Comida de tren, té y descansos para ir al baño (2º Parte)

Artículo publicado el 11 de Noviembre de 2013
Artículo publicado el 11 de Noviembre de 2013

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Una hora después se hace realidad mi funesta premonición cuando el thali va a parar al retrete. A pesar del elevado número de pasajeros, el baño está admirablemente limpio y tiene incluso agua corriente. El turista más conservador elegirá el baño estilo europeo y se sentará en una taza del wáter pegajosa.

Pero si prefieres hacerlo al estilo nativo, tendrás que ponerte en cuclillas sobre un baño estilo indio. Aparte de eso, los baños de los trenes tienen una única ventaja adicional, y es que son un buen refugio para irse a fumar un cigarrillo y recuperarse del ruido del vagón.

El tren finalmente comienza a moverse en torno a la una de la mañana. Mi estómago está menos revuelto y afortunadamente, Karim ya se ha quedado dormido. Dando una vuelta por los vagones, me encuentro con el coche restaurante, donde un par de atareados chefs preparan arroz, lentejas y verdura en unas cazuelas de acero de tamaño descomunal. El suelo está lleno de zanahorias, patatas, cilantro fresco y tomates, y todo huele mucho mejor que cuando se sirve en los pequeños cuencos de plástico. Ambas puertas están abiertas de par en par y una cálida brisa polvorienta atraviesa el vagón. Me siento con uno de los cocineros, que está pelando una enorme pila de patatas. Sobre el fondo azul oscuro del cielo destacan luces tenues, árboles muertos y postes de electricidad mientras cruzamos el este de las provincias norteñas hacia las mágicas llanuras rojas de Madhya Pradesh. En cada parada, un ejército de ratas atraviesa las vías correteando y chillando felizmente cuando las tiro un puñado de pieles de patata.

train3 A las 3 de la mañana, se suben a bordo dos prostitutas ataviadas con coloridos saris y empiezan a flirtear en voz bastante alta con unos pasajeros varones. Me arrastro hasta la cama justo cuando dos policías armados con rifles aparecen para poner fin al jaleo. Tras una discusión más bien larga, finalmente acepto intercambiar literas con un anciano musulmán que sostiene con firmeza que una chica sola no puede dormir en la litera de abajo.  “Es demasiado peligroso. Los hombres te tocarán.” Los manoseos son una cara de la moneda, la protección paternal de los indios mayores es la otra.

Sin embargo, el sueño me esquiva durante este trayecto en tren y con el amanecer vuelve el primer chai wallah, arrastrando por todo el vagón su recipiente metálico lleno de agua caliente y leche. Las madres y abuelas indias a mi alrededor han empezado a desempaquetar verduras, chapatti y dhal, pero como no soy muy fan del curry para desayunar, compro un Nescafé aguado que sabe más a leche que a café. ¡Menos mal que hay azúcar! Unos minutos después, estoy completamente despierta y me pongo a contemplar las preciosas llanuras rojas y grises que pasan a toda prisa ante mis ojos. Unas pocas horas más y estaremos en Jhansi, en el sur este de Uttar Pradesh, donde cogeré un autobús local a las provincias centrales de Madhya Pradesh.

train_louise Al final, el Malwa Express solo llega con tres horas de retraso, lo cual no está tan mal para tratarse de un viaje de ocho horas. Cuando me apeo del tren en la estación de Jhansi, mis cincuenta nuevos amigos me saludan desde las ventanas del vagón y me recuerdan desesperadamente que les agregue a Facebook. Mientras nos despedimos, Karim susurra con una sonrisa: “Veo grandes cosas en tu futuro. Está todo escrito en la palma de tu mano derecha, pero tienes que descubrirlo por ti misma.” Riendo, prometo hacerlo, pero en mis pensamientos ya estoy investigando templos en medio de la selva. Aunque tengo ganas de aprovechar los tres días de descanso que me quedan antes de mi próximo viaje en tren, soy lo que podría llamarse una adicta a los trenes indios. En aproximadamente doce meses, probablemente he viajado en más de un centenar de trenes – y sigo sumando.