Crónica de una catástrofe anunciada

Artículo publicado el 4 de Mayo de 2008
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 4 de Mayo de 2008
El día siguiente a las elecciones políticas en Italia mi cuenta de e-mail se vio saturada por la llegada de mensajes llenos de decepción, de incredulidad, de desprecio (por la Italia de Berlusconi-Bossi) y de resignación frente al resultado obtenido por el líder de centro-derecha Silvio Berlusconi, en la escena política desde hace 15 años.

En realidad la cuestión de las elecciones del 13 y 14 de abril ya se había comentado por los observadores políticos que, a lo sumo, se imaginaban que sería un partido nulo, que daría lugar a lo que en Italia se conoce como “inciucio” (o lo que es lo mismo, una denominación peyorativa para un acuerdo preelectoral), en teoría un “Verlusconi” tipo frankenstein.

Otro pronóstico que yo también compartía y que, por el contrario, se ha desmentido puntualmente, era la alta tasa de abstencionismo; Italia no ha cedido a las sirenas de la antipolítica y ha demostrado que el voto es el único instrumento que nos queda para cambiar las cosas. De ahí mi idea de citar a Saramago y la revuelta de las papeletas blancas en el “Ensayo sobre la lucidez”. Pero mi tentativa ha fracasado miserablemente, al igual que mi teoría personal sobre el aspecto “antipolítico” (o también antidemocrático) de la abstención.

Sin duda alguna, nadie, ni por supuesto yo misma, habría apostado por la victoria del “de nuestra casa” de Obama, ya que la decisión de traducir literalmente el eslogan demócrata “yes we can” dejaba ver una catástrofe anunciada (la traducción italiana “si può fare” – “sí podemos” – pierde bastante el entusiasmo del lema americano).

Los dos años de gobierno de Prodi no han sido borrados por el autobus de Walter (Veltroni, siguiendo siempre el modelo americano, ha visitado todas las provincias italianas en un autobús que se ha convertido en el símbolo de la campaña electoral del PD – Partido Demócrata). Las palabras llenas de bellas promesas son fáciles de llevar a bordo, pero el lastre formado, por orden, por: las luchas intestinas, las reformas poco numerosas e incoherentes (liberalizaciones), las reformas fallidas (formación, precariedad, seguridad social, justicia, ley sobre el conflicto de intereses por no citar más), fue demasiado pesado para el motor del PD.

Puede que Veltroni fuera el hombre exacto en el 2006, puede que en aquel momento los italianos, hartos del eterno protagonismo de Berlusconi, creyeran en sus promesas y que un cambio fuera posible.

Pero los “si” no hacen la historia, y si algo seguro queda ahora es que Italia, que se declaró harta de Berlusconi hace apenas dos años, ha cambiado de opinión.

No es fácil encontrar una razón al hecho de que Le Figaro y La Repubblica lo hayan definido como “El eterno retorno del Caballero”;  un Berlusconi que, por lo demás, ha perdido bastante de su esplendor de antaño en estos últimos meses, y que ha llevado su campaña electoral bajo la línea de un realismo poco habitual (según el Corriere Della Sera “sin barita mágica”).

Yo, como estudiante Erasmus rodeada todo el día de extranjeros, soy víctima desde entonces del cachondeo general y no puedo llegar a otra conclusión que la inevitable “me avergüenza ser italiano”. Porque la carga la llevamos todos juntos; y si se trata realmente de una carga, no es más que el resultado de una mentalidad por mucho tiempo expandida en Italia, de una forma de ser, me atrevería a decir, de la que nadie puede escapar.

Berlusconi es Italia, el país donde se ríen de ti si estudias mucho, si no ligas mucho si eres un tío o si ligas mucho si eres una tía; donde “ser una chica femenina y dotada” es un oxímoron; donde nadie piensa que de verdad haya nada que “incitar” (la expresión italiana “metterci una buona parola”- “soltar una palabra a favor de alguien” -  es suficientemente elocuente); donde estudiar diariamente no dispersa la bruma sobre mi futuro.

Esta italianidad mal escondida durante los años de gobierno de DC (Democracia Cristiana) explotó en 1994, con la famosa reentrada del antiguo nuevo hombre, la vieja anomalía de la escena política italiana es desde entonces una constante, apenas un salvador de la patria.

Pero más allá de mi tosco análisis sociológico, la presencia de Berlusconi llena un vacío, responde a la ineficacia de una clase política más “tradicional”; Berlusconi comprende en cada momento las inquietudes y las necesidades del pueblo, a día de hoy las promesas que no se tuvieron en cuenta y simplemente deseosos de volver a lo anterior, es decir, a lo menos malo.

El voto popular ha llevado al país a través de una nueva era, Berlusconi 3, en la que el paisaje político del país ha sido transfigurado: por primera vez en la historia de la República los dos partidos protagonistas de la lucha antifascista, los socialistas y los comunistas, no están en el Parlamento, registrándose una disminución de votos inesperada. Paralelamente, un partido tradicionalmente extremista, de vocación antisistema y racista, la Lega Nord de Humberto Bossi, se reveló decisivo para la victoria de Berlusconi, tornasol de una Italia asustada y reaccionaria.

Los escenarios posibles en esta nueva conformación del hemiciclo italiano se han debatido y agotado, creo, a lo largo de la conferencia-debate del 16 de abril en Sciences Po en París, organizada en colaboración con la universidad Luiss Guido Carlo de Roma, en la que participaron Ilvo Diamanti, J.P. Fitoussi y Marc Lazar entre otros.

Lo más interesante de lo que se habló, además de los innumerables problemas a los que deberá responder el gobierno, desde la basura en Nápoles ante la ausencia de una red de servicios sociales hasta el crecimiento cero, ha sido la reflexión sobre la ausencia de un debate sobre Europa en la campaña electoral.

Ninguno de los dos candidatos habló ni de Constitución, ni de federalismo, ni de reforma de la política agrícola alguna.

El anuncio, sin embargo, de que Franco Frattini (vicepresidente de la Comisión de la UE) será nombrado Ministro de Asuntos Exteriores hacía esperar un cambio con respecto a los años 2001-2006, cuando las invitaciones sistemáticas del patrón-Berlusconi a su palacio de Arcore a Geroge W. Bush y su familia habían alejado inevitablemente a Italia de los palacios de Bruselas.

Una cita de Napoleón nos recuerda que la política internacional de un país depende de su situación geográfica; y puesto que Italia se encuentra geográficamente en las afueras de Europa, su papel marginal sobre el tablero europeo será inevitable, a pesar de su papel clave, ya mencionado, en la construcción europeísta jugada por italianos ilustres como Spinelli y también De Gasperi y Andreotti (que evoca una silueta inquietante).

Brevemente, ¿es Italia un invitado realmente silencioso en la residencia Europa? Y Berlusconi, ¿sabrá responder favorablemente a la petición que Ezio Mauro (director de La Repubblica) le hizo de comenzar de una vez a gobernar por los intereses del país?

Y en Bruselas, ¿Sabrá librarse nuestro nuevo número uno de las burlas y la desconfianza general ayudando al desarrollo del proyecto europeo?

A vosotros, lectores, os toca responder.