De Erasmus en el campus a la moda en Estambul

Artículo publicado el 23 de Julio de 2009
Artículo publicado el 23 de Julio de 2009

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Estambul está de moda. Esa es la conclusión a la que se llega al observar el espectacular aumento del número de estudiantes Erasmus en la treintena de universidades de la metrópoli del Bósforo. Hace pocos años pocas de sus universidades disponían de acuerdos con otros centros de enseñanza superior europeos, pero hoy casi todas sus universidades abren sus puertas a estudiantes foráneos.
Primer capítulo del relato de Harika, una estudiante Erasmus

Hace dos años y medio consideré por primera vez estudiar en Estambul. La universidad con la que me comuniqué me aseguró que tendría plaza sin problema, pues nadie quería ir allí. La razón de fondo era el temor a atentados vinculados al terrorismo islámico, el conflicto kurdo y la cercanía geográfica con Irak. Solo un año después, cuando mi instituto me concedió una de las tres plazas Erasmus, otros 11 estudiantes la habían solicitado sin éxito. Según un estudio del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD, por sus siglas en alemán), Alemania ocupa el primer puesto en movilidad estudiantil por delante de Francia y España. Mientras que en el año académico 2007-2008 alrededor de 26.000 estudiantes cogieron las maletas gracias a una beca Erasmus, mi universidad de intercambio en Estambul recibió a sus primeros Erasmus en septiembre de 2004. Tres años después, cuando vine a estudiar dos semestres, ya había 94.

La pesada burocracia de las universidades turcas me preocupaba, pero en el fondo incluso puedo considerarme afortunada, dado que los obstáculos con los que se topan los estudiantes turcos para ingresar en la universidad son mucho peores. Solo los estudiantes con mejores calificaciones en los exámenes de acceso consiguen entrar en las prestigiosas universidades de Ankara o Estambul, el resto se reparten por el país en universidades de segundo o tercer orden.

©yeditepe.edu.tr

Gucci y Prada entre los pupitres

El sistema de enseñanza superior turco está dividido en universidad públicas y privadas. Esa separación está marcada por la capacidad adquisitiva de los estudiantes o más bien de sus padres. Mientras las universidades públicas aún son gratuitas, en las privadas hay que pagar, y no precisamente poco. La Universidad de Yeditepe, donde estudio desde hace dos semestres, le cuesta a los estudiantes que no participan en el programa Erasmus ni son beneficiarios de otro tipo de beca más de 10.500 euros al año aproximadamente.

El resultado es que, por el fastuoso campus de mármol y cristal, pululan principalmente chicas con bolsos de Gucci y Prada excesivamente maquilladas, que más bien parecen muñecas. Si en algún momento se les estropea su elaborado peinado ¡que no cunda el pánico! Por solo 25 céntimos pueden arreglárselo en el servicio de señoras con una plancha a su disposición. En lo que a coquetería y vanidad se refiere, los chicos no tienen nada que envidiar a sus presumidas compañeras, sus gafas de sol son tan grandes como las suyas y visten preferentemente pantalones deportivos Adidas.

©Harika Dauth

Hasta tal punto llega la obsesión por el aspecto que una de mis profesoras turcas comentó recientemente en una clase que en su peluquería hay un tinte rubio que recibe el nombre de mi universidad debido a que es el preferido de clientas que estudian allí. La apariencia tiene prioridad, estudiar solo es importante para tener un bonito diploma en el bolsillo. Además, una pequeña anécdota, una profesora llamó la atención de un alumno Erasmus que estudiaba en la facultad de economía de mi universidad porque había investigado demasiado para redactar un trabajo. Seguramente ella habría quedado satisfecha si solo hubiera recogido un par de informaciones copiando y pegando de Internet. Me molesta pensar que esos estudiantes ocuparán en algún momento relevantes puestos en el ámbito de la economía. Ese sentimiento se refuerza cuando en la oficina del fundador y rector de la Universidad de Yeditepe, ex alcalde de Estambul conocido por su riguroso nacionalismo, se encontró hace poco un importante alijo de armas. Desde ese incidente, ha huido a algún país occidental y haría bien en no volver por un tiempo.

Las universidades de Estambul son tan diferentes como los habitantes de esta ciudad. Un ejemplo es la Universidad de Bogazisi, una de las mejores pero también una de las universidades más politizadas de Oriente Próximo que cuenta con un verde y maravilloso campus que recomiendo a potenciales estudiantes Erasmus. Otro ejemplo es mi facultad, en la que se promueve entre los estudiantes un pensamiento crítico gracias al compromiso de unos pocos profesores. Pese a que no siempre es así, al enrarecido ambiente político y al extendido plagio estudiantil, la facultad goza de prestigio. Y he de reconocer que en solo dos semestres, he escrito, leído y aprendido más, posiblemente, que en tres años de estudio en Alemania. Para mis compañeros, sin embargo, soy una empollona.

Vivir en otra cultura no solo implica aprender de otras personas, sino también conocerse y reinventarse a uno mismo. Esa es una razón para estar agradecido. De repente somos los ‘diferentes’, los extranjeros ante la puerta...

La segunda parte del relato de esta experiencia Erasmus, la próxima semana.