Comunismo: el reciclaje húngaro

Artículo publicado el 23 de Octubre de 2006
Artículo publicado el 23 de Octubre de 2006
La nueva elite húngara ha recuperado la memoria de la revolución de 1956 y los símbolos del comunismo para justificar el liberalismo.

En el imaginario colectivo, la liquidación del comunismo se asocia a menudo a la destrucción de sus símbolos y a la negación de su aportación a la Historia y a la evolución del país. La realidad no es tan simple. Y es que si a veces ha sido necesario hacer apología de la ruptura, también se ha demostrado útil recuperar ciertos signos del pasado para instalar el liberalismo. Es quizás esto lo que, por otro lado, le ha permitido a ciertos países como Hungría o Polonia, evitar el enfrentamiento civil durante los acontecimientos de 1989. El caso húngaro.

Reformas radicales y continuidad política

Tratándose del proceso de transición, el pueblo húngaro se mostró más bien comedido. Traumatizado por la violencia de la represión soviética durante la revolución de 1956, y apaciguado por el régimen puesto en pie por el líder comunista János Kádár de los setenta, optó sistemáticamente por el cambio tranquilo.

A finales de los ochenta, los húngaros le permitieron a la elite comunista saliente del poder negociar las condiciones del cambio de régimen eligiendo como figura paterna y tranquilizadora del nuevo régimen al patriarca József Antall en las primeras elecciones libres. Consciente de este hecho, sacrificando reformas radicales, la nueva clase dirigente evitó entonces el rupturismo con el régimen anterior a 1989.

De manera más o menos acentuada según la hebra política, los diputados recuperaron con habilidad ciertas obras del comunismo. Una estrategia que les permitió, no sólo estabilizar el país dándole continuidad histórica a sus instituciones, sino también justificar sus apuestas políticas e ideológicas.

Un ejemplo concreto fue Szabadaság Tér, la plaza de la Libertad de Budapest, convertida en el símbolo de la lucha contra el totalitarismo, al mismo tiempo que triunfaba el Ejército Rojo en 1945, dándole a la URSS los medios para ocupar el país.

La elite política post-comunista no dudó en reutilizar el programa progresista de Kàdár, -modernización urbanística, desarrollo del campo, flexibilización de la movilidad social…, etc.- presentándolo como un precedente necesario para el proceso de transición y apertura a Occidente.

La estrategia tuvo dos corolarios: construir una legitimidad susceptible de ser criticada en base a una antigua pertenencia al aparato comunista y tranquilizar a una población que, socialmente, empezaba a sufrir los efectos del liberalismo. Incluso el ultraliberal primer ministro entre 1998 y 2002, Viktor Orbán, se inspiró del socialismo para inventar sus eslóganes de campaña (“Tres hijos, tres habitaciones y cuatro ruedas”) y poner en pie su política.

Exaltación de nacionalismo

Aunque este reciclaje del comunismo haya tenido predicamento en los últimos años, conviene no generalizar. Importado de Occidente, el liberalismo húngaro debe tomar cuerpo y existir por sí mismo. Para ello, los medios usados por los partidos políticos, jefes de gobierno y órganos de prensa han borrado los aspectos demasiado evidentes del comunismo de ayer, exaltando una cierta forma de nacionalismo.

En los hechos, esta actitud se ha materializado en la retirada de estatuas, la destrucción de monumentos emblemáticos y el renombramiento de calles y plazas. También por la recuperación póstuma de las motivaciones estudiantiles de la revuelta de 1956. Sin obviar la organización de eventos simbólicos y coloridas ceremonias rememorativas. La transferencia, durante el año del milenio, de la corona de los reyes de Hungría del museo nacional al Parlamento atestigua la voluntad de hacer borrón y cuenta nueva con el pasado. Como símbolo histórico de la cristiandad occidental y del anclaje europeo del país, la corona ha sido reutilizada para pasar definitivamente la página de la Historia.

Si hoy el proceso de transición institucional tanto en lo político como en lo económico parece terminado, perdura el movimiento pendular entre pasado y futuro. Ha permitido un tiempo para gestionar un periodo de inestabilidad conservando antiguos puntos de apoyo e innovando. La otra cara de la moneda: el subterfugio político no ha propiciado una proyección del pueblo húngaro en un proyecto de futuro, sobre todo desde que s eha hecho efectiva la adhesión a la UE y ya no hay objetivos claros que perseguir.

Al aceptar la mano tendida de Bruselas, Hungría podría en todo caso darse medios para mirar al futuro con confianza. Junto a los otros 24 miembros de la UE, debe dar el do de pecho y ocupar su plaza en el proceso de construcción europea aportando su experiencia de resistencia al totalitarismo, sus originales sensibilidades políticas y, como en 1956, su capacidad popular de generar ilusión.