Como un Reloj: Un Modelo Suizo para Europa

Artículo publicado el 19 de Septiembre de 2006
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Artículo publicado el 19 de Septiembre de 2006

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Por qué los visionarios de Europa deberían dejar de mirar a América y comenzar a buscar en casa: en Suiza.

Si bien es cierto que, como Marx escribió, "el peso muerto del pasado cuelga como una pesadilla sobre las mentes de los vivos”, también lo es que el Sueño Americano ha originado noches de insomnio al proyectar el destino de la futura Unión Europea. Un influyente libro publicado antes de que la convención europea tomara cuerpo, Democracia en Europa, de Siedentop, evocaba la obra de Tocqueville, Democracia en América y en ella se comparaba la Convención Constitucional con la Convención de Filadelfia de 1787. Incluso el título preferido de Giscard para referirse a la Unión, el ahora abandonado “Estados Unidos de Europa”, parece imitar a nuestros primos del otro lado del Atlántico.

Sin embargo, la Unión Europea no es los Estados Unidos y no se puede esperar que evolucione del mismo modo. EE UU era un continente recién descubierto, una vasta extensión de tierra esperando a que le dieran forma: por el contrario, Europa es un reino antiguo con nacionalidades bien cimentadas, naciones formadas por la Historia con sus propias memorias colectivas y tradiciones. EE UU es un bloque monolingüe que bebe de una misma cultura inglesa común: Europa es un tapiz de grupos lingüísticos entretejidos en donde ninguno predomina. EE UU es una nación de emigrantes, de viajeros en busca de una nueva vida y preparados para abrazar una nueva cultura e identidad: las gentes de Europa siguen profundamente enraizadas a sus tierras y modos de vida. Al basar nuestra visión de una unidad europea en el precedente americano, tan sólo podemos albergar escepticismo hacia el proyecto europeo. Así las cosas, enseguida nos damos cuenta de que europeos y estadounidenses no somos la misma cosa y nos quedamos sin ninguna visión creíble para Europa.

El precedente suizo

"Los nuevos miembros han hecho que gobernar Europa como si de Francia se tratara sea más difícil que nunca. Muy pronto, va a ser necesario aprender a gobernar Europa como si fuera Suiza... Cuanto más se evolucione hacia una unión más extensa, amplia y menos centralizada, más se parecerá a Suiza”, escribía Jonathan Steinberg en 1996.

Por otro lado, Suiza, con sus 4 idiomas y su confederación de 26 unidades políticas entrelazadas y cada una con su propia Historia, sistema político, constitución e identidad, parece esbozar lo que podría ser el proyecto europeo de aquí a unos 150 años. Desde 1798 a 1815 los cantones suizos llevaron a cabo un proceso de “ampliación” durante el cual los miembros, mayoritariamente alemanes, afrontaron el desafío de integrar nuevas áreas francesas, italianas y romances. En 1848, suiza consiguió una Constitución escrita y acuño una moneda única que reemplazó a las divisas cantonales que habían circulado hasta la fecha.

El precedente suizo resulta útil sobre todo porque nos ofrece unas expectativas legítimas acerca del tipo de unión que es posible entre Estados soberanos, afianzados en su propia Historia, idioma e identidad. Provee de una necesaria dosis de realismo a los ultra federalistas que esperaban que Bruselas transformara Europa en una “gran Francia” por medio de su administración centralizada. Una Unión más amplia tendrá que ser también como Suiza: una unión menos centralizada. Para los euroescépticos, que continuamente tosen eso de que Europa esta condenada al fracaso por no ser como los EE UU, resulta ser un reproche más que bienvenido, ya que ofrece un ejemplo positivo de lo que una confederación multilingüe de Estados soberanos es capaz de conseguir.

