Drogas duras en Frankfurt: La vacuna está en la calle

Artículo publicado el 6 de Septiembre de 2011
Artículo publicado el 6 de Septiembre de 2011
Bajo la sombra de los rascacielos que protegen los bancos de Frankfurt, el barrio de la estación es el lugar de mayor concentración de droga y prostitución. Pero, cada día, hay quienes buscan marcar la diferencia. Se trata de los trabajadores de la calle que ayudan y escuchan en lugar de juzgar.

“Hace diez años que llegué aquí. Ya había trabajado antes como educadora social con toxicómanos y prostitutas en Berlín y Hamburgo, y pensaba que ya nada me podía impresionar. Y después llegué a Frankfurt y cambié de idea”.

Para los educadores sociales, Frankfurt significa, sobre todo, Bahnhofsviertel, el barrio de la estación donde un existe una parte de la calle que alberga una concentración muy elevada de toxicómanos y prostitutas, así como todo el microcosmos que los acompaña. Junto con Amsterdan,Hamburgo y Zurich, Frankfurt es una de las ciudades europeas más afectadas por la ola de la droga (y por la propagación del VIH) desde los años 80, pero también ha estado a la vanguardia en lo que concierne a una nueva manera de tratar los problemas ligados a la dependencia de sustancias. Zurich escogió la distribución controlada de la consierada “heroína del Estado”, mientras que Amsterdam ha apostado por la tolerancia respecto a las drogas blandas y por la prevención en las escuelas. En la actualidad, tiene un porcentaje de consumidores de droga blandas y de drogas duras inferior al de esos países que aplicaron la “tolerancia cero”.

“¡Pero yo, yo tengo que denunciar!”

En Alemania, incluso hace 15 años, para poder recibir ayuda, un toxicómano debía fijar una cita con un educador que, normalmente, no podía recibirle hasta después de varias semanas de espera. Los primeros proyectos piloto aparecieron y ahora hay una estructura de ayuda, asistencia y consejo bien desarrollada, fundada sobre el trabajo de los educadores sociales, basado en la confianza y en la confidencialidad. Los educadores están obligados a guardar silencio: no pueden revelar los datos personales de las personas que solicitan ayuda ni mucho menos denunciarlas a la policía. Son las reglas de la calle para establecer una confianza y hacer posible una relación lo más franca posible entre educadores y consumidores.

“De vez en cuando, un policía me dice que, en el fondo, hacemos el mismo trabajo”

Veronika que, en su ciudad, en la República Checa, es voluntaria en un centro que se ocupa también de jóvenes dependientes, mira estupefacta a nuestra “guía” y culpa la precaria traducción simultánea entre el alemán, el inglés y el checo. “¡Pero yo, yo tengo que denunciar! Si encuentro a alguien vendiendo droga, estoy obligada a contárselo a la policía”, le dice a los educadores sociales alemanes que mueven la cabeza como signo de desaprobación. Ante todo, la confianza. “De vez en cuando, un policía me dice que, en el fondo, hacemos el mismo trabajo”, nos dice J., cabeza rapada y tatuaje en el brazo, que trabaja en las calles de Bahnhofsviertel como educador desde hace quince años. “Yo respondo que no es la mismo, que nuestro trabajo es muy diferente”.

Café Pix, la lucha contra la VIH

Cada mes se organiza un encuentro oficial entre asociaciones, educadores y policía para analizar los problemas y buscar soluciones. El lugar de encuentro es un bar, el Café Fix, que abrió en 1990, y que ofrece platos calientes por el precio simbólico de 1,50 euros así como la posibilidad de encontrar refugio, de asesoramiento, de abandonar la calle. Mientras lo cruzo, observo a los consumidores, toxicómanos, en las mesas, acurrucados o caminando lentamente, plegados sobre sí mismos, flacos por culpa de su dependencia, y sin fuerzas. En una cápsula de vidrio resistente a los golpes que da a la calle, un educador retira las jeringuillas usadas y distribuye las nuevas, selladas. Una jeringuilla usada sustituida por otra nueva. Frankfurt fue una de las primeras ciudades que experimentó la distribución de jeringuillas esterilizadas para frenar la propagación del VIH y de la hepatitis C.

