Cuando la “chusma” decide hacer política

Artículo publicado el 10 de Noviembre de 2005
Artículo publicado el 10 de Noviembre de 2005

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Más de 6.400 de coches quemados, 1.600 detenciones, 100 edificios públicos incendiados y toque de queda en las zonas sensible. Desde hace 14 días, Francia paga su fracaso en sus políticas de integración.

“Lo más duro es la caída”. La frase colofón de la película de culto sobre los suburbios parisinos El Odio, estrenada en 1995, resuena ahora en nuestros oídos como una profecía: ahora parece el engranaje republicano de integración de inmigrantes se ha oxidado, generando sólo desigualdades. En 1999, cerca de 4,3 millones de inmigrantes residían en Francia. Y aunque se otorgue la nacionalidad francesa de modo automático a todos los que hayan nacido en dicho país, reina una verdadera segregación en la patria de los Derechos Humanos. Un país en el que la inmensa mayoría de franceses de “origen extranjero” vive separada del resto de sus conciudadanos: en unos guetos-suburbio que se alzan como cinturones de miseria alrededor de las grandes ciudades galas.

Libertad, igualdad y fraternidad

Para los jóvenes de este “tercer mundo” francés, el modelo de integración con salsa republicana tiene un regusto bastante amargo. Ellos, cuyos padres sirvieron de mano de obra barata durante los Treinta años Gloriosos, esas tres décadas de prosperidad económica tras la segunda guerra mundial, viven hoy azotados por una tasa de paro endémica, hasta dos veces superior a la media nacional, y sin otro horizonte de la precariedad de los empleos mal remunerados y la delincuencia. Es una injusticia tanto más flagrante cuanto que la representación política de esta población de raíces mestizas resulta inexistente: no hay un solo diputado o senador cuyos orígenes se sitúen en el Magreb o el África subsahariana. En este aspecto Francia acumula un enorme retraso en comparación con sus vecinos europeos. Hay 4 diputados de origen turco en el Bundestag alemán y 15 diputados de origen pakistaní, antillano o africano en el Reino Unido. Política, judicatura, altos funcionarios: las minorías se encuentran casi ausentes de toda función dirigente en el país galo.

A todo esto hay que añadirle la debilidad política de un Chirac frente a sus asuntos de tribunales y un gobierno paralizado por luchas intestinas que oscila entre el mutismo presidencial y pequeñas provocaciones de su Ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, siempre dispuesto a hablar de “mano dura contra la chusma”. No sea que, privados de todo medio de expresión, los “gamberros” se decidan a hacer política. Con todo, fue la muerte accidental dentro de una sala de transformadores eléctricos de dos jóvenes perseguidos por la policía en los suburbios de París la que encendió la mecha de estos altercados.

Ampliación del campo de batalla

El fracaso de integración de inmigrantes no constituye, sin embargo, un monopolio francés. El comunitarismo tal y como se promueve en el Reino Unido también experimenta reveses. Aunque la diversidad de su sociedad multiétnica se refleje hasta en sus más altas instituciones, los atentados de julio pasado en Londres y los violentos disturbios de Birmingham en este mes de octubre, han puesto de manifiesto los límites de este sistema. Sus comunidades nunca se mezclan y el racismo entre todas ellas es de niveles altísimos.

En Holanda, desde los asesinatos de cineasta Théo Van Gogh y del líder populista Pim Fortuyn, el modelo de integración también se ha visto cuestionado. En los suburbios de Rotterdam y Ámsterdam, las condiciones de vida de marroquíes y surinameses son idénticas a las de los suburbios franceses. Económicamente desfavorecidos, sus relaciones con la sociedad neerlandesa –tan tolerante en el pasado- son cada vez más tensas.

Si no marca el inicio de la concienciación de todos los gobiernos europeos en cuanto a la urgencia de resolver los retos de integración de inmigrantes en nuestras sociedades, las revueltas de los suburbios franceses no serán sino la antesala de problemas aún mayores.