Contra una adhesión a la fuerza

Artículo publicado el 5 de Octubre de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 5 de Octubre de 2004

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Turquía no es una candidata como las otras. Es lo que nos muestra el debate en curso. Si no se tratase de una objeción de principios, se habría producido un impass sobre la opinión de los europeos.

La posible próxima apertura de las negociaciones sobre la adhesión de la República de Turquía a la Unión Europea suscita numerosas reticencias. Sin embargo, los diplomáticos han decidido no distinguir esta candidatura y los expertos de la Comisión Europea rellenan concienzudamente sus check-list, verificando el cumplimiento por parte de Ankara de los criterios fijados por los gobiernos de la Unión en Copenhague en 1993. Esta andadura casi contable corre el riesgo de no tener en cuenta la particularidad de la candidatura turca, que reside en la hositilidad de una gran parte de la población Europea contra esta adhesión.

Compartir una misma ciudadanía

Adherirse a la Unión no puede limitarse únicamente al respeto de los criterios más o menos objetivos como pueda ser por ejemplo el acceso a la zona euro. El propósito de Jean Monet “ No coalicionamos Estados, unimos hombres” explica todavía mejor en nuestros días la puesta en marcha inicial de Europa. No se trata por tanto de acoger a Turquía a través de una alianza diplomático-estratégica o cualquier pacto comercial, sino antes que nada compartir junto a los ciudadanos turcos nuestra ciudadanía europea.

La debilidad de este sentimiento de comunidad es la principal causa de la crisis en los estados federales, como por ejemplo Canadá o Bélgica. Aquellos que deseen una Europa ambiciosa y coherente no pueden ignorar este factor aún si individualmente, los valores universales o el examen de ciertos criterios objetivos pueden incitar una actitud receptiva.

La candidatura turca es diferente simplemente porque como tal lo sienten nuestros conciudadanos. Es indispensable tenerlo en cuenta. Una de las primeras causas de preocupación es el desconocimiento de la Turquía actual para los europeos. Aquellas personas menos entusiastas en cuanto a la adhesión de los Diez, tampoco conocían gran cosa de Eslovenia o de Eslovaquia. No obstante, su adhesión no suscitó el nivel de oposición constatado por Turquía.

Las reticencias de los europeos son incluso más serias al ser de orden político y de identidad. La mayoría de la población turca, siendo musulmana, convierte la ignorancia en desconfianza. Muchos ignoran en que medida el país es secular o la naturaleza de su práctica religiosa. Aquello que sabemos generalmente de Turquía invita a la prudencia: es el candidato con mayor población desde la entrada de Gran Bretaña en la UE, lo que le otorgará un peso equivalente al de Alemania en la Unión. El ejército jugaba hasta hace poco tiempo un papel importante en la vida política. Si mencionamos además la situación con Chipre y las ambigüedades sobre el genocidio armenio, el candidato tiene todavía mucho por hacer para convencer.

Argumentos poco sólidos

Europa es un proyecto político. Apartemos pues los argumentos culturales o geográficos de los partidarios de una Europa europea. Por tanto, los argumentos a favor de la adhesión de Turquía están a veces lejos de ser sólidos.

La perspectiva de adherirse a la Unión Europea alenta el desarrollo del estado de derecho y de los derechos del hombre en Turquía. Los criterios de Copenhague son imperativos al respecto y los esfuerzos en curso debieran ser recompensados. El argumento me parece particularmente mal avenido. Creo que pedir hoy en día que un estado respete estos principios debe ser el fundamento de toda política responsable.

¿Cómo justificar el preocuparse tanto del estado de derecho en Turquía y tan poco de la situación en Rusia, por ejemplo? El respeto a los derechos fundamentales no tendría que ser un factor únicamente relativo a la adhesión de un nuevo país miembro sino simplemente un factor tomado en cuenta en toda política exterior responsable.

Los argumentos geoestratégicos son en todo caso relativos. ¿Supondría como consecuencia una perturbación de la política exterior turca el proponer una seria alternativa a la adhesión como un estatus de asociado privilegiado de la Unión Europea? El país está hoy en día sólidamente anclado en la OTAN y no tiene interlocutores estables en sus fronteras. La Unión, no teniendo hoy en día una auténtica política exterior, no encontrará un beneficio particular acogiendo a Turquía- pero al contrario, sí un obstáculo suplementario en la necesaria definición de una política común.

¿Cita para dentro de diez años?

Los gobiernos europeos se quieren mostrar seguros en la candidatura turca. Indican que la adhesión definitiva no sería considerable hasta dentro de diez a quince años, especulando incluso sobre una eventual demora sobre ese plazo de algunos años. ¿Porqué hacerlo de otro modo, si se trata de un proceso diplomático?

Si el fracaso está tan lejano, no es necesario hoy en día agitar el pañuelo rojo ahora que la Unión mantiene varios conflictos complicados para su futuro, empezando por la elaboración de la constitución. La apertura de negociaciones el próximo diciembre viene a decir a los ciudadanos que sus preocupaciones no cuentan. El castigo será rápido y las sanciones llegarán en los próximos meses a la hora de las consultas sobre la ratificación de la “Constitución”. Incluso el poco esfuerzo realizado para informar y preparar a los ciudadanos de los viejos países miembros al respecto de la ampliación del primero de mayo de 2004 tendrá sin lugar a dudas sus consecuencias en el momento del voto.

Para que se puedan llevar a cabo seriamente estos dos debates,deben estar antes que nada desasociados.La prioridad hoy en día es el tratado constitucional.

Nuestros dirigentes deben también ser conscientes que una adhesión forzada de Turquía sería perjudicial tanto para la Unión, que perdería su coherencia así como sus ambiciones, como para Turquía. La adhesión de una proporción razonable de nuestros conciudadanos es indispensable, y la hipótesis de realizar en algunos países referéndums al respecto no debe ser, a priori, descartada. La acogida de Turquía entre nosotros comprometería en mayor medida el avenir de Europa que el tratado constitucional. Una Unión ampliada con Turquía no tendría seguramente la coherencia requerida para continuar con el progreso, que debe ser nuestro principal objetivo.