Dos días en París: crónica de una generación desencantada

Artículo publicado el 11 de Julio de 2007
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Artículo publicado el 11 de Julio de 2007

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El 10 de agosto se estrena en España la película 2 días en París, de Julie Delpy, una comedia en la que actúan los padres de la directora, el americano Adam Goldberg y el alemán Daniel Brühl.

Un hombre, una mujer, las calles de París..., tariro tariroooo... ¡Sin desprecio! Julie Delpy, 38 años, realiza y coproduce aquí su primera película (ya había escenificado Antes que anochezca en 2005 con Richard Linklater y Ethan Hawke), rompe con el romanticismo y se divierte acabando con los moldes del cine romántico. Esta vez, el escenario parece sacado de una postal, entre la plaza de Tertre en Montmartre, el barrio latino o el canal de San Martín, y los personajes no son para menos.

Marion, una fotógrafa francesa que vive en Nueva York, introduce a su novio en su familia tras un viaje fallido a Venecia. Ni la cúpula de la Basílica de San Marcos, ni las torres de la catedral de Notre Dame consiguen reavivar la llama que se va apagando entre estos dos treintañeros. Mientras Jack (un papel hecho a la medida de Adam Goldberg) descubre la verdadera naturaleza de los padres de Marion, post sesentayochistas de sexualidad desenfrenada que también pasan por una crisis conyugal, Marion se cruza con sus ex parejas por todas partes.

Sobre esta base, que a fin de cuentas resulta banal (una pareja lejos de su entorno habitual aprende a conocerse en situaciones difíciles), Julie Delpy empuja a su personaje hasta el límite de la burla y la maldad.

Asimismo, muestra un malévolo placer a la hora de caricaturizar a los franceses: los taxistas son todos unos catetos misóginos, los intelectuales unos obsesos sexuales sin talento, y los treintañeros parisinos unos perversos depresivos y amorales. La realizadora y actriz principal de la película confiesa haberse divertido de lo lindo a la hora de exagerar los trazos de los personajes del filme.

Resultado: esta francoamericana se apoya en aquello que duele y alza el retrato de un país autocomplaciente, arrogante, soso, hueco y muy provinciano, que en realidad se encuentra sin aliento, sin mordiente ni capacidad de revuelta. Una impresión reforzada por la puesta en escena y el vestuario, que dan a la película un lado muy nouvelle vague (Delpy también había rodado con y Godard en 1984), la imagen permisiva protagonizada por los amigos de Marion durante una noche que viene a ofender la rectitud puritana del personaje americano, abrumado ante tales desbordamientos.

Por fortuna, nada resulta serio y trascendental. Julie Delpy maneja el humor con brío, gracias a sus diálogos dentro de la tradición del y stand up comedy. “Siempre he pensado que una mamada es algo importante. Después de todo, fue por culpa de una mamada que Estados Unidos arruinó su oportunidad de seguir siendo una democracia...”. El desenlace se complica con un rollo mitad cínico, mitad melancólico de aire despreocupado: ¿alguien cree en la rebeldía juvenil una vez cumplidos los treinta? Dos días en París cuestiona los fundamentos políticos de una generación desfasada en busca del ideal.