Dios es un gánster

Artículo publicado el 21 de Febrero de 2005
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 21 de Febrero de 2005

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Dinamarca tiene en Lars von Trier a un cineasta que sabe contar obsesiones y pasiones de manera fascinante.

Desde 1983, Lars von Trier rompe los moldes del cine convencional que tanto detesta. En su película Europa (1991), un tren kafkiano recorre paisajes nocturnos en blanco y negro. Pero la Europa de Lars von Trier no es en realidad Europa, sino Alemania en 1945 que a su vez tampoco es Alemania, sino un tren sombrío. El tren simboliza muchas cosas: desde un medio de transporte hasta campos de concentración; desde la banalidad del mal hasta la falta de orientación y sentido de la acción humana. Von Trier se sirve de elementos del cine mudo alemán de los años 20, así como del cine negro, enriqueciéndolos y añadiendo sutilmente fotogramas en color, creando composiciones sorprendentes y polifacéticas. En Europa, Von Trier domina todos los registros del cine y demuestra lo bien que calcula a propósito la huida de la belleza técnica y la perfección. En su día le reprocharon cierto antiamericanismo, pero desde luego esta película no es tampoco una declaración de amor a Europa.

Pasión por las historias de padecimiento

En Europa aparece Von Trier en una breve escena bajo el papel de un judío. La elección de este papel no es casual: Von Trier creció pensando que su padre era judío, y sólo supo tras la muerte de éste que no había sido su padre. La complicada situación de su adolescencia le colmó de fobias y obsesiones. Entre otras la del miedo a volar.

El tema de la trilogía Golden heart también procede de recuerdos de la infancia: el martirio femenino con sus variaciones en tres películas muy distintas. Primero Rompiendo las olas (1997), su primer éxito internacional. La grandiosa Emily Watson representa el martirio hasta las últimas consecuencias; demasiado para algún que otro espectador a quien el final puede resultar desconcertante: tañen campanas. ¿Asume, pues, Von Trier el catolicismo? ¿O juega con instrucciones que incluyen al espectador?

Los idiotas (1998), resultó ser un experimento fílmico tan entretenido como irritante. Para ello se basó en el decálogo de principios fílmicos arcaicos que desarrolló con cuatro colegas. El "Dogma" danés animó a una generación de jóvenes cineastas a pensar de una manera innovadora. Lars von Trier grabó entonces cámara en mano y estableció con ello un método hasta entonces desconocido de intimar con los actores. El resultado es sorprendente, transgresor y también algo desconcertante.

También en Bailando en la oscuridad -el anti-musical que obtuvo la Palma de Oro-, Lars von Trier persigue a la mártir Björk con el ojo de la cámara. Los momentos mas significativos de la película son montajes musicales: de los sonidos cotidianos nace música en la mente de la evasiva Selma/Björk. El mundo que la rodea se convierte en insólitos escenarios de danza y música; secuencias que le confieren a la película una increíble expresividad.

De Europa a Estados Unidos

La creatividad y el virtuosismo fílmico de Von Trier alcanzan con Dogville (2003) su clímax (al menos de momento). Nicole Kidman examina la humanidad, representada en los habitantes del pueblucho americano Dogville. Los habitantes no se imaginan que están a prueba. Es un milagro el modo en que Lars von Trier consigue atarnos a la butaca durante tres horas mediante una escenografía teatral y un reparto de estrellas hollywoodienses que nunca aparecen como tales. Y esta vez el espectador no queda desconcertado al final: ¿o es que alguien dudaba que Dios es un gánster…?

Esta obra maestra es sólo la primera parte de una trilogía sobre los Estados Unidos que continuará este año con Manderlay. América no surge como un país concreto sino como una idea globalizada según la cual se tiene que orientar el resto del mundo, ya por las buenas o por las malas. “He escuchado hablar a lo largo de mi vida más sobre los Estados Unidos que sobre Dinamarca”, dice Von Trier, que nunca ha visitado dicho país. "Formo parte de la vida americana".

Lars von Trier afirma que ya no le gusta el cine europeo, las películas se han americanizado demasiado. Hollywood se ha convertido desde hace tiempo en un principio global y Lars von Trier analiza este fenómeno integrando sus mecanismos y cuestionándolos a la vez. Sus estrellas son una mezla internacional, sus temas universales y atemporales, pero sus medios cinematográficos son personales y con raíces europeas. Su rechazo hacia las verdades absolutas es un síntoma de su tiempo y algo que se acepta de buen grado siempre que sus provocaciones sigan siendo tan genuinamente artísticas. Sólo él sabe cómo hacerlo.