Después de tantas palabras bonitas

Artículo publicado el 6 de Agosto de 2007
Artículo publicado el 6 de Agosto de 2007

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¿Son los compromisos por sí solos un triunfo? Comentario al acuerdo de reforma de la Constitución Europea.

Se alcanzó un compromiso en Bruselas, y los medios aplaudieron. Sin dar importancia al contenido, el acuerdo era ya para muchos un éxito suficiente. Pero la euforia sobre el logro oculta hechos importantes. Un vistazo a la retórica oficial:

Tras una larga pausa para reflexionar, el proceso constitucional ha cobrado nueva vida. Pero hasta el comisario irlandés McCreevy critica que hubo “más pausa que reflexión”.

“La llamada Europa de las dos velocidades ya está sobre el tapete.” La idea de un núcleo favorable a una mayor integración, a la que los demás pueden unirse, es de hecho anacrónica; el contrario parece más probable: un grupo de Estados opuestos a la integración que encabezan la vuelta al Estado-Nación. A favor de esta visión juegan tanto los reglamentos excepcionales británicos como la renacionalización de hecho de la política exterior y de seguridad, así como la posibilidad, aprobada a expensas del Gobierno checo, de permitir a los Estados recuperar parte de las tareas propias de la Unión.

“Debemos llevar adelante la unificación europea”. ¿A qué sujeto se refiere esta frase?: no se precisa. Se habló mucho de una futura cercanía al ciudadano, de crear apoyos políticos de manera eficiente y de una amplia discusión pública en los últimos dos años. Sin embargo, incluso el texto en el documento sobre el tema “diálogo” suena a marketing. Tanto los ciudadanos como los parlamentos pueden influir de una manera muy escasa en las “muy eficientes decisiones” tomadas; las prácticas democráticas básicas quedan cada vez más arrinconadas.

“Los ciudadanos deben estar más involucrados”, según una encuesta del Eurobarómetro, “el 85% de los Europeos quieren más colaboración antiterrorista a escala europea”. Al parecer, se trata sólo de una Europa de los resultados. Las decisiones se toman detrás de puertas cerradas, las metas se fijan a la medida de los gobiernos.

Un prejuicio recurrente dice que la Unión Europea es un proyecto para superar la nación. Apreciado por la mayoría del espectro político liberal-izquierdista, es pregonado esporádicamente por parte oficial: se acuerda la paz para vender la Unión Europea –como paquete, se sobreentiende. La crítica (sobre todo parcial) no es bienvenida. Así, incluso el ministro de Finanzas alemán Steinbrück defiende los acuerdos secretos: “La idea de Europa es algo sobre lo que todos debemos trabajar. Así que no se deje engañar, ni haga críticas absurdas sobre agendas secretas o lo que sea que haya leído no se sabe dónde.”

¿Qué se oculta detrás de esta nebulosa idea? El hecho es este: un documento fue rechazado por dos pueblos y aún así reintroducido. “La Constitución fue ratificada por 18 Estados”; traducido, sólo hubo un par de referendos, en los demás casos los Parlamentos nacionales prefirieron aprobar el texto presentado para no ser acusados. ¿Quedó reflejada la oposición que el tratado despertaba en toda Europa? Desde luego que no.

Lo que falta es una verdadera reflexión pública. Materias para la discusión no faltan: la UE refuerza significativamente a los gobiernos nacionales frente a sus parlamentos. Sin espacio público europeo, no hay control posible del Ejecutivo. Esto provoca que la política se aleje cada vez más del discurso democrático. Ahondar en esta política, aunque sea aparentemente acertada, sirve al ejecutivo y sus intereses específicos – piénsese en los ministros del interior con su demandas, siempre iguales. Es mucho más fácil hacer triunfar estas políticas dentro de la UE.

El parlamento europeo reclama más transparencia justo a tiempo. Tal vez la integración lleve en dirección a una “post-democracia”, tal vez sea prematura, en el mejor de los casos ha sido poco reflexionada.