Cuando la Historia deja de servir

Artículo publicado el 9 de Mayo de 2005
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Artículo publicado el 9 de Mayo de 2005

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El proyecto europeo no puede seguir legitimándose a partir de la paz ya consolidada. Mientras que para ciertos políticos la guerra explica la razón de ser de la UE, para la eurogeneración, la Segunda Guerra Mundial no es sino Historia.

“No olvidéis que esto sucedió. No, no lo olvidéis; grabad estas palabras en vuestro corazón”. Así lo subraya Primo Levi en su obra Si esto es un hombre. Hoy, el 60° aniversario del fin de la II Guerra Mundial y de la operación de exterminio de varios pueblos por los nazis es una excelente ocasión para recordar a las víctimas y los horrorosos acontecimientos. Para todos los países ex-aliados, ex-fascistas y ex-colaboradores, el hecho pedagógico de explicar la pesadilla vivida es una obligación que tiene como fin no volverse a repetir. Pero hay muchos países europeos que no participaron en la Segunda Guerra Mundial, como Irlanda, Suecia o Portugal.

España no sufrió la Segunda Guerra Mundial

Es el caso también de España, un país que fue parcialmente neutral, pero en el que hubo también mucho sufrimiento antes, durante y después de esta guerra mundial. El dictador Franco había ganado la guerra civil en 1939, a pesar de un infructuoso golpe de Estado en 1936, gracias, en parte, a la ayuda germano-italiana (por ejemplo, en el bombardeo de Guernika por las fuerzas aéreas alemanas en abril de 1937). Como dice Stefan Zweig en El mundo de ayer, España fue el último lugar donde la democracia se defendió casa por casa. La democracia fue abandonada por Francia e Inglaterra, que respetaron con escrúpulo el derecho de no ingerencia en los asuntos internos, mientras que Alemania e Italia suministraron equipamiento militar a Franco, y la Unión Soviética ayudó al bando republicano a cambio del oro del Estado español. El fin de la guerra mundial en 1945 aportó a la resistencia española ciertas esperanzas de deshacerse de la dictadura de Franco. Sin embargo, a España se le denegó la ”liberación”, y se le condenó a 30 años más de autoritarismo para asegurarse de que no se volviera comunista.

Con la ”liberación” de los americanos en 1945, la cooperación estrecha entre ciertos pueblos europeos se revela necesaria para evitar los conflictos armados, así como para hacer más eficaz la ayuda del Plan Marshall en toda Europa. El reclamo de paz de unas generaciones cansadas de guerras y la bonanza de los “30 años gloriosos”, permiten reconstruir una vida destrozada y servir un proyecto europeo ambicioso. Pero la “paz entre pueblos” no será el objetivo de los países que después se adhieran a la CEE (Comunidad Económica Europea). Gran Bretaña, empobrecida después de la Segunda Guerra Mundial, buscará un mercado amplio, mientras que la España de los años 1980 se asegurará no sólo un mayor bienestar sino la paz en su interior y entre los pueblos que la integran.

Reconstruir la conciencia europea o morir

A menudo se utiliza la paz como razón de ser de la Unión Europea. Es como si por el hecho de desear la paz en Europa uno se convirtiese enseguida en europeo y en europeísta. Hasta los años ochenta del pasado siglo, el proyecto europeo se ha nutrido de esta necesidad material y mental de paz. Sin embargo, hoy se trata de (re)construir una verdadera conciencia colectiva europea a fin de ir más allá en este proyecto, con lo que este argumento de pacificación ya no tiene más utilidad política. Hoy vivimos en paz y las nuevas generaciones difícilmente saben revivir lo que fue la barbarie de hace 60 años. Esto nos lleva a pensar en un doble peligro: por una parte, la falta de argumentos de los políticos de hoy para fortalecer la UE puede poner en peligro el mismo ambicioso proyecto. Por otra parte, el paso del tiempo y las nuevas realidades nos retan día a día a no caer otra vez en la barbarie, a pesar de que sea de forma y naturaleza diferentes. La paz deja de ser, por tanto, una razón para aquellos que defienden Europa, dado que en realidad el ciudadano europeo no percibe el peligro de guerra y en cambio escucha de los políticos la importancia creciente de la diversidad dentro de la UE. En los últimos tiempos, el discurso de los políticos nacionales sobre Europa subraya la diversidad cultural (“unidad en la diversidad”) existente a través del principio inmaculado de la “subsidiariedad” instaurado en 1992. De ahí que el querer encontrar una identidad común en los hechos pasados, como la guerra, se muestra insuficiente, y más cuando muchos de los países de la UE de los 25 no han sufrido esta guerra.

“Quatsch!” (estupideces), es lo que pensaba Hermann Göring, comandante en jefe nazi de la armada del aire, negando sus responsabilidades en las atrocidades hechas durante el III Reich. Hoy, sin embargo, las masacres aún se repiten. Hace poco, hemos visto dos genocidios: de lejos, el de los tutsis por los hutus en Ruanda en 1994, y de cerca, el de casi 8.000 musulmanes por los serbios en Srebrenica en 1995. Dentro de la UE repetimos el mensaje de trabajar juntos para la paz cuando de hecho ya la hemos conseguido, pero fuera no conseguimos defenderla. El argumento pro-europeo de la paz perpetua no es suficiente para profundizar en la Unión Europea y resulta ineficaz para su defensa en el exterior. De este modo, en el siglo XXI, la UE tiene que apostar por la materialización y el desarrollo de una conciencia colectiva europea con un verdadero proyecto político que proponga a los conciudadanos europeos volverse actores de su propio destino, y no espectadores de una Historia hoy ya demasiado alejada.