Comprender la crisis Marfileña

Artículo publicado el 26 de Julio de 2004
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Artículo publicado el 26 de Julio de 2004

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10 años que han minado la emergente democracia de Costa de Marfil

Costa de Marfil fue durante un tiempo un polo de estabilidad y cierta riqueza. Su desestabilización no sólo incumbe a 20 millones de marfileños, sino a toda una región que padece desde hace años. Europa -Francia en especial- se encuentra en primera línea de atención: acuerdos de defensa, gran número de expatriados, viejas amistades personales… Motivos, para bien o para mal, que multiplican las relaciones e interferencias.

Cuando muere en 1993 el anciano y agotado Houphouët-Boigny, los observadores se preguntan quién sucederá al patriarca: ¿el Primer Ministro, Alassane Dramane Ouattara, o el Presidente de la Asamblea Nacional, Henri Konan Bédié, cuya prevalencia prevé la Constitución? En seguida, aparece este último en televisión proclamando su poder y pidiendo al pueblo "que se reconozca su presidencia y, en consecuencia, que se pongan a su servicio"(¡!)

Presidente sin ascendente de un país enfrascado en una crisis económica acuciante, Henri Konan Bédié transforma en arma de exclusión el concepto de "marfilidad". Esta versión local de la «preferencia nacional» posee la ventaja de permitirle descalificar a muchos de sus más directos adversarios políticos como su rival Ouattara.

A finales de 1999, con el apoyo de la inmensa mayoría de la población, el general Gueï (antiguo jefe del Estado Mayor de Houphouët) depone a Bédié. Inmediatamente, Gueï le coge gusto al poder y retoma la antorcha de la "marfilidad" para asentar mejor su poder gracias a la división.

Un poder radicado en la contestación y la violencia

Rodeadas de precipitación, en octubre de 2000 se organizan nuevas elecciones. Con la complicidad de Laurent Gbagbo, Gueï desautoriza a 10 de los 15 otros candidatos a las presidenciales. La participación es paupérrima. Gueï proclama su victoria pero en seguida cede ante las manifestaciones de la calle. Nombrado Presidente en estas condiciones calamitosas, Laurent Gbagbo remata la faena. La marfilidad es llevada al extremo. Toda la población debe renovar el documento de identidad, con colores distintos según la región o el pueblo, y muy difícil de obtener en las zonas menos favorables al poder establecido.

Al mismo tiempo, la bviolencia se convierte en el instrumento cotidiano de gobierno, tal y como han subrayado estudios de Naciones Unidas. Las milicias empiezan a organizarse, surgen escuadrones de la muerte que intervienen tanto en el interior (carnicería de Yopougon en octubre de 2000) como en el extranjero (caso Keita en Burkina Faso a principios de 2002).

Un golpe medio logrado que desgarra el país en dos mitades

El 19 de septiembre de 2002 se declara la rebelión. Fracasa en un principio en la capital Abidjan, pero se hace con el control del norte del país. Gbagbo echa mano de un acuerdo de defensa firmado con Francia para que ésta detenga el avance de unos opositores que gozan de manifiesta superioridad militar. El frente se estabiliza, cortando el país en dos. Es entonces cuando se inicia un ciclo de interminables negociaciones cuyo momento más intenso se vive en Marcoussis, a las afueras de París, en enero de 2003. En dicho encuentro se aprueba un acuerdo marco, presentes todas las partes implicadas en el conflicto, con una hoja de ruta para la reconciliación. Todo queda fijado, desde la constitución de un gobierno de unidad nacional en torno a un Primer Ministro consensuado mientras dure el desarme, hasta la previsión de ayuda económica comprometida por la UE.

Hastiado a su inmediato regreso a Abidjan, Gbagbo hace oídos sordos y se opone al acuerdo. En modo alguno se plantea devolver el poder. Desde entonces, a los avances (firma de un «alto el fuego») se aparejan grande dramas, como el del día 25 del último mes de marzo con la represión salvaje de una pacífica manifestación por parte de las milicias y las fuerzas del orden. Saldo: 120 personas asesinadas.

La escena política se reduce a un Presidente parapetado en sus posiciones, una rebelión bajo el lema «Fuerzas Nuevas» que administra el 60% del territorio nacional, y, a modo de correa, una coalición de los principales partidos marfileños (excepto el FPI, partido de Gbagbo), precarios aliados programáticos de las llamadas «Fuerzas Nuevas».

La complejidad del derecho de injerencia

Llamadas por Laurent Gbagbo para salvar su régimen, las fuerzas internacionales y especialmente las francesas, han intervenido y permanecen sobre el terreno para evitar una tragedia aún posible. Francia, se muestra preocupada por los 15000 franceses y franco-marfileños allí establecidos.

Desbloquear la resultante de una intervención «humanitaria» y de la protección de intereses coloniales no es nada sencillo. Determinar hasta qué punto la Comunidad internacional puede implicarse en un conflicto interno no es fácil.

No debe obviarse que, en el caso de Costa de Marfil, la desestabilización se convierte en un riesgo para toda la región. Sede del banco central de África Occidental, Costa de Marfil es, desde hace 40 años, una de las piedras angulares de la zona CFA, representando el 40% del PIB de la subregión. Tras las crisis de Liberia y Sierra Leona, los desórdenes en Costa de Marfil mortifican aún más a Mali, Burkina-Faso, Guinea e incluso Senegal.

Ahora bien, frente a la impericia de los protagonistas marfileños, la situación sugiere la necesidad de una intervención del exterior. Se requiere ahora el multilateralismo para conjurar el imperialismo de un solo Estado, ya se trate de un vecino africano, de los Estados Unidos o de Francia. Este último, arrastra un considerable pasivo frente a una Costa de Marfil nunca independiente de verdad. Y si la «FranciÁfrica» ya no interesa tanto como antes, siguen existiendo grandes grupos industriales con notoria influencia política, como Bouygues o Bolloré, y que han realizado allí importantes inversiones a las que sacar partido según sus intereses.

Parece necesario, que la presión internacional sobre los actores del drama de Costa de Marfil siga y se acentúe, sin que deje de ser el resultado de una combinación sutil entre la Unión Africana, la Unión Europea y las Naciones Unidas.