Comida de tren, té y descansos para ir al baño (1º Parte)

Artículo publicado el 11 de Noviembre de 2013
Artículo publicado el 11 de Noviembre de 2013

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“Puedo ver el color de tu aura, pero no te lo puedo contar.” Karim se recuesta en su asiento sonriendo, totalmente consciente de la profunda impresión que dejan tales charlas esotéricas en los viajeros inexpertos que visitan la India. “Tienes un alma muy pura, no había visto nada así en mucho tiempo.”

Mientras me pregunto si querrá dinero a cambio de este seudooráculo o si simplemente tiene ganas de practicar inglés, dos niños pequeños se empiezan a pelear y golpean al chai wallah que está a mi lado. Con las piernas llenas de té dulce pegajoso, mi alma se siente mucho menos pura y estoy a punto de montar una escena. Pero, dado que eso no cambiaría la situación lo más mínimo, me calmo e intento secar los charcos de chai caliente de mi asiento.

Los choques y las peleas no son inusitados en el Malwa Express con destino a Indore, que ya debería haber salido de la estación de ferrocarril de Nueva Dehli hace una hora, según el horario. Por razones que se me escapan, aún seguimos mirando las sucias láminas de chapa de zinc rojo del apartadero y escuchando monótonos anuncios por el altavoz. “El Malwa Express número 12920 que sale de la estación de ferrocarril de Nueva Dehli con destino a la intersección de Indore  saldrá de la estación con un retraso de dos horas.” La mayoría de los pasajeros no pueden sino alegrarse, ya que más de la mitad aparecen en la estación con por lo menos media hora de retraso. Después de guardar sus diez mil maletas, bolsas, cajas metálicas y utensilios de cocina en las rejillas portaequipajes, siguen trajinando por el tren durante un buen rato antes de sentarse finalmente en sus asientos correspondientes.

train1 A mi izquierda, una familia india –el padre, la madre, la abuela y dos hijos- ocupan un único asiento. A su lado, un joven con pantalones de campana está apretujado contra los barrotes de la ventana. Enfrente, mi nuevo “amigo” Karim está recostado en su asiento junto a su hija y un hombre mayor rechoncho que mata el tiempo mascando y escupiendo paan. En el pasillo a mi derecha, cubierto de cáscaras de cacahuete y bolsas de plástico, se han dispuesto diez pasajeros más.

En un vagón de clase dormitorio, la versión india del coche cama europeo, esta situación no es tan infrecuente. Si quieres invertir más dinero en comodidad, puedes elegir entre seis clases de más lujo: con o sin aire acondicionado, con o sin sábanas limpias, con o sin comida complementaria. La única opción más intrépida que la clase dormitorio es la segunda clase sin reserva, pero no es la mejor elección en el caso de viajes nocturnos. Con unos 500 pasajeros por vagón, no siempre es fácil evitar atenciones cariñosas. En la India, la práctica de tocar ligeramente y frotar el brazo, pierna u hombro de una mujer desconocida en el transporte público está severamente castigada, pero aún así no evita que los hombres prueben suerte con un muslo blanco. Sin embargo, el riesgo es mucho menor en clase dormitorio, ya que a cada pasajero se le asigna una litera azul, pegajosa y plegable junto con su reserva. En un vagón de clase dormitorio no existen los compartimentos privados, todos se retiran en grupos de seis y es inevitable acabar metido en fiestas familiares o debates políticos.

thali Un viaje en tren con el ferrocarril indio nunca es rápido ni relajante, sino que es como una visita al circo. A ambos lados, los demás pasajeros se ríe, pelean y blasfeman a voz en grito en hindi, urdu, bengalí, inglés y en otros diez idiomas; los diligentes chai wallahs hacen sonar sus carritos al atravesar el vagón cada tres minutos; los antipáticos empleados del ferrocarril envían sus mediocres thalis; ancianos escuálidos te ofrecen patatas fritas, dulces y refrescos y, cada media hora, el tren se para durante un rato en medio de ninguna parte sin razón aparente. Un retraso de tres a cinco horas no es nada por lo que enfadarse. “Si un tren indio llega a la estación a su hora, solo puede significar que llega con 24 horas de retraso”, dice Karim. Mientras tanto, ya me ha leído la mano y me ha predicho el futuro: tendré un marido rico y muchos hijos. Me río e intento hacerle ver que no soy de los que creen en trucos de magia. Sin embargo, mi incredulidad no hace mella en su buen humor en lo más mínimo e insiste en comprarme un thali. Cuando un empleado del ferrocarril apila unos pequeños cuencos de plástico con arroz pegajoso, dos tipos de sabji (verduras al curry), raita aguado (yogur), dhal amarillo (sopa de lentejas) y trozos de chapatti (pan) en una bandeja en mi regazo, de repente me doy cuenta de que se me ha quitado el apetito.

Cómo conseguir dormir algo en un tren nocturno en la India. Seguir leyendo