¿Cuánto le queda al “Estado del Bienestar” europeo?

Artículo publicado el 16 de Junio de 2004
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Artículo publicado el 16 de Junio de 2004

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Los debates sobre la reforma del Estado del Bienestar preocupan a los ciudadanos de Europa. Determinados cambios fortalecen este sentimiento. No obstante, resulta prematuro proclamar la muerte del sistema del bienestar.

«Estamos ante el ">final del Estado del Bienestar tal y como lo conocemos». Lo dijo Bill Clinton pero hubieran podido ser palabras de cualquier político europeo. El empeoramiento de los síntomas de crisis durante la última década ha avivado los debates nacionales al respecto. Se acabaron los tiempos de las pensiones aseguradas, contrariamente a lo que aseguraba hasta no hace mucho en los 90’ quien fuera ministro alemán de Trabajo, Norbert Blüm. Los sindicatos hablan de «recorte evidente»; los empresarios, por su parte, temen la caída de la atractividad europea. Lo que queda claro es que, mientras tanto, los sistemas de protección social son objeto de extremadas presiones. Y es que la globalización creciente conlleva una competencia más enconada, el paro aumenta deprisa en ciertos sectores de actividad y la evolución demográfica europea augura una transformación fundamental de la estructura familiar.

Tres clases de Estado del Bienestar en Europa

Si bien los Estados del Bienestar europeos comparten el apremio por la adaptación, Los debates en el seno de cada país difieren. Hablar de modelo europeo de Estado del Bienestar puede conducirnos a equívoco. Los sistemas nacionales son muy diversos, la evolución de cada cual a lo largo de un siglo ha sido muy dispar. Sobre esta observación se basan los trabajos del sociólogo danés Esping-Petersen, cuando sostiene que existen en Europa 3 tipos diferentes de Estado del Bienestar..

Activos, pero pobres

El Reino Unido es el paradigma del llamado modelo anglosajón. Si por un lado su tasa de paro no supera el 5%, las prestaciones de su Estado del Bienestar, financiadas básicamente a través de impuestos, son tímidas. Al final, los ciudadanos se ven empujados a suscribir seguros privados, pues las prestaciones estatales no van más allá de la simple ayuda social. La existencia de una amplia oferta de trabajo de bajo salario constituye la condición imprescindible para la rápida reacción del mercado de trabajo, algo que promueve de por sí la inconsistencia del Estado del Bienestar. La otra cara de la moneda: una capa de la población –la inferior- que se empobrece cada vez más –«working poor»- y que vive con lo mínimo. Dada la gran flexibilidad del mercado de trabajo y el débil peso financiero del sistema social, la adaptación a condiciones estructurales nuevas se hace posible sin reformas, corolario todo de la tradición crítica respecto del Estado y de la cultura de la era Thatcher durante los años 80’.

Una solidaridad medalla de oro

En Escandinavia, los solicitantes de empleo, los enfermos y los jubilados están sujetos a un sistema social flexible. El objetivo es alcanzar la igualdad al más alto nivel –son los países en los que el Estado del bienestar se halla más desarrollado-. Junto a las ayudas de tipo financiero existe una densa red de servicios sociales al que casi todos (por no decir todos) tienen acceso, como por ejemplo las plazas gratuitas de guardería para todos los niños en edad durante todo el día, o préstamos para la financiación de estudios con independencia de la renta familiar. A pesar de todo esto, la tasa de paro es muy baja (4% en Suecia, 5,1% Dinamarca) y la tasa de incorporación laboral de la mujer, una de las más elevadas. Sin estos últimos datos, un Estado del Bienestar tan generoso no sería sostenible; incluso si –y de esto se quejan muchos escandinavos- el peso de los impuestos es grande. La igualdad pide ser financiada por la solidaridad. Ahora, debido a los elevados gastos del Estado del Bienestar durante los años 90’, las reformas se han hecho imperiosas: los escandinavos, mimados por el Estado social, empiezan a contentarse con menos prestaciones sociales y una contribución económica personal más alta.

Prevalencia de la libertad sobre la igualdad

Alemania, Francia e Italia son considerados representantes del Estado del Bienestar continental, también denominado “conservador”. Se trata de un modelo intermedio entre el generoso modelo escandinavo y el -un tanto roñoso- angloamericano. Su ambición no es tanto la igualdad de todos, sino la conservación de un nivel adquirido gracias al desempeño de una actividad económica. Por este motivo, las prestaciones sociales están íntimamente ligadas a las cotizaciones individuales durante el periodo de actividad. De modo que los sistemas sociales se hallan financiados en gran medida por las aportaci0ones de los cotizantes. El riesgo consiste en que la base financiera del sistema se viene abajo en periodos de desempleo elevado como los actuales en Alemania (9,7%), en Francia (9,4%) o en Italia (9,1%).

Estos sistemas «conservadores» son precarios con bajas tasas de actividad, de modo especial respecto de la mujer. El clásico reparto de papeles entre géneros –los hombres a trabajar y las mujeres a criar hijos y a ocuparse de las tareas domésticas- sigue imperando. Visto lo cual, en Alemania y en Francia, bajo gobiernos de signo izquierdista, han sido instituidos programas de apoyo a la inserción laboral de jóvenes y de mujeres en paro (teniendo en cuenta que el 94% de estas últimas desea trabajar y sólo el 48% lo logra). Cabría añadir, además, la necesidad de reforzar el peso de los seguros complementarios.

Cada modelo presenta ventajas e inconvenientes: una gran cohesión social viene acompañada de fuertes imposiciones fiscales; en un Estado del Bienestar ligero de peso la desigualdad de rentas se dispara; en la Europa continental es el paro el que plantea problemas. Pero por encima de las diferencias, todos esperan, durante los próximos años, la llegada de profundos cambios. En vano esperan algunos ciertos trasvases de soluciones entre modelos, pues la evolución depende de cada cual, y sólo cabe esperar que la justicia social no pierda peso en la tradición europea.