Como en la resultante política europea, en Suiza el grueso de responsabilidades políticas y económicas recae en la soberanía de los cantones, dejando al gobierno central de Berna un papel regulador y equilibrador. A día de hoy, los poderes del gobierno suizo en lo respectivo a impuestos directos son muy reducidos. El ministro Suizo de Economía poco poder tiene para forzar a los Cantones a cambiar su política fiscal. Asimismo, la existencia del Euro hará necesario algún sistema de “armonización de impuestos” en Europa, que será llevado a cabo como en Suiza: a través de un costoso proceso de negociación entre los Estados. El Gobierno suizo funciona también de manera similar a la Comisión Europea: una junta administrativa cuyo Presidente es más un “coordinador” que un “líder”, y cuyos Comisarios disfrutan de una marcada independencia del resto del sistema político. Y, como en la Comisión Europea, cada grupo ha de estar representado: exactamente la proporción correcta de italianos, franceses o alemanes, además de una representación exacta del espectro político.

Entre constituciones e imitaciones

Comparada con la de EE UU, la Constitución Europea resulta decepcionante. La constitución de los EE UU fue producto de la Ilustración, consagrando los principios de libertad y de buen gobierno democrático que aparecían como radicales para la época. Es un texto sagrado, repetido en las aulas, memorizado por compatriotas y alterado sólo con mucho cuidado, controversia y deliberación. Por otro lado, como Häberle señaló, al declarar “Democracia en Europa” la Constitución Europea meramente reitera lo que ya existe a nivel nacional. Contiene algunos pasajes generales acerca del Hombre, sus derechos o sus libertades, pero desde luego no declara que Europa sea "una nación, unida en Dios”, como sí lo hace la constitución norteamericana.

Ahora bien, si nos dejamos llevar por una excesiva fijación por el precedente estadounidense, perderemos de vista aquello que la convención se suponía que iba a conseguir. Su virtud era la de clarificar los nuevos mecanismos por los que se coordinan las políticas de los Estados miembro, sus metas y aspiraciones.

Si por el contrario la comparamos con la Constitución suiza, parece adecuarse perfectamente: no como una declaración radical de principios sino más bien como un intento de coordinar estructuras democráticas preexistentes. Al igual que la Constitución suiza, es un documento nada inspirador que nunca pretendió serlo. Además, la constitución Europea tendrá que ser flexible, al igual que la suiza, en claro contraste con la de EE UU. De hecho, en 1826, tan solo 26 años tras la concepción de la Constitución suiza, tuvo que ser completamente revisada para hacerse cargo de los cambios acontecidos en el entretanto. Es bastante posible que Europa se encuentre en la misma posición dentro de 26 años.

Políticas continentales

El otro pilar de la nueva Unión es la Política Exterior y de Seguridad. No hace falta comentar que no se puede esperar que la Unión Europea lleve a cabo algo tan formidable como el Ejercito Federal de los EE UU, pero es interesante destacar el por qué. La mayor dificultad no sería económica: puestos todos juntos, la suma de los presupuestos de defensa de los Estados miembro resulta pareja la de EE UU. Tampoco seria un problema organizativo derivado de comandar una fuerza operativa de hasta 20 idiomas: los suizos, y en el pasado el imperio Austro-Húngaro han demostrado la falsedad de semejante afirmación. El principal obstáculo es más bien de índole política: en un área tan sensible a la acción militar, donde los políticos afrontan la responsabilidad de tener a los jóvenes de sus naciones de vuelta a casa en una bolsa de plástico, sería casi imposible que una confederación tan dividida por instintos nacionales actuara unánimemente. La alternativa es la llevada a cabo por Suiza: inacción institucionalizada. Suiza tuvo que adoptar una política de neutralidad porque involucrarse en cualquier guerra europea habría generado divisiones intolerables en el seno de la Confederación: debido a que la población esta conformada por grupos étnicos de los países colindantes, la única alternativa consistía en adoptar una defensa a ultranza de las fronteras. La Fuerza de Defensa Europea, también, se verá abocada a tareas no controvertidas como la ayuda humanitaria, pacificación y control de fronteras. En pocas palabras, será para el mundo lo que fue la Cruz Roja Suiza para los campos de batalla de la Europa del Siglo XX: alguien que cura la heridas inflingidas por otros, pero que esta obligado a no inflingirlas.

He aquí sin embargo la mayor diferencia entre Europa y Suiza: la última se construyó por democracia directa, su constitución se ratificó por referéndum. Es en este punto en el que debemos convertir a Suiza de precedente histórico a aspiración futura. Quizás así Europa tenga algún día un demos para complementar la polis.