Cracovia: Un recorrido por la islamofobia en Polonia

Artículo publicado el 19 de Enero de 2016
Artículo publicado el 19 de Enero de 2016

Muchos polacos temen una “islamización” del país y sólo una cuarta parte de la población dice aceptar a los musulmanes. Aunque la verdad es que, en la católica Cracovia, de sus 761.000 habitantes, sólo unos pocos cientos creen en Allah. Hemos hablado con quienes dicen "No a los refugiados", con quienes luchan contra esta tendencia y con una polaca de 20 años que se ha convertido al Islam.

A pocos cientos de metros del elegante Rynek Główny, la plaza pública del mercado que se destaca de la vieja ciudad, algunos señores indios de religión musulmana observan confundidos un edificio amarillo. Están en Cracovia por negocios y, al ser viernes, quieren rezar. Hace unos días encontraron en Internet la dirección de una mezquita y han decidido visitarla. Sin embargo, una vez que han llegado al lugar, delante de ellos sólo encuentran un edificio anónimo con el portón cerrado.

Después de una espera algo larga, un muchacho de aspecto medio-oriental atrae sus miradas. Se dirige hacia el portón y lo abre. Deciden seguirlo y tras bajar al sótano y atravesar algunos pasillos estrechos, llegan a un cuarto húmedo y oscuro en el que una docena de personas están rezando. En Cracovia los lugares del culto para los musulmanes tienen estas características. Además, este centro musulmán ha decidido quitar su letrero tras el aumento de las agresiones contra los fieles. Hace algunos meses, las paredes del edificio que alberga el centro fueron cubiertas de leyendas ofensivas e islamofóbicas, que hablaban de una nueva guerra “infiel”, en referencia a la batalla austro-turca que tuvo lugar en Viena en 1683, cuando los polacos lucharon contra los otomanos.

Hay quienes dicen no, quienes tienen miedo y quienes se entrenan

Hay en Cracovia un creciente clima de miedo, con una escalada de actos xenófobos sin precedentes. "Te dan a entender claramente que no eres bienvenido", me explica Ibrahim, una guía turística egipcia que se mudó a Polonia en 2011 después del inicio de la Primavera árabe y los conflictos en El Cairo. Ella espera que la situación de Egipto se estabilice para poder volver a casa y evitar que sus hijos "crezcan en este clima de sospecha".

Después de las masacres en París, Łukasz Wantuch, consejero municipal de la ciudad, organizó junto con otro activista una sentada en respuesta a la gran manifestación promovida por los partidos de derecha para invitar al gobierno polaco a decir "No a los refugiados". "Inmediatamente pensé que lo justo sería pedir a mis conciudadanos que permanecieran unidos contra la islamofobia y, sobretodo, que no confundieran a refugiados con terroristas. Así que hice un llamamiento vía e-mail a mis contactos, preguntándoles si estaban interesados en organizar juntos una manifestación", cuenta el consejero. "La mayoría no tuvo el coraje, temían ser agredidos por los simpatizantes de la extrema derecha. Al final fuimos menos de 25 personas, mientras que el desfile contra los inmigrantes estaba lleno de gente. Teníamos miedo, la policía nos tuvo que escoltar. Hasta mi ex esposa estaba preocupada por mí". Sonríe un segundo, luego vuelve a estar serio. "Teníamos en mente algunos proyectos para promover en las escuelas la cultura de la bienvenida. Pero ahora no es el caso. Debemos permanecer en silencio y esperar tiempos mejores".

Uno de los principales agentes de la campaña contra los refugiados es la división local de Mlodziez Wszechpolska (Juventud de Polonia, n.d.r.), una organización nacionalista afiliada al Ruch Narodowy (Movimiento nacional, n.d.r.), una agrupación de derecha con varios representantes en el Parlamento. Me encontré a uno de sus líderes en un bar del centro. Szymon Kasinski es un joven ingeniero informático con ideas firmes: "Donde no hay homogeneidad étnica, hay terrorismo". Durante la entrevista me repite esta frase varias veces, como si fuera un mantra. "Mira lo que ocurrió en Francia y Bélgica: Todo por recibir a los refugiados. No permitiremos que lo mismo suceda también en Polonia".

Su partido organiza el entrenamiento paramilitar, inspirado en el conservadurismo nacional de Orban, y sueña con una alianza estratégica con Hungría, Eslovaquia y Rumanía. Cuando le pregunto a Kasinski qué piensa de los miles de sus jóvenes compatriotas que cada año abandonan Polonia y del hecho de que Gran Bretaña albergue casi el mismo número de polacos que Cracovia, resuelve el asunto alegando que ellos "trabajan para luego poder volver a su patria y fortalecer la nación, no para establecer un califato".

“Algo está muy mal”

Las posiciones de Mlodziez Wszechpolska (Juventud de Polonia) no reciben el apoyo sólo de una minoría. Según un estudio de 2015 sobre la actitud de los polacos hacia el Islam, únicamente un cuarto de la población dice aceptar a los musulmanes. Aunque la realidad es que en la católica Cracovia, de 761.000  habitantes, sólo unos pocos cientos creen en Allah. No asombra, por tanto, que sólo uno de cada ocho adultos (el 12%) haya conocido personalmente al menos a un musulmán. Adam Bulandra, uno de los organizadores de Interkulturalia —un festival que cada año trae a la ciudad arte y cultura de todo el mundo— considera que en la base del problema hay una "inmensa apatía cultural: Miles de personas son política y socialmente pasivas".

“Algo está muy mal. Y lo que es más espantoso es que el Holocausto se perpetró a solo 60 kilómetros de aquí”, dice un activista local que pide permanecer anónimo. Su postura es sostenida por Konrad Pedziwiatr, profesor de la Universidad de Cracovia y gran experto en dinámicas sociológicas relacionadas con las migraciones en Europa del este, quien apunta a la desinformación en los medios polacos: "Las noticias de Oriente Medio son cubiertas por periodistas que no tienen las capacidades apropiadas para hablar de ellas", sostiene el profesor, "y esta ignorancia influencia la manera en la que la gente vive la presencia de los extranjeros. No nos equivocamos al afirmar que en Polonia los musulmanes son los nuevos hebreos".

Si bien muchos musulmanes intentan mantener un perfil bajo y algunos incluso tienen miedo a salir sin ser acompañados, hay quienes consideran la fe un motivo del orgullo. Como Kamila Dudkiewicz, una veinteañera que se convirtió al Islam después de un año de servicio voluntario en los campos de refugiados de Jordania. Me encuentro con ella en un bar cerca del barrio hebreo, visitado principalmente por 'hipsters'. Entre un pedido y otro, la camarera lanza una mirada al velo azul que oculta su cabello.

"Después de mi conversión perdí aproximadamente 400 contactos en Facebook. Alguien me preguntó si realmente quiero ser quemada viva como las mujeres afganas", Cuenta Kamila. "Hay mucha ignorancia sobre el Islam, pero tengo valor y quiero que los ciudadanos de Cracovia conozcan a través de mí la verdadera cara de mi religión". Sin embargo cuando le pregunto si ve su futuro en Cracovia, me responde algo sorprendente: "Me iré de Polonia. Quiero viajar y luego establecerme en un país donde no vean a los musulmanes como un grupo de terroristas".

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Este artículo es parte de la serie de reportajes EUtoo 2015, un proyecto que busca contar sobre la desilusión de los jóvenes europeos, financiado por la Comisión Europea.