Damasco: La resistencia en los bastiones del régimen de al Assad

Artículo publicado el 11 de Noviembre de 2014
Artículo publicado el 11 de Noviembre de 2014

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La mayoría de los refugiados cristianos, musulmanes suníes y alawitas que han decidido quedarse en esta ciudad apoyan el régimen de Bashar al Assad. Si bien los damascenos siguen disfrutando de las prestaciones de muchos servicios básicos del Estado, no pueden rehacer su vida normal. 

“En Damasco…”, así comienzan los versos de Mahmud Darwix, uno de los más célebres literatos árabes contemporáneos, y así también comienzan a narrar muchos damascenos sus memorias, como si el tiempo y el lugar en el que viven fueran cosa de otra era. La mayoría de los que han decidido quedarse en esta ciudad apoyan el régimen de Bachar al Asad y no comparten las aspiraciones de los grupos rebeldes opositores ni la insurrección civil que tuvo lugar en el país a comienzos de 2011, en el contexto de los levantamientos árabes.

La ONU estima que más de 170.000 personas han muerto durante estos cuatro años de guerra en Siria, de los cuales 51.212 son víctimas civiles. En los últimos dos años la violencia ha aumentado considerablemente, con combates diarios y devastadores ataques entre los bandos. Los enfrentamientos se producen en cada rincón de un país en el que la guerra ha obligado a abandonar sus hogares a seis millones de personas. Dos millones se han refugiado en el extranjero.

A partir de 2012, el conflicto se expandió a dos burbujas de relativa calma, Damascus y Aleppo, dos enclaves imprescindibles, lo cual fue acompañado por un aumento de la intensidad de los ataques y un agravamiento de la situación económica de Siria. En Damasco no se encuentra a sirios que renieguen de al Assad. Es el bastión del régimen, y quienes disienten no hablan en alto, pues Siria es famosa aún por la ubicuidad de la Mujabarat, el servicio secreto.

A pesar de la prolongación del conflicto, la mayoría de las zonas bajo control régimen - con la excepción de Alepo y partes de Homs - siguen disfrutando de la prestación de muchos servicios básicos del Estado, como agua, electricidad, servicios de educación y salud, y abastecimiento de productos básicos tales como el pan, frutas y verduras, la gasolina, la calefacción o el aceite. Productos alimenticios importados, como el azúcar y el arroz son accesibles. Esto es particularmente sorprendente dada la durabilidad e intensidad del conflicto así como su carga económica - el mantenimiento de una fuerza de seguridad de alrededor de 240.000 hombres o el coste de la importación de armamento.

¿Como hace frente a estos gastos el régimen alawita? En un informe de ECFR, "Syria's War Economy", Jihad Yazigi sostiene que en el contexto del conflicto armado se ha propagado una economía de guerra. "Un número cada vez mayor de grupos en ambos lados de la división ahora cosechan beneficios materiales significativos generados por el conflicto, lo que a su vez les da un poderoso incentivo para prolongar la lucha."

Según este informe, Siria también se ha beneficiado de su riqueza relativa en recursos naturales, así como de la diversificación de su economía. El mantenimiento de la producción agrícola durante los tres años de la sublevación ha jugado un papel importante a la hora de asegurar el suministro de alimentos en las ciudades clave. El suministro de electricidad es posible gracias a que las plantas son alimentadas con gas natural, producido a nivel local y extraído de los campos ubicados en zonas de régimen.  La producción de crudo local garantizaba que el suministro de la mayoría de los productos derivados del petróleo estuviesen disponibles hasta principios de 2013.

Las explosiones sacuden ocasionalmente a Damasco. Las calles están  permanentemente controladas por civiles armados que operan con la aquiescencia del Gobierno, persiguiendo a los sospechosos y asentando puestos de control y barricadas. En Damasco uno no puede hacer una vida normal, si bien sus habitantes tienen una clara voluntad de recobrar la seguridad y la estabilidad perdidas.

Los alawitas llegaron a controlar Siria gracias a los golpes de Estado orquestados por Hafez al Assad en los años sesenta y setenta del siglo pasado. Para consolidar su poder, el régimen colocó en el Gobierno y la cúpula militar a personas de su clan. Hoy son 2,5 millones, solo algo más de un 10% de la población. Entre ellos se encuentran los miembros de la familia del presidente y algunos de los hombres de negocios más ricos de Siria, así como altos cargos del ejército y de los servicios de inteligencia. El 3 de junio se celebraron elecciones presidenciales en las regiones de Siria controladas por el gobierno. El Presidente Bashar al-Assad ganó las elecciones con el 88,7% de los votos, en unos comicios que la comunidad internacional no da por válidos.

La estrategia bélica del Ejército sirio se centra en afianzar su control sobre las metrópolis y las grandes arterias de conexión con la capital, Damasco, empujando a los rebeldes a la periferia de las urbes al tiempo que asedian las bolsas de combatientes dentro de las ciudades. En el campo abierto, los rebeldes se afanan a su vez por mantener un corredor. Recurren a ataques con mortero en las zonas limítrofes con los centros urbanos y hacen de los túneles y los francotiradores su mejor baza para compensar sobre el terreno su inferioridad ante la aviación siria. Unos 23 millones de civiles intentan sobrevivir entre estos dos frentes, algunos de los cuales no han variado más de 300 metros en los dos últimos años.

En cuanto al plano internacional, la situación ha variado considerablemente en los últimos meses debido al ascenso del Estado Islámico en la región, y particularmente en Siria e Iraq. El  18 de septiembre el Congreso de EE.UU. aprobó el plan de Obama que permite, además del ataque aéreo sobre zonas estratégicas, el envío de militares más para entrenar, asesorar y equipar a los rebeldes. (Muchos sospechan que no se puede entrenar a las fuerzas iraquíes y siriaos para lograr este objetivo específico). Cinco días más tarde, y sin previa autorización del gobierno sirio, comenzaron los primeros bombardeos en Raqqa, uno de los principales bastiones terroristas del país.

Mientras las fuerzas de la coalición siguen atacando posiciones tanto del Estado Islámico como al-Nusra, el ejército de Bashar al-Assad parece haber pasado a un segundo plano. Públicamente, el gobierno estadounidense sigue comprometido a derrotar al ISIS sin alinearse con Assad, pero si no se toma ninguna acción integral contra el régimen alawita, si la comunidad internacional permanece impasible ante sus crímenes, entonces este compromiso significa muy poco.

Mientras tanto, Damasco ha aplaudido públicamente los ataques perpetrados por la coalición de Obama para combatir a sus "terroristas". Un ministro del gobierno señaló recientemente que los ataques de Estados Unidos y de la coalición estaban "avanzando en la dirección correcta debido a que el gobierno había sido informado antes de haber comenzado los ataques a las bases del Estado Islámico, y no estaban golpeando a civiles u objetivos militares sirios." Una declaración que pone de relieve que estos bombardeos benefician al régimen y perpetuarán el conflicto sirio.