Discusiones en la barra del Europa

Artículo publicado el 16 de Enero de 2008
Revista publicada
Artículo publicado el 16 de Enero de 2008
Plaza de Europa en Rennes: algunos comercios, calles que se pierden de vista, la plaza con el nombre del continente. En el corazón de este pequeño babel asfaltado, Europa no es un sueño.

Zona urbana sensible. Encerrada entre bares y viviendas de protección oficial y una avenida ruidosa, la plaza de Europa en Rennes (capital de Bretaña) no es, ni más ni menos, que un parking. En los perímetros asfaltados de este barrio de Maurepas, encontramos un concentrado de problemas: viviendas sociales, altas tasas de paro sobre todo entre jóvenes, habitantes en su mayoría dependientes de la ayuda social…

Un modesto complejo comercial lleva también el nombre de “Europa”, al igual que todos los comercios próximos a la plaza: un bar de apuestas hípicas, una panadería, una farmacia, un locutorio, una peluquería, un supermercado. Poco a poco los comercios abandonan los muros destruidos de este barrio, la pequeña tienda de ultramarinos tampoco resiste el asalto de las grandes superficies. El Ayuntamiento intenta reanimar esta “tierra de nadie” y ha instalado una sede en el barrio, para acercar los servicios municipales a la los habitantes.

Reunión de sociedad en el bar de apuestas

Todo desaparece pero la vida continúa. En el bar de apuestas nos encontramos con diversos ejemplos de la sociedad, casi todos hombres. Jóvenes, jubilados, trabajadores, inmigrantes de segunda o tercera generación… En gran mayoría turistas y vecinos del barrio que vienen por placer: “Por que es un sitio agradable”, nos comenta un habitual. Detrás de la caja registradora, Sellam, de origen marroquí, al que dos de sus clientes –aparentemente franceses- llaman cariñosamente “camello”, a su vez les responde con un alegre “¡Bienvenidos mis queridos inmigrantes!”

En esta reunión de sociedad se habla sobre cualquier cosa. Si alguien menciona “Europa”, todo el mundo entra en el juego y nadie piensa que no tiene nada que decir al respecto. “La Unión Europea…, eso son cosas que suceden en Bruselas donde no tenemos una palabra que decir”, comenta uno.

Su opinión es apoyada por unanimidad. Aquí nos sentimos franceses, de Rennes o de la Bretaña antes que europeos. Nadie cree que el nombre de “Europa”, a la entrada de todos los establecimientos, tenga un sentido particular. Una palabra como otra cualquiera, olvidada y vaciada de contenido.

Su “Europa” de todos los días, se remonta a 1960: los habitantes de Maurepas salen de debajo de las piedras para alojar a los trabajadores que vienen del Campo o de países vecinos. Son muchos, y hay que darse prisa en bautizar las calles del barrio que dan irónico testimonio del formidable auge económico de la posguerra, guiñando, además, el ojillo a los generales americanos libertadores, a la resistencia local y a las ciudades hermanas.

La municipalidad parece querer promover el barrio como símbolo de la renovación europea, aunque el urbanismo y su propia historia dan Fe de las dificultades: pocas calles que bautizar, a lo que se suman los propios errores de concepción del barrio y de la plaza de Europa que pierde enseguida su dimensión solemne en pro de su dimensión funcional: parking a pie de calle.

Una Europa demasiado complicada

“Europa es una necesidad o una fatalidad; de todos modos no se puede dar marcha atrás”, prosiguen los habituales del bar acerca Europa, sin entusiasmo. Para ellos, Europa es, ante todo, un instrumento económico, y no político. Creen en ella pero la critican por su funcionamiento complicado. “Si un día, se convierte en algo más político, a lo mejor estaría mas interesado”, comenta Didier, el farmacéutico de la pequeña esquina de Europa.

“Es una locura, no tenemos la misma moneda ni la misma lengua”, continua un cliente del Bar. “Europa puede funcionar, yo no estoy en contra, pero haría falta armonizar las leyes”, añade alguien más desde su rincón. Quizás estos ciudadanos sean más europeos de lo que ellos creen. Gaëlle trabaja en la sede Municipal: “Esto es un poco como Babel”, afirma.

Las cifras lo confirman: el 8% de la población de Maurepas es extranjera, esto es dos veces más que la media de Rennes. Tan sólo hace falta una visita al locutorio para escuchar las noticias que llegan de los parientes de los inmigrantes que se quedaron en su país de origen. Es raro ver inmigrantes europeos. Algunos llaman a España o Portugal, e incluso a países de Europa del Este. Sin embargo la gran mayoría de los clientes son de origen africano, del Magreb en particular. Incluso en este paisaje de calles siniestras, esta plaza de Europa tiene algo de la famosa Babel donde ciudadanos y culturas diferentes se construyen una vida, los unos junto a los otros.

Fotos: Élodie Auffray