que Magris, con enorme lucidez, pone sobre el tapete los peligros y los obstáculos del proyecto europeo: “Es necesario una mayor cohesión. En la actualidad, Europa corre el riesgo de convertirse en aquello que representaba la Dieta (parlamento) polaca, en la cual cada aristócrata contaba con el derecho de veto. Europa seguirá impotente mientras no tome decisiones fundamentales con respecto a la Humanidad”, porque peca de exceso de veto. Por ello, Magris está convencido de que hubiese sido mejor llegar a un acuerdo sobre la Constitución entre pocos Estados, para permitir su desarrollo posterior en una segunda etapa, “evitando así el peligro de un Imperio Romano con una autoridad central muy débil”. Con una vaga expresión de preocupación, Magris refleja cómo en la Europa del Este está creándose una nueva identidad, liberada de sus tradiciones y del comunismo, por desgracia con el riesgo de convertirse en el Estado número cinquenta y uno de los Estados Unidos. Luego, prosigue: “Esto supone también un riesgo para el proyecto europeo”.

Magris en el café: “En casa es imposible trabajar”

Mientras Magris termina el primer croissant, intento conducir la conversación hacia su venerada ciudad natal. “¡No puedo seguir hablando de Trieste!”, responde. De hecho, este profundo vínculo con su ciudad natal corre el riesgo de caer en el estereotipo, rozando lo grotesco: “¡Una vez, un político me pidió si podía encontrarme en un café con ocasión de una visita de una delegación extranjera importante!, me confiesa Magris. Pero este es el riesgo de la sociedad mediatizada en la que vivimos, y el escritor ha decidido continuar amando su ciudad en su dimensión íntima, frecuentando sus cafés y escribiendo en sus mesas. “En casa es imposible trabajar, me distraigo. En el café estoy solo pero acompañado. Vivo cierto anonimato pero rodeado de gente, lo cual está bien porque me hace mantener cierto contacto con la realidad”.

“Cuando el traductor holandés me pregunta ‘¿qué entiende por incertidumbre de la noche?’...”

El contacto con el otro, con la multiplicidad de identidades, Magris lo encuentra también en la traducción. Entre sorbos de café me cuenta: “En el manual de alemán de la universidad estaba escrito “traducir es imposible aunque necesario”. Un poco como la vida”. El escritor triestino subraya la importancia del traductor definiéndolo como “coautor del texto”. En el fondo, basta con pensar en la traducción al italiano de Homero de Vincenzo Monti, que recuerda, “ha llegado a influir en el lenguaje literario”. Cuando Magris habla de traducción es porque durante su carrera ha sido tanto traductor de los textos teatrales más importantes de la tradición alemana –Büchner, Kleist, Schnitzler– como un autor traducido en veinticinco idiomas. De esta doble sensibilidad nace la necesidad de un contacto profundo con sus traductores: “Mantengo una correspondencia seria con mis traductores. Una vez mi traductor al holandés me preguntó: ‘¿qué entiende por incertidumbre de la noche?”. “¡Le contesté con dos páginas!”.