Copenhague: La 'slow life' va viento en popa

Artículo publicado el 27 de Abril de 2016
Artículo publicado el 27 de Abril de 2016

En la Bahía de Scanport, a pocos kilómetros del centro de Copenhague, se encuentra Hawila, un viejo buque de vela de veinticinco metros de eslora. A la espera de poder izar las velas y navegar en el mar, un grupo de jóvenes apasionados trabaja en su restauración. ¿Su idea? Desacelerar el mundo y enseñarle a consumir de una manera diferente.

Desde Hawila, vemos aviones provenientes de las cuatro esquinas del mundo despegar y aterrizar. A la entrada del Mar Báltico, se ven también pasar buques de carga que transportan miles de contenedores. Este impresionante velero de madera se encuentra en una antigua zona industrial cerca del aeropuerto. Junto a embarcaciones de recreo y con sus aires de barco pirata, Hawila parece salido de otra época.

Al finalizar esta tarde del mes de marzo, el viento frío nos invita a subir a bordo. El ambiente es pacífico. Durante el invierno, la comunidad que trabaja en el "proyecto Hawila" se dispersa y es en los días soleados cuando se encuentra. Allí se cruzan con viajeros que vienen a pasar una o más noches. Desde hace poco, algunas camas se alquilan a través de la plataforma Airbnb, lo que les permite durante su estancia comprar algunos materiales y realizar trabajos de mantenimiento.

Según Samuel Faucherre, uno de los pilares del proyecto, se vive la calma antes de la tormenta. En verano, se organizan numerosas actividades culturales en el barco y sus alrededores. Espectáculos, festivales, talleres... Hawila se transforman en un lugar de encuentro, intercambio y de sensibilización ambiental. Asimismo, vienen voluntarios a ayudar en la restauración de este viejo buque, que para finales de 2017 debería transportar mercancías entre el norte y el sur de Europa solamente con la fuerza del viento.

Resucitar un medio de transporte olvidado

Construido en 1935 para transportar grandes bloques de hielo, estos dos mástiles, abandonados por su último propietario, conocieron hace poco una segunda vida. Tras haber sido comprado en enero de 2015 por el equipo de Hawila, por la suma de una corona danesa, Sam y su grupo proponen, a través de este proyecto, una alternativa al transporte marítimo tradicional.

"Hoy en día, el 90% de las mercancías mundiales que se encuentran en los supermercados han sido transportadas por barco en algún momento de su cadena de producción", cuenta Samuel, marinero y científico, especialista en el Ártico. Este bretón de 29 años añade que los quince buques de carga más grandes contaminan tanto como la totalidad de coches del planeta.

Lejos de los medios de transporte rápidos que permiten transportar mercancías por todo el mundo, a menor coste y en tiempo récord, el proyecto Hawila elige resucitar un medio de transporte olvidado, lento y no contaminante. Sam explica: "Queremos trabajar con productores locales, pequeñas comunidades costeras y no volver a entrar en el gran sistema de producción". Chocolate, aceite de oliva, café, ron, sidra... Son muchas de las mercancías ecológicas que deberían transportarse.

Pensar de manera diferente

Desde la pequeña cocina donde reina el olor a café, es necesario descender algunos escalones estrechos para llegar al casco del barco. Allí se sitúa la sala común, también llamada mess room (comedor), que sirve como dormitorio. La habitación se compone de una veintena de literas con una larga mesa de madera en el centro. La luz es tenue, y la sala la decoran guitarras y fotografías viejas de Hawila.

A bordo del barco, los jóvenes involucrados en el proyecto comparten su vida cotidiana de modo comunitario, pensando de manera diferente. Estos jóvenes europeos, que disponen en su mayoría de una cultura marítima y que cursaron estudios superiores en el ámbito científico, tecnológico o artístico, buscan un modo de vida alejado de nuestra sociedad ultra consumista. Han elegido un método de vida frugal y practican el dumpster diving, que literalmente significa "bucear en la basura". El equipo desea experimentar también la autosuficiencia energética y alimentaria a bordo del barco. A Sam le gustaría instalar turbinas eólicas en la parte trasera del buque y paneles solares para hacer funcionar los instrumentos a bordo, la calefacción y la electricidad. Vestido con gorro y chaqueta marinera, este joven científico —un poco excéntrico— menciona su necesidad de experimentar y cuenta que le gustaría acondicionar un invernadero y un gallinero a bordo.

Gabriele, originario de la ciudad costera de Palermo en Italia, navegó en velero durante varios años. Nepal, Camerún, Malasia... Este agrónomo de formación de 28 años ya ha viajado bastante. De vuelta en Copenhague para los días soleados, se interesa especialmente por la posibilidad, a través de este proyecto, de explorar nuevas maneras de trabajar, intercambiar y de vivir juntos. Según él, "vivir en el barco permite tener mucha libertad. No tenemos reglas particulares o limitaciones". Sin embargo, añade: "Al mismo tiempo, es necesario que cada individuo sea responsable, si no el barco no funciona".

Una mañana, Gabriele, con cabello rizado y barba de tres días, se instala en la parte delantera del barco. Hace un poco de frío, pero en el comedor aún se duerme… "Al vivir en un espacio limitado, es necesario aprender a compartir todo, dejar el ego de lado y estar dispuesto a escucharse los unos a los otros", explica. Gabriele menciona también la voluntad de crear una plataforma inclusiva donde las ideas de cada uno puedan expresarse, donde todos trabajen al mismo nivel, de manera igualitaria.

En Hawila, todo el mundo trabaja voluntariamente. El objetivo del proyecto no es generar ingresos, dice Gabriele. Con el deseo de seguir siendo independientes, el equipo decidió también autofinanciarse. "Quiero poder decir que nos las arreglamos, que lo hemos hecho todo completamente solos", explica Sam con su franqueza característica. 

"¿La COP21? Una tontería"

A través de sus investigaciones en el Ártico, Sam pudo constatar el impacto del ser humano sobre el medio ambiente. Decepcionado por los políticos, considera que no se puede esperar que hagan algo sobre el clima: "Durante la COP21 tuve un poco de esperanza, pensaba que iba a pasar algo, pero fue una tontería, los políticos sólo piensan en sus carreras". Según el joven marinero, "es necesario que las soluciones partan desde la base". Por eso surge el proyecto Hawila. "No quiero simplemente vivir, comer y morir. Quizá este proyecto no genere nada, quizá sea sólo una gota en el océano, pero al menos habré intentado algo", explica.

Alina llegó a Dinamarca en 2009 y durante varios años participó en un proyecto de pueblo ecológico antes de comprometerse con Hawila. Para esta belgo-rumana de 29 años, nacida en Estados Unidos, uno de los puntos fuertes del proyecto Hawila reside en el intercambio dentro del grupo entre estas personas que vienen de todas partes de Europa. Alina ve esta diversidad como una fuente de inspiración: "Esto nos permite enriquecernos". Añade: "Se tiene más fuerza actuando como grupo a nivel local que luchando individualmente contra un sistema de organización política que está demasiado lejos de nosotros, que es difícil de comprender, de influenciar…".

De puerto en puerto, los jóvenes "hawilieros" desean, a través de distintos eventos artísticos y culturales, sensibilizar a todo el mundo sobre las consecuencias medioambientales del transporte marítimo tradicional y difundir las alternativas. Y para ser económicamente sostenible, la tripulación espera poder residir de manera gratuita en los puertos.

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Este artículo forma parte de nuestra serie de reportajes EUtoo un proyecto que busca contar la desilusión de los jóvenes europeos, financiado por la Comisión Europea.