Cortinas de petróleo: tras el esplendor de las “Flame Towers”

Artículo publicado el 28 de Junio de 2012
Artículo publicado el 28 de Junio de 2012
Bakú ha invertido más dinero en Eurovisión que cualquier otro organizador en toda su historia. De hecho, la música cutre solo ha servido de excusa para que el país despierte del letargo que sucedió a la Ruta de la seda.
La oportunidad brindada por el certamen ha promovido que se construyan deslumbrantes edificios como si se tratase de una época faraónica moderna, además de favorecer la apertura del país a la curiosa mirada de Europa con el fin de exhibir los efectos del oro negro. La capital de Azerbaiyán es ahora una ecléctica mezcla de arquitecturas, pero ¿a qué coste? Segunda parte sobre el Bakú contemporáneo: el apogeo de la construcción.

Lee la primera parte de este reportaje sobre el Bakú actual aquí.

Por la noche, el mareante skyline de Bakú centellea como si fuese un conjunto de máquinas tragaperras. El muro arenoso que rodea la vieja ciudad se enfría a la sombra de fulgurantes monolitos como las Flame Towers: tres rascacielos que se arremolinan a 600 metros del suelo, iluminadas por más de 10.000 ledes. La Torre Maiden, edificación en forma de jarra del siglo XII, se ve empequeñecida por la míriada de hoteles de cinco estrellas y centros de negocios que relumbran en el turbio mar Caspio. Verdaderos faros de este siglo XXI que evidencian la abundancia.

A la derecha, las “Flame Towers” vistas desde el casco antiguo.

La suerte de ser un Aliyev

Sin embargo, algunos clichés soviéticos son difíciles de evitar. Una semana antes de Eurovisión aterricé en el aeropuerto internacional Heydar Aliyev de Bakú. llamado así por la profunda veneración que se siente hacia el padre del actual presidente Ilham Aliyev. Mientras conducimos atravesando una infinidad de bloques de pisos, todos ellos similares, de la calle Heydar Aliyev, me encuentro con carteles que muestran el severo rostro del difunto dirigente, quien me mira con desaprobación. Llego a la estación de metro, la cual me ofrece en la entrada otro encuentro con... creo que ya sabéis de quién hablo.

Los lazos familiares son muy estrechos en Azerbaiyán y no hay mejor ejemplo que la reinante familia Aliyev, quienes parecen ser de las personas más ricas de la región: algo que choca torpemente con la pobreza de la mayoría de azeríes. Un alto porcentaje de destartaladas viviendas de la capital sufren regulares cortes de electricidad y agua. El salario medio está sobre los 320 euros aunque, la desigualdad de ingresos es tan exorbitante, que la cifra pierde valor como referencia útil. En 2010, se publicó que un niño de 11 años con el mismo nombre y fecha de nacimiento que el hijo del presidente se había convertido en el nuevo dueño legal de una cartera de propiedades en Dubai, con un valor estimado de unos 35 millones de euros.

Procedentes del “Institute for Reporter's Freedom and Safety”.

El pueblo siempre sale perdiendo

Caminando por el centro histórico de Bakú con el destacado bloguero Ali Novruzov, nos paramos en el exterior de un gran bloque de apartamentos de estilo zarista que cuenta con una casa, mucho más pequeña, pegada a la fachada. “Yo lo llamo 'el monumento al imperio de la ley'” dice Ali. “Hace cien años, un hombre rico quiso comprar el edificio entero para construir una enorme casa para él mismo pero no lo consiguió debido al dueño de la pequeña vivienda, quien no quiso vender su terreno. En aquel entonces, nadie podía desalojarte de tu propiedad. La realidad actual es muy diferente.”

“No estoy preocupada por las autoridades. ¿Qué más pueden hacerme?”

Leyla Yunas puede atestiguarlo. La menuda pero enérgica veterana en la defensa de los Derechos Humanos clama frente a un grupo de periodistas reunidos en la Plaza de la Fuente: “Una tarde de agosto de 2011, la policía llegó con una excavadora y destruyó por completo mi hogar, la casa de mi padre. Todas mis posesiones se reducieron a escombros: mis libros, mi ordenador, los documentos de mi familia... y todo ello sin compensación alguna por parte del gobierno. Pero no estoy preocupada por las autoridades. ¿Qué más pueden hacerme?". El entusiasmo previo a Eurovisión fue echado a perder por la publicación, a principios de año, de los informes sobre los desalojos ilegales y la destrucción de propiedades situadas cerca del Crystal Hall. El sitio fue finalmente ocupado por esta sala de conciertos construida cerca de la Plaza de la Bandera, que albergaba el mástil más alto del mundo hasta que Tayikistán les arrebató el récord en 2011.

Ocultando el mar Caspio

En lo alto de los montañosos confines del oeste de Bakú, hablo con Seymur, un abogado local: “Hace veinte años podías ver el Caspio desde cualquier punto de este barrio”, explica. “Ahora está oculto por por esos rascacielos y bloques de apartamentos”. El influjo de los petrodólares ha hecho que cientos de nuevos edificios afloren como la mala hierba incluso en los suburbios. Seymur me cuenta más detalles, tras una extravertida cena, sobre las manos invisibles que los han levantado: “Durante la construcción de un prominente centro de exposiciones, nos enteramos del caso de cientos de trabajadores, en general inmigrantes de los Balcanes, que vivían masificados en una casa. Sus pasaportes habían sido confiscados, apenas recibían comida y agua, y todo eso en pleno verano. Dos trabajadores murieron exhaustos. Si alguna empresa actuase según nuestras reglas, nunca sobreviviría. El sistema judicial no es justo, por eso frecuentemente se resuelven los casos de los trabajadores fuera de los tribunales. Al menos un pequeño porcentaje de compensación es mejor que nada. Sin embargo,en aquel momento, la mayoría de ellos fueron deportados”.

A la derecha, de nuevo la figura de Heyder Aliev.

A medida que avanza el tiempo, Seymur se sale del tema y comienza a hablar sobre cómo, a pesar de las riquezas recién descubiertas en el país, la moral ha caído en picado en las últimas décadas. Seymur, un alto y jovial hombre de merecido éxito cuya edad ronda los cincuenta años, no solo no recibe dinero del estado, sino que además ha visto sus propias ambiciones políticas frustradas, miembros de su familia amenazados y sus antiguos amigos orientados en su contra. A pesar de todo, él mantiene que, en el pasado, al menos la prensa solía proporcionar una voz crítica y existía una aparente democracia. “Pero eran otros tiempos. Entonces, sabíamos lo que era la felicidad”. Seymur deja de hablar por un momento y se queda a media distancia, temporalmente mudo por los recuerdos. En el taxi de camino a casa, que circula a gran velocidad a lo largo de la costa, me fijo en otro llamativo bloque iluminado con forma de escalera. Le pregunto al chófer sobre el cambio de paisaje en Bakú. Preparado para oír la habitual perorata contra el gobierno, simplemente se encoje de hombros y añade: “Sabemos que el dinero no es para nosotros”.

Fotos: portada, (cc) kvitlauk/Flickr; texto, © Andrew Connell.