El Café Fix se encuentra en la planta baja de un inmueble de varios pisos situado en Moselstraße. Ofrece diferentes servicios: además de consultas, hay una estructura médica con diferentes consultorios médicos equipados. También hay una tienda de ropa de segunda mano a disposición de los consumidores y una estancia con una ducha y productos de higiene personal. Además, una consulta para administrar metadona y otras sustancias de desintoxicación para los que ya han comenzado la terapia de sustitutiva.

Salas de inyección, ¿pincharse con el consentimiento del Estado?

Unos edificios más allá, visitamos una “sala de inyección”, uno de los temas preferidos de la polémica italiana sobre la supuesta “laxitud” de Europa del Norte. Esta que visitamos está abierta todos los días de 11 horas a 23 horas. Hay quince plazas, una sala de espera y cinco educadores ofrecen su serficio. Dos controlan la puerta, uno se ocupa de vigilar la “sala” y otros dos se ocupan de la recepción. “Si vienen por primera vez deben inscribirse-nos dice la responsable- y mostrar su carné de identidad. Cada vez que se presenta un consumidor, lo controlamos con ayuda del ordenador. Nos enseña la droga que tiene, le damos el kit y le hacemos entrar en la sala”. El kit contiene un keringuilla, desinfectante, un poco de algocón, una cucharilla, y otros objetos útiles para preparar la dosis”. “Ningún tipo de venta ni de intercambio de sustancia está autorizado aquí. Ellos tienen que tener ya la droga”. Entonces, ningúna heroína del estado, solo una tentativa de recrear unas condiciones higiénico-sanitarias mejores que en la calle.

En un mundo ideal, no necesitaríamos salas de inyección ni tampoco deberíamos combatir la dependencia. Pero el mundo real es diferente y tiene el rostro de Bahnhofsviertel. En cuanto a aquellos que piensan que las salas de inyección son una justificación moral que permite a los toxicómanos continuar drogándose con el consentimiento del Estado, deberían venir a echar un ojo aquí y comprender que nadie necesita buscarse una coartada. La dependencia es una enfermedad y no se combate sólo con fuerza de voluntad.

La calle es violenta; el trabajo, también

En un mundo ideal, no necesitaríamos salas de inyección ni tampoco deberíamos combatir la dependencia. Pero el mundo real es diferente y tiene el rostro de Bahnhofsviertel

Mientras observamos la ida y venida de toxicómanos, prostitutas, educadores y de gente común, un gran Mercedes de cristales polarizados pasa delante de nosotros. Alzando la mirada, la Main Tower y los rascacielos de Frankfurt. Porque estamos en el corazón financiero de Europa y el Banco Central Europeo no está lejos. “La mayor parte de los consumidores no tiene trabajo, no está cualificado y no ha terminado la escuela. Viene de la pobreza. Cuando llegan a Bahnhofsviertel, ya han visto todo tipo de colores. Nuestros consumidores de más edad tienen 60, 65 años. Pero no hay muchos- dice J., sin apartar la mirada de la calle. No penséis que nuestros consumidores con los únicos toxicómanos de Frankfurt. Cada día hay mucha gente que toma decisiones importantes en el trabajo y lo hacen bajo el efecto de las drogas”.

Trabajar como educador social en Bahnhofsviertel no debe ser fácil. La calle es violenta, el trabajo también lo es, y los recursos son cada vez menores. Además, la satisfacción y el éxito no están a la orden del día porque el camino para salir de la droga no es fácil de recorrer. Le preguntamos a J. si algunos llegan al final del túnel. “Algunos”, nos responde.

Fotos: portada (cc) (cc) itabe/flickr; texto: Hauptbahnhof (cc) Nils Bremer/flickr