Dos días en Berlín con mi abuela polaca

Artículo publicado el 6 de Octubre de 2012
Artículo publicado el 6 de Octubre de 2012

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A mi abuela Wiesia y a mí siempre nos han separado dos generaciones. Actualmente, a esto se le suman 600 kilómetros. Como haría cualquier otra abuela, vino a visitar a su nieta y a sus dos bisnietas trilingües durante un fin de semana con motivo de su 80º cumpleaños.

Durante su vida, Wiesia no ha tenido mucho contacto con los alemanes. Cuando Polonia fue invadida por Alemania el 1 de septiembre de 1939, ella era apenas una niña con la mochila preparada para asistir a su primer día de clases. Luego, un día, conoció a un apuesto motorista de Alemania Occidental. Y más adelante, hace 31 años, hizo un viaje a Berlín en autobús desde Varsovia cargada con bolsas llenas de golosinas. La gente bailaba en Alexanderplatz, otros cenaban en lo alto del Fernsehturm y la Puerta de Brandeburgo imponía en la distancia. Sin embargo, solo vio un lado de la ciudad: literalmente el lado este. Tiempo después cayó el muro de Berlín, Polonia pasó a formar parte de la Unión Europea y ese mismo día —el 1 de mayo de 2004— yo, su nieta, crucé el puente fronterizo sobre el río Óder, en la localidad de Słubice, sin necesidad de mostrar mi pasaporte.

Fue entonces cuando Wiesia conoció a mi esposo Thomas. La primera vez que le dije que había conocido a un alemán fantástico, ella no podía creerlo. Me comunico con Thomas en inglés, pero ya que él habla muy bien ruso, cambió a polaco rápidamente para comunicarse con mi abuela. Desde entonces, se ha convertido en su adorado nieto político y Wiesia, en una gran anfitriona de los alemanes en Polonia. Posteriormente nacieron las bisnietas polaco-alemanas, en cuyo honor la abuela se encuentra ahora en Berlín.

El autobús llegó a la estación central de autobuses de la capital a tiempo. Wiesia se siente cansada después de un viaje de 600 kilómetros. De inmediato, vamos a casa. Vivimos en un Wohngemeinschaft, que vendría a ser un piso compartido. No se trata solo de gastar menos dinero, sino de vivir y cocinar juntos y compartir la vida en general. Aparte de nosotros, los otros inquilinos son una pareja polaco-alemana con dos niñas pequeñas, una polaca llamada Marta, un ilustrador de libros para niños de Singapur, el griego y un couchsurfer turco. La abuela, como es habitual en todas las abuelas, trae regalos para su familia; sin embargo, rápidamente busca en su bolso y saca presentes también para el turco y el griego. 

La bisnieta de Wiesia, Hanna.

El chico turco prepara la cena para todos. Acá usamos especias orientales que la abuela nunca ha probado y que compramos en una tienda asiática cercana. En el reproductor, suenan los Beatles; lo que siempre conecta a las personas. El griego y la abuela demoran una hora y media en la cocina. Wiesia habla sin parar, no cierra su boca ni por un momento hasta que Thomas entra y le dice en su penoso polaco: “Abuela, tu sabes que él no te entiende”. Ella contesta que él sí la entiende, sonríe amablemente y le pregunta “¿Tú tienes novia o prometida?”. Apostolis es homosexual, pero no es fácil conversar de esto con las abuelas, sin importar de qué país vengan.

La abuela habla un largo rato con Marta sobre los estudiantes de hoy en día. Wiesia trabajó durante mucho tiempo para la Universidad de Varsovia y conoció a alrededor de treinta generaciones de estudiantes. Asegura que “en la actualidad cualquiera es un universitario. Es una lástima que convertirse en estudiante ya no sea algo por lo cual sentirse orgulloso”. Charlamos mucho sobre Pussy Riot: trajo el tema a colación aún y cuando nunca en su vida ha escuchado punk rock y, honestamente, respeta la institución de la Iglesia. “No podemos simplemente dejar a esas pobres chicas solas”, agrega. Wiesia echa un vistazo alrededor del piso, observa los afiches y las postales que lo adornan y pregunta: “¿Qué significa eso escrito en la pared?”, a lo que respondo: “Vive, ama y ríe”. Ella exclama: “Oh, eso es justamente lo que yo escribía sobre los muros de la destruida Varsovia de la posguerra”.

Wiesia comenta que “actualmente, la Alexanderplatz está mucho más concurrida y la cantidad de discotecas es mucho menor que hace tres décadas. No se distingue el este del oeste. Además, el billete para el Fernsehturm es muy caro para una pensionista”. Con el fin de que la abuela recordara viejos tiempos, visitamos el mercado turco de Maybachufer, en Neukölln: un distrito popular de Berlín que se recomienda visitar especialmente los martes y los viernes. No podemos ir a ver más lugares porque tengo que volver a casa para trabajar en un proyecto que necesita de publicidad. Mi abuela me anima: “Mis amigos me dijeron que hay una cosa en Internet donde se envían correos y se puede mandar información a un gran número de personas... ¿Sabes qué? Los llamaré y les pediré que envíen tu mensaje”.

Terminamos la visita de la abuela con un paseo por el parque. Prenzlauer Berg es el distrito con los mejores recintos para niños en toda Europa. La abuela está impresionada con el lugar: las partes de madera, la forma en que cada calle se ve diferente... Mientras mis hijas se divierten, nosotras tenemos tiempo para hablar. Mi abuela comenta: “Yo tuve un novio alemán. Era motorista, ya te lo había dicho. Fue un mal momento para esa relación. Imagina si me lo consiguiera ahora, aquí en algún sitio, cada uno viejo y con sus bisnietos. ¡Oye! Tal vez podríamos echar un vistazo y ver si está en eso del Facebook, ¿te parece?”.

Imágenes: © Anna Alboth. Vídeo: (cc) flipbln/YouTube.