Cuando ser un macho no siempre es bueno...

Artículo publicado el 27 de Septiembre de 2011
Artículo publicado el 27 de Septiembre de 2011
En principio, es imposible que un europeo hable sólo su lengua materna, puesto que en casi todos los idiomas del viejo continente podemos encontrar una, dos o más palabras de otras lenguas europeas, que en parte se adoptaron sin (casi) ninguna modificación previa.

El principal motivo para la incorporación de vocablos es que una nación desarrolla un nuevo concepto, para el cual los demás países no tienen una palabra (aún). Eso fue lo que sucedió con la archiconocida “Kindergarten”, actualmente extendida por toda Europa: surgió en Alemania y se exportó a Inglaterra y después a Italia. Los diligentes británicos explotaron el concepto y ya hablan también de “to kindergarten” y de “kindergartner”.

Las palabras suelen aceptarse tal cual, sin modificaciones, sobre todo si su nación de origen destaca en un determinado ámbito y otras naciones la imitan. De este modo, los idiomas europeos se enriquecieron en el pasado con términos musicales italianos (por ejemplo, “piano” o “adagio”) y vocabulario militar francés, como “batería” (tropa de artillería) y “brigada” (unidad militar), además de tecnicismos alemanes como “Wirtschaftswunder” (milagro económico), que designa un rápido desarrollo económico, y “Volkswagen” (furgoneta pequeña). En la actualidad, se difunden sobre todo expresiones inglesas del mundo de la informática, como “bit” y “bug”, así como de la gestión empresarial, como “mánager” y “marketing”. En cuanto a la cocina, también hay términos internacionales en el menú: casi todo el mundo conoce el “smørrebrød” danés, los “wurst” y “brezel” alemanes, la baguette y el café franceses, la pizza y la pasta italianas, el pierogi polaco, el vodkaruso…

Dado que los préstamos proceden en su mayoría de áreas en las que la nación exportadora es o fue innovadora, con frecuencia representan (supuestamente) particularidades de su lugar de origen. Éstas pueden ser favorables, como por ejemplo cuando los europeos utilizan la palabra rusa “intelligenzija” para referirse a la élite intelectual; los italianos y franceses emplean la palabra inglesa “week-end” para el tiempo libre del fin de semana y la británica Bridget Jones usaba en la película el término intelectual alemán “Zeitgeist” (filosofía que caracteriza una época). Pero los términos exportados no siempre transmiten una imagen positiva. Por ejemplo, muchos europeos utilizan “paşa” (pachá), procedente del polaco, o “macho”, del español, para denominar a un chovinista; o, todavía peor, la palabra rusa “pogrom” para la persecución masiva de las minorías. También los alemanes reciben lo suyo: los daneses hablan del “Bundesliga-hår” (“pelo de la Bundesliga”), un corte de pelo característico de la liga de fútbol alemana; los británicos, del german angst (la vacilación típica de los alemanes); los suecos, de los irritantes “besserwisser” (sabiondos); los checos, de los “hochstapler” (estafadores), e incluso los franceses, orgullosos de su propia lengua, de la amenazadora “waldsterben” (muerte de los bosques).

Entre los idiomas europeos hay un toma y daca continuo, aun cuando su función difiera: pueden ser activos (el inglés y el alemán son importantes exportadores) o receptivos (caso aparte es el francés, que intenta frenar al máximo la entrada de extranjerismos).

Sin embargo, en su viaje por Europa las palabras no siempre se mantienen intactas y por lo general el acento termina en la sílaba incorrecta, como mínimo. Esto sucede en inglés con el término francés “cul de sac” (callejón sin salida); a diferencia del original, se pronuncia la “l”. También son comunes los cambios de significado, que pueden llegar a ser bastante picantes. Los noruegos utilizan los términos alemanes “Vorspiel” y “Nachspiel”, pero no para referirse a los preliminares o a las caricias post-coitales, sino al consumo de alcohol antes y después de salir de fiesta. Así que...¡ojo con los extranjerismos!

Ilustración: ©Henning Studte/http://www.studte-cartoon.de/