Como en los Balcanes, pero en Bruselas

Artículo publicado el 5 de Junio de 2012
Artículo publicado el 5 de Junio de 2012
En ocasiones, Bruselas me recuerda a los Balcanes. No me refiero al Bbarrio europeo, que se proyecta a través de los medios de comunicación y es estandarte de la imagen de la capital belga en todo el mundo.
Tampoco me refiero a la complicada situación política, a los continuos conflictos entre dos grupos de la población ni al hecho de que Bélgica detentara hasta hace poco el récord mundial de tiempo sin formar nuevo gobierno.

Bruselas me recuerda a los Balcanes. No la Bruselas política, sino la Bruselas en la que vivo. Sus calles, recién construidas, pero algo arbitrarias; sus fachadas ,muy adornadas y algo decadentes; sus tranvías, antiguos, dignos de poca confianza; sus coches, abollados… Y también sus gentes, a quienes les gusta darse un respiro en los numerosos y bellos cafés y restaurantes de la ciudad, algo por lo que admiro a los bruselenses. Esperan durante horas en una cola en Correos, esperan pacientemente en el hospital y nunca se preguntan con pizca de amargura por qué el tranvía no reanuda la marcha de una vez.

En principio, sí en Bruselas

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Los ciudadanos de Bruselas son personas que saben que hay reglas, si bien ven posible desviarse de ellas. “En principe, oui, mais…” (En principio, sí, pero…) es una respuesta estándar siempre que se pregunta si algo es necesario. ¿Necesita mi hijo de siete años un billete de transporte si viaja en transporte público? “En príncipe, oui, mais…” Se trata de la misma posición que expresan mis parientes croatas con la expresión “Nema problema”, una frase hecha que los belgas también emplean. Solo que estos no expresan ningún tipo de preocupación: “Pas de souci” (no hay problema), dicen sonriendo dulcemente.

En Bruselas, la gente se saluda dándose besos, pero no rápidamente a izquierda y derecha, sino sobre una sola mejilla. No sé si es por eso que me gusta tanto la gente de aquí. Me resultan familiares. Mis parientes croatas, citados más arriba, se asombran de que a ellos también muchas cosas de aquí les resulten familiares. Son casi los únicos a los que puedo llevar a comer el plato nacional belga, “moules frites”, consistente en mejillones y patatas fritas, incluso aunque después me aseguren que los mejillones del Adriático saben mejor.

Bélgica a orillas del Adriático

A veces, Bélgica también me recuerda a Croacia. No solo por los mejillones, sino también por las dimensiones de ambos países y su asombrosa diversidad. Hay un mar (pese a que no sea tan bonito como el Adriático) y hay una cordillera. Sus ciudades atesoran patrimonio arquitectónico de épocas lejanas: Dubrovnik, Split, Pula, en Croacia; Amberes, Brujas y Gante, en Bélgica. Tanto Bruselas como Zagreb fueron residencia oficial de los Habsburgo, aunque no lo fuesen al mismo tiempo ni con la misma importancia.

Del mismo modo que antes debía intervenir para explicar que no existía un idioma “yugoslavo”, ahora explico que los idiomas que se hablan en la mayor parte de Bélgica no se llaman “flamenco “ ni “valón” (afortunadamente, raras veces me preguntan sobre si se llaman “belga”), sino simplemente “neerlandés” y “francés”, con particularidades regionales flamencas o incluso valonas.

De héroes, escritores y comunistas

Los países pequeños necesitan un gran grupo de presión, algo que es aplicable tanto a los Balcanes como a Bélgica. Por ejemplo, en los mundos editorial y periodístico. Mientras que más allá de sus fronteras se conoce y se puede comprar fácilmente prensa francesa y los premios literarios galos aseguran grandes cifras de venta en el extranjero, de entre los artículos de exportación belgas solo se conoce el praliné, la cerveza y las patatas fritas- recientemente, en América, bajo el nombre de “French fries” (patatas fritas francesas)-. Dejando de lado a los personajes de Walt Disney, la mayoría de los héroes de los cómics de nuestra infancia nacieron en Bélgica: Tintín, Los Pitufos, El Marsupilami. Pero, ¿alguien podría citar rápidamente a autores belgas?

Por ejemplo, Amélie Nothomb. Habitualmente, los lectores saben de ella que creció en Japón… pero, ¿la toman por una autora belga? Sus libros los publica una gran editorial francesa. Es bastante conocido que Paul Verlaine y Arthur Rimbaud fueron amantes, pero se desconoce que fue muy cerca de la Grand’ Place de Bruselas donde tuvo lugar la famosa escena de la envidia en la que Verlaine hirió a su pareja, Rimbaud con un revólver. Victor Hugo se exilió aquí; también Karl Marx, que escribió su Manifiesto Comunista en la calle en la que vivo.

Tampoco debe sorprender a nadie que Bélgica sea el país del surrealismo pictórico. René Magritte y Paul Delvaux entendieron perfectamente cómo introducir lo probable en lo improbable. René Magritte decía así: “En relación con la pintura, se tergiversa a menudo la palabra “sueño”. Mis obras no pertenecen al mundo onírico; al contrario, se trata de sueños que no mueren, que quieren despertar”.

Jacques Brel: también “afrancesado” al entender de la mayoría, acuñó una frase a la que se recurre aquí en Bruselas. “J’aime les Belges” (me gustan los belgas). Y así, yo también he desarrollado una gran estima por este pequeño país. Se ha convertido, para mí, en una patria, la tercera, tras Alemania y Croacia. Por eso me alegro ya de que pronto – si la política lo quiere- no solo italianos, griegos, españoles y franceses, sino también algún balcánico me tome la delantera en las caóticas y coloridas rotondas de Bruselas.

Artículo de Patricia Fridrich

Fotos: portada, (cc)David Olkarny Photography/flickr;Texto:calle (cc)Elilemie/flickr; Tintin (cc)Gilderic Photography/flickr