Dieudonné Kabongo, humor fatal

Artículo publicado el 29 de Julio de 2006
Artículo publicado el 29 de Julio de 2006
En vísperas de las primeras elecciones democráticas en 45 años en el antiguo Zaire, el humorista de origen congoleño Dieudonné Kabongo nos habla de África y de la desilusión de los jóvenes que han venido a probar suerte a Europa.

"Lo que digo es terrible", avisa de entrada Dieudonné Kabongo, antes de atacar nuestro Brunch. Éste humorista congoleño de 56 años, exiliado en Bruselas, me ha citado en un bar-restaurante africano de Ixelles, el barrio bruselense popular y de moda hoy por hoy. Tras la gran fachada blanca llena de piteras, nadie se acuerda ya del tiempo gris y lluvioso: al ambiente colorido se añaden el dulce guirigay de las conversaciones de la barra y una suave música africana de ritmos alegres. Los olores exóticos de los mafés de cordero o del yassa de pollo cosquillean en nuestros olfatos en alerta.

Mi interlocutor se deja tentar por un pescado a la plancha al pili-pili (pimiento picante africano). Antes de reunirse conmigo ensayaba su espectáculo y ahora confiesa “¡olvidarlo todo, incluso el comer!”. Esta noche, Dieudonné estará sólo sobre las tablas. ¿El tema de su espectáculo? La pérdida de raíces.

Un mecánico polivalente

¿Cómo el joven congoleño de unos veinte años, recién llegado al país sin colinqs para estudiar mecánica, se convierte en un humorista reconocido? Dejando el pescado enfriarse en su plato, Kabongo me cuenta su recorrido. El gusanillo por la escena le vino “como un virus que te roe poco a poco”.

En 1984, Kabongo se alza con todos los premios del Festival de la Risa de Rochefort con un espectáculo redactado por él mismo y titulado Desconfíen de la mosca tse-tse. Su éxito no hizo más que empezar: desde entonces, este congoleño de complexión de boxeador ha llevado sus monólogos a Canadá, Suiza o el sur de Francia. Pero como artista auténtico, Kabongo es también polifacético y no duda en mezclar géneros: en 2005 probó las delicias del cine rodando con Costa-Gavras en su película La Cuchilla. Además, anima regularmente programas en la radio belga, en los que la voz, herramienta mágica, “permite a los oyentes imaginar sus propias historias”. Con su voz cálida y hechizante, Kabongo es un narrador nato.

Reir o llorar

Mi invitado luce una camisa africana azul y blanca recubierta por una cazadora negra algo austera. Anque sea humorista, Kabongo no tiene sin embargo nada de gran cómico: su gesto es grave y el tema del aue hqblqmos, serio. Cuando le pregunto si se puede hacer humor con todo, incluida la colonización, me fulmina con una mirada oscura. “Hablo de muchas cosas en mis espectáculos, incluso de la colonización. ¡Los espectadores se ríen de todo ello, pero mis propósitos son muy duros!" Hacer reír para hacer reflexionar: tal podría ser el credo de Kabongo.

En el escenario, su actuación es contenida, comedida, y su humor, negro; incluso chirriante. Espectador descorazonado de un “África de niños soldado que ha perdido sus valores y la solidaridad, y donde se matan unos a otros como en Ruanda o en Liberia”, Kabongo ha optado por la risa. Un poco desilusionado, prosigue: “Con la colonización, el hombre negro ya no existe más que por el hombre blanco que tiene frente a él y que se presenta como modelo”.

Un paraíso construido sobre un volcán

“Un salvaje caliente por favor”, le pide Dieudonné a la camarera. Ante mi mirada perpleja, me informa que se trata de una mezcla de bissap (bebida de color rojo sangre a base de flores de hibisco y de jengibre). Interrogado acerca de Europa, o del paraíso soñado por los jóvenes africanos, su rostro se oscurece. “Actúo en una obra de teatro que se llama El aterrizaje, que evoca a todas esas personas que huyen de África para venir a Europa. Me pongo triste cuando veo a los míos huir de un continente tan bello como África. ¡África es paradisíaca, pero está construida sobre un volcán!”

Enhardecido, opina que “¡el arraigo al país debería retenernos como la ley de la gravedad! Antes que pelear para tener papeles en Europa, estaría bien que los africanos peleasen para que la situación se estabilizara en África!”. En el fondo, Kabongo, el congoleño convertido en bruselense, es un optimista. Todo su cuerpo se anima cuando confiesa su esperanza en la juventud africana de hoy, un poco perdida pero prometedora. Estos adolescentes buscavidas, él los conoce bien; se ocupa de una asociación de jóvenes en Matongué, el barrio afro de Bruselas. Según Kabongo, el modo de integración de los inmigrados en Europa no es el correcto. “¡La integración va en los dos sentidos! Ha de basarse en el intercambio. Si no, no puede funcionar” en una Europa urbana en crisis.

Le pregunto entonces por qué en ese caso él se queda en Bélgica. “Nunca he adoptado la nacionalidad belga porque siempre he querido retornar al Congo. Pero ahora tengo más vínculos aquí en Bélgica, donde trabajo y tengo mis amigos”, confiesa. ¿Cuál sería entonces el país de sus sueños? “Un país en el que el calor del sol de África no hiciera fundir la belleza de la nieve”, replica con una ligera sonrisa en la comisura de los labios. Para mi invitado, Europa y África son razón y emoción a la par y no pueden mas que encontrarse. “¡Me emociono cuando veo a europeos tocar el diembé!”, murmura a modo de conclusión.