Cuestión de eficacia

Artículo publicado el 29 de Marzo de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 29 de Marzo de 2004

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Las capitales no pueden seguir restando poder a Europa y a las regiones. La política ha cambiado y la alternativa se llama macrorregión.

Asfixia, eso es lo que padece la Europa del 11-M, la de la crisis económica y de la "no-constitución". Una asfixia crónica, que padecen también todos los proyectos europeos, que no se atreven a salir de las viejas cajas de los confines nacionales que los mantienen recluidos.

A problemas europeos, gobierno europeo

Sin embargo, dado que la política no consiste en otra cosa sino en el poder, es imposible no reconocer que la soberanía nacional se encuentra en crisis.

Los estados no pueden responder por sí solos al terrorismo internacional de Madrid, ni al estancamiento de la zona euro ni a la reorganización constitucional de las instituciones de la UE, precisamente porque fue por este motivo por el que se creó la UE. Sin embargo, la Europa de hoy, cuya esencia sigue siendo intergubernamental, está bloqueada, ya no funciona. Doscientos muertos de un sólo golpe son demasiados. Un aumento por debajo del 1% es inaceptable. Y un parón de cuatro años en el proceso consitucional ponen los pelos de punta. Pero el problema no es Europa, sino los Estados. Si todos los grandes temas de actualidad (del terrorismo a la inmigración, del medioambiente a los cambios internacionales) tuvieran alcance a nivel europeo, no podríamos seguir permitiéndonos pensar que estos problemas sólo se dan en las capitales.

No podemos renunciar a una Europa federal, ni a un gobierno europeo liviano, dotado de competencias limitadas por una carta magna aprobada por los pueblos europeos y, en especial, un gobierno elegido democráticamente.

Dar una nueva dimensión al Estado-Nación

El hecho es, sin embargo, que el impulso a la europeización de la política no puede estar disociado de la dinámica inversa, a saber, de la regionalización. No sólo para acercar las instituciones a los ciudadanos e impulsar la participación sino también para poder abordar cuestiones sociales de contenido dramático que, de otro modo, siempre acaban siendo cuestiones regionales más que nacionales.

No se puede tratar el problema del desempleo en Italia si se conocen las enormes diferencias existentes entre el Mezzogiorno y el norte de Italia. No se puede hablar de desempleo en Alemania si se sabe perfectamente que la realidad bávara no tiene nada que ver con la del este post-comunista. En este sentido, la política de cohesión desarrollada por el comisario Michel Barnier desde Bruselas va en la dirección adecuada, basándose en la redistribución de los recursos financieros a favor de las regiones menos ricas. Sin embargo, es necesario además que Europa lleve a cabo una restructuración capilar de sus competencias. Y este cambio debe ser en primer lugar un cambio mental, es decir, mediático y posteriormente, constitucional y, por tanto, político. El problema es que los estados nacionales presentan entidades territoriales demasiado amplias, valores demográficos excesivamente altos y, por tanto, realidades económicas considerablemente distintas. El modelo federal estadounidense, de hecho, funciona entre otras cosas debido a que la población media de cada estado es de 5-6 millones de habitantes. En la actual UE, en cambio, esta cifra se ve multiplicada por cinco: la población media de los 15 estados miembros es de unos 25 millones de habitantes, teniendo en cuenta también a la minúscula Luxemburgo.

Los Alpes Adriáticos: cuando las macrorregiones ya existen

Por esta razón, debemos dar una nueva dimensión al poder de los estados y crear un sistema de macrorregiones, entendidas éstas como entidades territoriales no demasiado grandes (como los Estados) ni demasiado pequeñas (como las actuales regiones) de modo que se dejen absorber por la dimensión europea. Pero, ante todo, estas macroregiones estarían dotadas de problemas específicos a los que dedicarse para poder encontrar una solución. Estamos hablando de regiones como el sur de Italia, Escocia o Gales, pero también (¿por qué no?) de la hipótesis de conjuntos transfronterizos: para liberar las energías económicas y culturales hasta ahora reprimidas y así estimular realidades ya existentes como la de la zona de los Alpes Adriáticos, situada entre regiones eslovenas, croatas, italianas, austríacas y suizas, o como la Conferencia del Rin Superior, situada entre Alsacia, Bade-Wurtemberg, Renania-Palatinado y algunos cantones suizos. Los efectos serían innumerables por la competitividad, la creación de infraestructuras y la solución de problemas económico-sociales demasiado complicados, imposibles de resolver en el ámbito de los estados nacionales.

Lo cierto es que el Estado-Nación conserva toda su actualidad debido a numerosas cuestiones, empezando por la cuestión cultural. Sin embargo, el status-quo es intolerable; es necesario revolucionar el equilibrio institucional en Europa, lo cual podría suponer el principio del fin del extrapoder de los estados nacionales. Todo es cuestión de eficacia, y de asfixia.